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La compra de Luisiana bien vale una reeleción (1804)

La compra de Luisiana bien vale una reelección (1804)

La adquisición de un inmenso territorio en el centro de Norteamérica por un precio irrisorio catapultó al presidente, Thomas Jefferson, en su candidatura a la reelección en 1804

08/09/2020 a las 11:19

FICHA:
Elección presidencial: quinta
Fecha: 2 de noviembre al 5 de diciembre de 1804
Habitantes inscritos: 600.962
Participación: 143.029
Estados: 17
Colegio electoral: 176 votos (89 necesarios)
Thomas Jefferson: Votos electorales, 162
Charles Pickney: Votos electorales, 14
Discurso de investidura de Thomas Jefferson (en inglés)                                                                                                                                                                                           

Thomas Jefferson había desempeñado algunos cargos relacionados con la diplomacia antes de ser presidente. Había sido embajador de Estados Unidos en París desde 1785 hasta 1789 y secretario de Estado durante legislatura y media bajo los gobiernos de George Washington. Quizá por eso él no estaba imbuido del aislacionismo que Washington había tratado de establecer en el país (y que había dejado plasmado en su famoso discurso de despedida). Así, durante el primer mandato de Jefferson, Estados Unidos se mostró muy activo en política exterior y salió tan airoso de todos los envites que, en 1804, el presidente logró la reelección por goleada.

A comienzos del siglo XIX, el joven país norteamericano vivió una época realmente efervescente. Son varios los episodios sobre los que merecería la pena ahondar en “La lupa”: por ejemplo, el exotismo de la guerra contra los Estados de Berbería, los piratas norteafricanos; la propia compra de Luisiana, que es un acontecimiento de un alcance superlativo; o el duelo a pistola, digno de una película, entre el vicepresidente Aaron Burr y Alexander Hamilton, hombre fuerte del partido de la oposición y exsecretario del Tesoro. Que ese duelo finalizara con la muerte de Hamilton, a sus 47 años, exige quizá abundar en el tema y, por tanto, será el que protagonice la mencionada sección (ver "La lupa", abajo).

En cuanto a su influencia en las elecciones de 1804, estos tres acontecimientos tuvieron una incidencia dispar. Los triunfos frente a los Estados de Berbería enorgullecieron a la nación, sin duda, y reforzaron la imagen del presidente. No en vano, Jefferson se había negado a aceptar el chantaje que, por ejemplo, ingleses y franceses sí pagaban para evitar que sus barcos fueran saqueados por los piratas mediterráneos. Además, cuando Trípoli elevó la tensión y, en definitiva, presionó para que Estados Unidos pasara por el aro, la Armada cruzó todo el océano Atlántico y derrotó a los norteafricanos tanto por mar como por tierra. Que el país se negara a pagar "tributos", como los denominó un conocido político del momento, y saliera airoso fue un gran triunfo tanto desde el punto de vista externo como interno.

La muerte de Hamilton a manos de Burr, en cambio, no afectó a las votaciones. Burr era el vicepresidente y había llegado al cargo como candidato del partido Demócrata-Republicano, pero tras el lío del empate se había convertido en el "villano" para sus propios correligionarios y en las elecciones de 1800 no tenía opciones de optar de nuevo al puesto. Entre medias intentó ganar los comicios para gobernador del estado de Nueva York y perdió, y en ese envite su enemistad con Alexander Hamilton se enconó hasta tal punto que solo hubo una manera de dirimir sus cuitas: batirse en duelo. Este se resolvió finalmente con funestas consecuencias.

El tercer asunto, la compra de la Luisiana, sí fue absolutamente decisivo. El historiador Stephen Ambrose, en su libro "An epic American exploration: the friendship of Lewis and Clark", calificaba el hecho de "arranque de los Estados Unidos actuales" y abogaba porque el bicentenario de la nación se celebrara en 2003, en lugar de en 1976. Quizá estas afirmaciones puedan antojarse un punto exageradas o podemos pensar que en su época no se vislumbró la importancia del episodio. Pero lo cierto es que aquello fue un pelotazo en toda regla y así se entendió en su momento, si bien no contentó a todos. Por ejemplo, los estados del norte temían que una futura ampliación del país desequilibrara la balanza electoral a favor del sur: si surgían más estados rurales al oeste y, con el tiempo, se incorporaban a la unión, los representantes del norte industrial y comercial quedarían en minoría. También había dudas sobre la legalidad de la compra, y no tanto por el hecho de comprar unas tierras sobre las que Francia tenía escaso control y en las que vivían miles de indios (y españoles), sino porque la Constitución no recogía la posibilidad de que el gobierno federal (central) acometiera tal operación. Pero, como siempre durante la infancia de los Estados Unidos, el sentido práctico se impuso a otras consideraciones.

