John Adams y Thomas Jefferson, candidatos en 1796.
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John Adams y Thomas Jefferson, candidatos en 1796.

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Adams contra Jefferson, la primera elección competida (1796)

La renuncia del presidente Washington a un tercer mandato arrojó a Estados Unidos a una realidad que no había conocido hasta entonces: la división política se tradujo por fin, en las elecciones de 1796, en una lucha real por el poder

Javier Iborra

Actualizado el 05/09/2020 a las 06:00

FICHA:

Elección presidencial: tercera

Fecha: 4 de noviembre al 7 de diciembre de 1796

Habitantes inscritos: 332.542

Participación: 66.841

Estados: 16

Colegio electoral: 138 votos (70 necesarios)

John Adams: Votos electorales, 71

Thomas Jefferson: Votos electorales, 68

Thomas Pickney: Votos electorales, 59

Aaron Burr: Votos electorales, 30                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                     

 

Las terceras elecciones a la presidencia de Estados Unidos, celebradas en 1796, se pueden considerar pioneras en muchos sentidos. Fueron las primeras sin George Washington entre los candidatos y, por tanto, las primeras en las que hubo una lucha real por la presidencia. Además, para entonces ya se habían configurado dos partidos rivales, de manera que no solo competían nombres propios con mayor o menos prestigio y popularidad, sino conjuntos de ideas e intereses que habían calado fuerte en el electorado, incluso propiciando una evidente segmentación por territorios.

De algún modo, el ideal de aristocrática fraternidad entre antiguos colonos que la Revolución Americana había tratado de instaurar tras la guerra había sido derrotado por la realidad. Tras solo ocho años de gobierno, yacía encerrado en el agrio cajón de las utopías. Washington, el héroe de guerra, el presidente indispensable, sintió como nadie la pena por la pérdida de ese ideal. Se retiró con amargura y no sin antes apuntar a los peligros de la división partidista en su célebre “Alocución al Pueblo” (ver La lupa: Discurso de Despedida de Washington).

Pero ni siquiera el impacto del admonitorio discurso de Washington impidió que los partidos Federalista y Demócrata-Republicano se lanzaran a la carrera por la sucesión. Lo sorprendente del asunto es que fueron sucesos acaecidos en la lejana Europa los que decantaron la balanza -por escasísimo margen-. La Revolución Francesa y, en concreto la radicalización que esta experimentó durante el periodo de la Convención (1792-1795), creó cierto recelo hacia el Partido Demócrata-Republicano, profrancés, y aumentó la simpatía por el Partido Federalista y su aire aristocrático y antijacobino.

La victoria Federalista pudo haber sido más amplia incluso, pero los celos internos en la formación debilitaron sus opciones. Su candidato lógico a la presidencia solo podía ser John Adams. No en vano, se había presentado a las dos elecciones anteriores y en ambas había quedado segundo, solo por detrás de Washington. Sin embargo, el hombre fuerte del partido era Alexander Hamilton, el exsecretario del Tesoro. La labor de Hamilton en el gobierno había sido polémica ya en la primera legislatura, pero en la segunda se las ingenió para resultar realmente impopular. Intentó instaurar varios impuestos directos, incluso uno al whisky, y estos recordaban demasiado a los que décadas antes habían azuzado el descontento de los colonos con Londres. Ese mismo descontento que desembocó en la Guerra de Independencia. El impuesto al whisky de Hamilton también provocó un conato de rebelión, si bien no pasó de ser un problema local, en Kentucky, y fue silenciado de un modo desmesuradamente expeditivo -se envió un contingente de más de 10.000 soldados liderado en persona por el propio presidente Washington-. Eso sí, Hamilton tuvo que renunciar a su cargo poco después.

