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De Madison a Monroe, la sucesión tranquila (1816)

De Madison a Monroe, la sucesión tranquila (1816)

El fin de la guerra contra Gran Bretaña (1812-1814) supuso un espaldarazo para el Partido Demócrata-Republicano y le permitió mantenerse en el poder tras las elecciones de 1816

10/09/2020 a las 00:00

FICHA
Elección presidencial: octava
Fechas: 1 de noviembre al 4 de diciembre de 1816
Habitantes inscritos: 664.911
Votantes: 112.370
Estados: 19 (Missouri participó a pesar de que todavía no era un Estado reconocido de la Unión)
Colegio electoral: 217 votos (109 necesarios)
James Monroe: votos, 76.592. Votos electorales, 183
Rufus King: votos, 34.740. Votos electorales, 34                                                                                                                                                                                                                   

 

La frase "América para los americanos" ha quedado cincelada en los anales de la Historia Contemporánea. Su uso ha gozado de fortuna como epítome de la también famosa "Doctrina Monroe", de la cual en este artículo nos importa solo el apellido. No en vano, poco o nada más permanece en el recuerdo colectivo del mundo occidental relacionado con Monroe, James, y eso a pesar de que aquel hombre tuvo el honor de ser el quinto presidente de Estados Unidos, engrosando una lista que hasta entonces solo había admitido a ilustres de la talla de George Washington, John Adams, Thomas Jefferson y James Madison. Desde luego, Monroe no ha gozado posteriormente del prestigio de sus antecesores, ni lo hacía ya en su época, pero eso no le impidió imponerse en las urnas con holgura notable en las elecciones de 1816, las octavas desde la independencia. Veamos por qué y cómo ocurrió.

Desde 1812 hasta 1815, Estados Unidos se había visto envuelto en una guerra contra Gran Bretaña. La contienda terminó en tablas y aseguró el mantenimiento de un "status quo" que reafirmaba la independencia de las colonias americanas frente a la antigua metrópoli. Ambas se habían batido por segunda vez en cuatro décadas y en las dos ocasiones, contra pronóstico, el Reino Unido había sido incapaz de imponerse. En la práctica, aquello suponía un triunfo para Estados Unidos y para su partido gobernante, el Demócrata-Republicano, que había sido un firme defensor del conflicto bélico. Todo lo contrario le sucedía a su principal oponente, el Partido Federalista, que salió del envite marcado por su oposición a la guerra y, también, por ciertas veleidades secesionistas de sus miembros de Nueva Inglaterra, protagonistas de la célebre Convención de Hartford.

Quizá a pocos lectores les suene la Convención de Hartford. Sin embargo, fue un hito trascendente en la política de los Estados Unidos, porque hirió de muerte al primero de sus grandes partidos, el mismo que había gobernado los destinos del país desde 1789 a 1801. La Convención consistió en una serie de reuniones que la sección norteña del Partido Federalista llevó a cabo entre el 15 de diciembre de 1814 y el 5 de enero de 1815. Y en ella se trataron algunos temas que dominarían la agenda política del país en las décadas siguientes (el creciente poder de los gobiernos de los estados, el equilibrio entre estados esclavistas y no esclavistas y las leyes arancelarias). No obstante, a la postre solo importó su postura sobre la guerra contra Gran Bretaña.

Los miembros de la Convención se mostraron favorables a la neutralidad y al fin de la lucha. No se sabe hasta dónde estaban dispuestos a presionar para conseguir una paz que para ellos, ricos industriales y comerciantes del norte, era sinónimo de prosperidad, pero hubo quien a posteriori especuló con que se había hablado incluso de secesión. Es decir, de abandonar la Unión. Pero mientras los Federalistas debatían, Estados Unidos firmó una paz honrosa y se apuntó de postre un resonante triunfo en la batalla de Nueva Orleans, todo lo cual extendió en el país un sentimiento de patriotismo y orgullo. De repente, los opositores al conflicto aparecieron como cobardes y, en cierto modo, traidores. Muchos señalaron al Partido Federalista. Así, cuando se acercaban las elecciones de 1816, el Partido Demócrata-Republicano -que ya acumulaba cuatro mandatos seguidos en el poder- tenía todas las papeletas para revalidar su triunfo.

