Elecciones EEUU (XII)
Los antimasones y su amenaza al bipartidismo no ensombrecen al "rey" Jackson (1832)
En esta cita marcada por la aparición de un tercer partido, toda una rareza en la política estadounidense, Andrew Jackson venció por goleada
Actualizado el 14/09/2020 a las 06:00
Elección presidencial: duodécima
Fecha: 2 de noviembre al 5 de diciembre de 1832
Habitantes inscritos: 2.335.691
Votantes: 1.293.973
Estados: 24
Colegio electoral: 286 votos (144 necesarios)
Andrew Jackson: votos, 701.780. Votos electorales: 219
Henry Clay: votos, 484.205. Votos electorales: 49
William Wirt: votos, 100.715. Votos electorales: 7
La efervescencia política que experimentó Estados Unidos durante el periodo 1824-1828 tuvo consecuencias en los años posteriores. Los asuntos públicos se habían convertido de repente en materia de interés incluso para el pueblo llano y este no se limitó solo a votar, sino que intentó participar activamente en política. Según el historiador y sociólogo Mike Davis, "en 1828 –tal y como en otro tiempo recordaría Marx a sus lectores–, un grupo de artesanos de Filadelfia organizó el primer 'Partido Obrero' de la historia mundial". Sus reivindicaciones eran moderadas y no caló entre los votantes, así que el hito no pasa de ser una anécdota.
Pero hubo otro efecto, quizá con menor fuerza simbólica aunque mucho más duradero. En concreto, afectó a la elección de las candidatos. Antes se habían realizado pequeñas reuniones en el Congreso o en las legislaturas estatales para proclamar a los aspirantes a la presidencia y a la vicepresidencia. Sin embargo, la política había dejado de ser un tema de minorías y se hacía necesario ampliar también el número de participantes en este proceso. Con este propósito surgió la tradición de celebrar "convenciones nacionales" para designar a los candidatos.
La primera de estas citas la organizó, curiosamente, el Partido Antimasónico en 1831. La ciudad elegida para reunir a sus miembros fue Baltimore, en el estado de Maryland, muy cerca de Washington. El Partido Nacional Republicano, ese mismo año, y el Partido Demócrata, al siguiente, imitaron el procedimiento e incluso se decantaron por la misma sede, Baltimore. Desde entonces, las convenciones nacionales se han convertido en un elemento troncal e indispensable de las elecciones en Estados Unidos.
Cuando se encaró la recta final hacia las comicios, el Partido Demócrata no tuvo dudas en volver a apostar por Andrew Jackson. El presidente había pisado algunos charcos, sobre todo al vetar la renovación del Banco de Estados Unidos y al aprobar el Arancel de 1832 (una revisión del instaurado cuatro años antes que no satisfizo a los miembros de su partido de Carolina del Sur, los cuales exigían la anulación completa). Aun así, Jackson mantenía casi intacta su popularidad en el resto del país gracias, entre otras cosas, a que con los indios se había mostrado implacable: durante su mandato se exacerbó el desarraigo forzoso de las tribus (los Choctaw, Creek y Chickasaw, por ejemplo, fueron deportados al otro lado del Mississippi) y se libraron dos guerras importantes: la de Halcón Negro y la Segunda Guerra Semínola.
A pesar de que Jackson era el indiscutible favorito, no se repitió la "espantada" de 1820, cuando nadie se atrevió a enfrentarse a James Monroe. La oposición nominó candidatos, por más que supieran que sus posibilidades eran mínimas. El Partido Nacional Republicano eligió al veterano Henry Clay, el hombre que mejor se había manejado en los pasillos de la Cámara de Representantes desde la guerra de 1812, y el Antimasónico designó al exprocurador general William Wirt.
La campaña fue una sucesión de baños de masas para Jackson y el Partido Demócrata, en un signo de los nuevos tiempos políticos, y los comicios resultaron un paseo para el candidato a la reelección. Logró la mayoría del voto popular y arrasó en los votos electorales: sumó 219; Clay se quedó en 49. Wirt superó los 100.000 sufragios, pero solo logró 7 votos del Colegio Electoral. A los derrotados no les quedó otra salida que asumir su debilidad y reinventarse, uniendo sus fuerzas. Al país, por su parte, le correspondió otro mandato de uno de sus presidentes más peculiares, el primero en alardear de que su estilo de gobierno fuera populachero, personalista y bravucón, unos rasgos que él puso de moda y se convirtieron en indispensables para próximos aspirantes al sillón presidencial. Características estas que, al mismo tiempo, quedaron plasmadas en el que ha sido icono satírico del Partido Demócrata hasta hoy: el burro.
En las primeras décadas del siglo se había producido la Primera Guerra Semínola, aunque esta técnicamente se había librado en suelo que pertenecía al Imperio Español y no a Estados Unidos. Pero cuando alcanzó la presidencia Andrew Jackson, el general que había liderado las tropas estadounidenses en esa guerra, la “rama ejecutiva” a la que se refiere Cozzens pisó el acelerador en su “camino a desposeer de sus tierras a los indios”.
En 1830, el presidente Jackson firmó la Indian Removal Act (Ley de Traslado Forzoso) por la que las tribus que todavía vivían al este del río Mississippi debían exiliarse al oeste de ese río. Según Cozzens, “con la autoridad que le confirió la Ley de Traslado de 1830, y empleando diversos grados de severidad, Jackson barrió a las tribus nómadas del Viejo Noroeste” -los actuales estados de Ohio, Indiana, Kentucky y Tennesse- “hasta más allá del río Mississippi. Cuando los sureños le presionaron para que liberara tierras indias en Alabama y Georgia, Jackson también sacó de sus tierras a las llamadas Cinco Tribus Civilizadas (los choctaw, chickasaw, creek, cheroquis y seminolas), y las reubicó al oeste del río Mississippi, en el Territorio Indio, un amplio terreno que se extendía a lo largo de diversos estados futuros y que, poco a poco, se redujo hasta comprender solo el actual Oklahoma”.
El Traslado, que se sustanciaba con la firma de frágiles tratados con los indios, se llevó a cabo de manera caótica y provocó desavenencias que derivaron en enfrentamientos como la guerra de Halcón Negro en 1832 o la Segunda Guerra Semínola en 1835, si bien estas contiendas tuvieron un carácter local debido a la persistente incapacidad de los indios de formar un frente común.
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