El prestigio de Hamilton entre las bases no era, pues, una carta a su favor, pero su valía no estaba en entredicho: se le consideraba el arquitecto de la Constitución, de las Enmiendas, del Banco Central, del Partido Federalista y, además, era el favorito de Washington. Quizá él no podía presentarse, pero sí alguien de su cuerda al que pudiera manejar. Adams no encarnaba esa figura, pues se trababa de un personaje demasiado íntegro para convertirse en marioneta de nadie. Además, ambos se profesaban escasa simpatía mútua. Hamilton propuso para la presidencia a Thomas Pinckney, un exgobernador de Carolina del Sur que acababa de adquirir notoriedad tras negociar con España el Tratado de San Lorenzo (1795). Pero aún hizo más: torpedeó a Adams sin importarle que compartieran partido, y solo le faltó hacerlo con un poco más de acierto para arrebatarle a Adams la presidencia y entregársela al partido rival. Tres votos del Colegio Electoral lo evitaron.

El Partido Demócrata-Republicano, por su parte, no tuvo dudas: Thomas Jefferson era su estandarte. Por su condición de “Padre Fundador” de la patria y de redactor de la Declaración de Independencia, Jefferson gozaba de un extraordinario prestigio. Además, había ocupado durante cuatro años un cargo que entonces se consideraba de la máxima relevancia: el de embajador en París -Francia había sido el gran aliado de los rebeldes en la guerra contra Inglaterra y, por tanto, se concedía a las relaciones con ese país una importancia capital-. Por último, a su regreso a Estados Unidos, él había ejercido durante legislatura y media ni más ni menos como secretario de Estado (ver Glosario), el tercer puesto en el escalafón del país.

El problema para Jefferson era que sus simpatías profrancesas se habían tornado de repente en un problema. Es más, la propia alianza de Estados Unidos con Francia se convirtió en una patata caliente cuando la Convención revolucionaria declaró la guerra a Gran Bretaña, Holanda y España en 1793. El presidente Washington, consciente de que Estados Unidos no estaba preparado para inmiscuirse en nuevo conflicto, tuvo que ingeniarse una argucia diplomática para no asistir a su aliado francés en la guerra: la famosa Proclamación de Neutralidad. Poco después de que se hiciera pública, Jefferson abandonó su puesto en la Administración.

En las terceras elecciones, celebradas entre el 4 de noviembre al 7 de diciembre de 1796, participaron 16 estados, ya que Tennessee se había incorporado a la Unión. Hacían falta 70 votos del Colegio Electoral para obtener la mayoría simple y John Adams logró 71, así que se convirtió en el segundo presidente de Estados Unidos. Jefferson, su gran rival, sumó 68 votos electorales, que solo le valieron para alcanzar la vicepresidencia. Los segundos candidatos de cada partido, Thomas Pickney y Aaron Bur, recibieron 59 y 30 votos respectivamente.

Estas elecciones pusieron de manifiesto una debilidad del sistema, ya que de ellas salió un presidente y un vicepresidente de partidos contrarios. Y por la dinámica de las votaciones del Colegio Electoral, todo apuntaba a que la situación podía repetirse en el futuro e, incluso, convertirse en un problema endémico. A este defecto pronto se le sumaran otros, obligando en 1804 a reformar el procedimiento electoral mediante la Duodécima Enmienda a la Constitución, como veremos en próximos reportajes.

La lupa: El discurso de despedida de Washington
George Washington decidió en 1796 que había llegado la hora de retirarse. Su segundo mandado se había visto salpicado por polémicas que, si bien no le afectaban directamente, lo cierto es que habían enturbiado la política del país. Él se había dado cuenta de que Estados Unidos no iba a ser esa utópico barco tripulado  por “los mejores hombres”, con el consenso y la razón como sus únicos instrumentos de navegación. Las pasiones, los recelos y las ambiciones estaban destinadas a jugar su papel. Decepcionado, rehusó a presentarse a sus terceras elecciones, aunque los historiadores coinciden al considerar que las hubiera ganado con la misma unanimidad que las anteriores.