La conclusión de la Guerra de 1812 coincidió "grosso modo" con la de las Guerras Napoleónicas en Europa. Tras años de luchas, por Occidente se extendió un deseo de paz y de concordia, que también afectó a la política interior estadounidense: se relajó el tono de los debates y se instauró una constructiva búsqueda de consenso. Apenas hubo campaña electoral como tal. Sin embargo, el presidente Madison llevaba camino de cumplir ochos años en el gobierno, así que quedaba por despejar la incógnita de quién le sucedería como candidato del partido Demócrata-Republicano y, más que posiblemente, como presidente del país. El elegido por Madison y por el aparato del partido fue el secretario de Estado James Monroe.

Monroe había combatido en la Guerra de Independencia de los Estados Unidos e incluso había resultado herido en una de sus más famosas batallas, la de Trenton, en 1776. Tras la guerra, había aprovechado su amistad con Thomas Jefferson para ocupar diversos cargos de responsabilidad y formó parte del grupo de plenipotenciarios que viajaron a Europa a negociar con Francia la adquisición del inmenso territorio de la Luisiana. Así, fue su firma, junto a la de Robert Livingston y la de Barbé Marbois, la que sancionó dicha compra, el 30 de abril de 1803 en París. El propio Monroe calificó el momento como "la más noble tarea de nuestras vidas" y añadió que suponía de facto la entrada de los Estados Unidos al selecto club de "potencias de primer rango". Con ese bagaje, en 1811 pasó a ocupar el puesto de secretario de Estado en el Gabinete de Madison, consolidándose como "delfín" del presidente.

Cuando se confirmó la elección de Monroe como candidato, algunos miembros del partido se mostraron contrariados. Le acusaban de exceso de ímpetu y le afeaban su protagonismo en las negociaciones con Francia para la compra de la Luisiana. Con estos argumentos, desafiaron la decisión y apoyaron la candidatura de William Harris Crawford, senador por Georgia, en las elecciones internas del Partido Demócrato-Republicano. Se rozó la sorpresa pero Monroe ganó, aunque por estrecho margen (65-54), y superó así el principal escollo en su carrera hacia la Casa Blanca.

Como Monroe procedía de Virginia, es decir, de uno de los estados que por tradición y organización social se consideraba del Sur, el Partido Demócrata-Republicano decidió que el candidato a la vicepresidencia debía proceder del Norte. El elegido fue Daniel Tompkins, gobernador de Nueva York. El Partido Federalista eligió como candidato al neoyorquino Rufus King, acompañado por John Eager Howard como aspirante a vicepresidente. La pelea electoral, como se preveía, no tuvo color. Los Demócrata-Republicanos arrasaron al imponerse en 17 estados (todos menos Massachusetts y Connecticut), Monroe superó ampliamente la mayoría simple con sus 183 votos electorales -King se quedó solo con 34- y la "Dinastía de Virginia" continuó en el poder.

La lupa: la guerra de 1812

La imagen del Capitolio de Washington D.C. semiderruido y consumido por el fuego parece más propia de una película de ciencia ficción que de la realidad. Sin embargo, ocurrió. Y ese mismo destino sufrieron la Casa del Ejecutivo (futura Casa Blanca) y otros destacados edificios gubernamentales en el año 1814, dentro de una guerra eclipsada en la memoria europea por los conflictos napoleónicos: la segunda guerra angloamericana o, como la llaman al otro lado del Atlántico, la guerra de 1812.

A pesar de la espectacularidad del incendio de la capital de EEUU, aquella contienda tuvo un final sin vencedores ni vencidos. Quizá esto era lo más apropiado para una guerra que se había declarado en base a razones que, en apariencia, no resultaban tan relevantes como para justificarla. De hecho, la gota que colmó el vaso fue un ejemplo de cómo la impaciencia y las presunciones pueden ser fatales en los asuntos diplomáticos.