Eso sí, Washington quiso enviar un postrero aviso. Pensaba apartarse y no interferir más en la política del país, pero quería que su última palabra resonara y, quizá, que su eco permaneciera vivo durante las siguientes décadas. De hecho, lo consiguió. Con la ayuda de Alexander Hamilton, su mano derecha en el Gabinete, redactó una carta que ha pasado a la historia como el Discurso de Despedida de Washington, aunque su nombre original era “La Alocución del General Washington al pueblo de América en su renuncia a la presidencia de Estados Unidos”. Se publicó por primera vez en el American Daily Advertiser el 19 de septiembre de 1796, diez semanas antes de las terceras elecciones.

En el texto, Washington advertía de los peligros de las divisiones internas y del partidismo, al tiempo que ponía en valor sus ocho años de gobierno y la importancia de las virtudes morales y religiosas en relación con la política. Por desgracia, las distintas corrientes enfrentadas eran ya imparables, sus principales representantes no estaban dispuestos a levantar el pie del acelerador y esa parte del discurso quedó reducida a una suerte de premonición ominosa que, cada vez que estalla una crisis, cobra nueva actualidad.

Por el contrario, las recomendaciones del presidente sobre política exterior y relaciones comerciales no solo parecieron sensatas, sino que alcanzaron la categoría de “mandamientos” que ningún otro gobierno posterior osó saltarse a la ligera. Según la tesis de Washington, Estados Unidos todavía era demasiado débil como para comprometerse en alianzas exteriores permanentes, ya que eso podía arrastrarle a guerras no deseadas. Sin ir más lejos, la diplomacia del país había tenido que emplearse a fondo para no ayudar a su aliada Francia en la guerra de 1793 y solo con mucho esfuerzo logró proclamar su neutralidad sin caer en la deshonra. No obstante, a cambio de este aislamiento, Washington apuntó a la existencia de lo que consideraba un beneficio colateral: la posibilidad de comerciar con todos, sin restricciones. Desde luego, esta política, que sí fue abrazada con entusiasmo por sus sucesores, trajo grandes beneficios... pero, como veremos en próximos capítulos, también generó terremotos diplomáticos que finalmente condujeron al país a la temida guerra contra Gran Bretaña.

Bonus: El navarro que puso la primera piedra de la Casa Blanca
En el año 1796 falleció el alcalde de Georgetown, la ciudad más poblada del estado de Maryland. Tenía solo 30 años y había destacado como empresario hasta convertirse en una figura importante en la región. Sin embargo, se trataba de un emigrante que había nacido a miles de kilómetros de allí, en algún rincón de Navarra. Su nombre, en el país de adopción, era Peter Casanave. Llegó a Estados Unidos muy joven, en 1786, pero rápidamente se forjó un nombre. Y tan grande fue su prestigio que tuvo el honor de protagonizar uno de los actos más simbólicos de la historia de Estados Unidos: el 12 de octubre de 1792 colocó la primera piedra de la Casa Blanca, la futura residencia oficial del presidente de la nación.

Glosario:
"SECRETARIO DE ESTADO": El cargo de secretario de Estado equivale por sus atribuciones, grosso modo, al de ministro de Exteriores en otros países, pero en Estados Unidos goza de una importancia especial desde que Thomas Jefferson -nombrado por George Washington- fuera el primero en ostentarlo en 1789. Dentro del Gabinete -del que forma parte- es el puesto más relevante y en el escalafón del poder Ejecutivo se sitúa el tercero, solo por detrás del presidente y del vicepresidente. En cuanto a la línea sucesoria del presidente, ocuparía el cuarto peldaño tras el vicepresidente, el portavoz de la Cámara de Representantes y el presidente del Senado.

El prestigio del puesto era aún mayor en los primeros años de vida del país, ya que se le consideraba como el paso previo natural a ocupar la presidencia. Así, descontando a Washington y Adams, cinco de los siguientes seis presidentes de Estados Unidos -Jefferson, Madison, Monroe, J.Q. Adams y Van Buren- habían sido anteriormente secretarios de Estado.

 

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