A principios del siglo XIX, con Europa azotada por la serie de guerras que siguieron a la Revolución Francesa, se había gestado un sentimiento antibritánico en Estados Unidos. Al principio no pareció ir más allá que de una cierta simpatía profrancesa, pero aquella ponzoña se vio alimentada durante 12 años por decisiones de ambos gobiernos relativas al comercio (Embargo de 1807), por la entrada en el Congreso de EEUU de una nueva generación de políticos deseosos de gloria (los denonimados “halcones de la guerra”), por rumores de una más hipotética que real ayuda británica a los indios norteamericanos y por la rudeza con la que la Armada de Su Majestad buscaba y “requisaba” a sus desertores incluso en barcos de bandera de estadounidense.

En 1812, el presidente de Estados Unidos, James Madison, estaba dispuesto a declarar la guerra a Gran Bretaña. El gobierno de Londres, exhausto tras años de enfrentamiento contra Napoleón, se avino a negociar. Sin embargo, el diálogo se estancó de improviso. Había un motivo de fuerza mayor -ni más ni menos que el asesinato del primer ministro británico, Spencer Perceval-, pero en Washington no se conocía la noticia y se intrepretó aquella parálisis como una táctica dilatoria. Madison pidió la guerra al Congreso y, no sin debate, la Cámara de Representantes y el Senado aceptaron. Aunque Gran Bretaña estaba genuínamente dispuesta a realizar concesiones a Estados Unidos en la mesa de negociaciones, ya nada pudo detener la maquinaría bélica ni evitar el conflicto.

Estados Unidos, que bajo el mando de James Madison se había preparado para la guerra a lo largo de los últimos dos años, se lanzó a la invasión del Canadá británico. Sin duda, borrar a los ingleses del continente era una de sus grandes aspiraciones, pero el ataque resultó un fracaso sin pauliativos. Tanto es así que el contragolpe británico alcanzó la capital, Washington, y se saldó con el incendio de los grandes emblemas del poder político estadounidense en 1814.

Curiosamente, los estadounidenses pudieron apuntarse algunas sorprendentes victorias navales, mientras del resto de teatros de guerra también llegaban buenas noticias: vencieron a los indios a lo largo de toda la frontera oeste, salvaron a Nueva Orleans de ser invadida e incluso rindieron la importante ciudad de Pensacola, en la Florida que todavía pertenecía a España. Así, reforzados moralmente, detuvieron una nueva oleada invasora británica desde Canadá a finales de 1814, empantanando la guerra.

Ambos contendientes firmaron la paz en Gante, en diciembre de 1814, por la cual se volvía al status quo anterior al conflicto -eso sí, con las economías de ambos al borde de la bancarrota, especialmente la estadounidense-. Por desgracia, igual que había ocurrido con la noticia del asesinato de Spencer Perceval, en territorio americano no se supo del fin de las hostilidades hasta tiempo después y en el ínterin se produjeron batallas. Estados Unidos pudo apuntarse así en Nueva Orleans su triunfo más resonante, aunque aquello solo sirvió para encumbrar a un militar que posteriormente tendría un destacado papel en la historia del país: el futuro presidente Andrew Jackson.

PARA CONOCER MÁS SOBRE EL DESARROLLO DE LA GUERRA DE 1812, ESCUCHA EL SIGUIENTE PODCAST

  • Guerra de 1812
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Glosario

"AMÉRICA PARA LOS AMERICANOS": La expresión "América para los americanos" describe una estrategia política que ha pasado a la historia como Doctrina Monroe y que fue clave durante décadas en las relaciones exteriores de Estados Unidos. 

La frase la pronunció James Monroe el 2 de diciembre de 1823, en el Discurso del estado de la Unión correspondiente a este año. El texto leído por Monroe había sido redactado por John Quincy Adams, un prominente político de la época que era hijo del expresidente John Adams y, a su vez, llegó a ser presidente entre 1825 y 1829 .

Aunque en origen la intención de la frase era la de remarcar la legimitidad de los Estados Unidos para defenderse de las injerencias colonialistas europeas, todavía importantes en los años 20 del siglo XIX, con el tiempo se convirtió en un salvoconducto para justificar sus intervenciones en terceros países, sobre todo de Latinoamérica.

 

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