La ventana de oportunidad, estrecha como una gatera, realmente animaba a no dudar demasiado. Un cúmulo de circunstancias se conjuró para propiciar esa histórica adquisición: primero, Napoleón obligó a España a devolver la Luisiana a Francia en el Tratado de San Ildefonso (1800), un territorio que los franceses habían perdido medio siglo antes tras la Guerra Franco-India. El problema es que ahora Francia ya no controlaba Nueva Francia (Canadá) y, por tanto, la Luisiana era un territorio lejano de todas sus colonias excepto de las pequeñas islas del Caribe. Se trataba de un terreno indefendible si se producía un nuevo enfrentamiento con Gran Bretaña, que dominaba los mares y contaba con bases para un asalto terrestre desde el norte del continente.

Estados Unidos envió una delegación a París para negociar, en principio, la compra de Nueva Orleans, ciudad con un valor estratégico fundamental en la desembocadura del Mississippi. Sin embargo, la inminencia de una nueva guerra entre Francia y Gran Bretaña parece que animó a Tayllerand, el negociador francés, y a James Monroe, el estadounidense, a explorar un acuerdo de mayor envergadura. Finalmente, por 15 millones de dólares, Estados Unidos dobló su extensión al comprar la Luisiana, dos millones de kilómetros cuadrados o más, ya que los límites del territorio tampoco estaban del todo definidos (finalmente se consideró que no solo incluía las tierras regadas por el Mississippi, sino también sus afluentes, incluido el extensísimo Missouri). El acuerdo fue aprobado por las dos cámaras del Congreso estadounidense y, en diciembre de 1803, la Luisiana cambió de manos por última vez.

La noticia provocó una ola de entusiasmo en el país. Jefferson quedó encumbrado y los opositores a la compra, señalados. El Partido Federalista había levantado la voz en contra de la transacción y a un año vista de las elecciones estaba completamente marcado por el asunto. John Adams no se presentó como candidato y Charles Pickney fue el elegido para dar la cara por los Federalistas, aunque sin esperanzas de éxito. Además, en esta ocasión no podía repetirse el lío del empate de 1800, ya que la Duodécima Enmienda (ver Glosario) había solucionado el entuerto: a partir de entonces las votaciones a la presidencia y a la vicepresidencia iban a discurrir en paralelo. Así, en unos de los comicios más desequilibrados de la historia del país, el candidato del Partido Demócrata, Thomas Jefferson, barrió por completo, logró 162 votos electorales por solo 14 de su rival (que solo ganó en los norteños Connecticut y Delaware), y disfrutó de un segundo mandato en la Casa Blanca.

La lupa: el día que el vicepresidente mató al líder de la oposición

Pocos hechos pueden resultar más pintorescos a ojos de un lector actual que el duelo a pistola entre el vicepresidente de los Estados Unidos y su archienemigo, el líder de la oposición y antiguo hombre fuerte en los gobiernos precedentes. Pero esto es exactamente lo que sucedió en el verano de 1804. Y tuvo, además, un trágico desenlace.

Aaron Burr era el político que había estado a punto de arrebatar la presidencia al líder de su partido, Thomas Jefferson, tras el lío del empate en las elecciones de 1800. Su "jefe" le había puesto la cruz para las siguientes comicios. Buscó una salida honrosa presentándose a gobernador de Nueva York. El cargo era importante y más aún en aquella época: la compra de Luisiana había convencido a algunos políticos Federalistas de Nueva Inglaterra de que la expansión del país condenaba al norte comercial e industrial a verse subordinado a largo plazo al sur rural. Este grupo formó un lobby conocido como "Essex Junto" y tanteó el terreno para una posible independencia de los estados norteños: tener al gobernador de Nueva York de su lado suponía un espaldarazo notable, así que contactaron con Alexander Hamilton, el factótum del Partido Federalista, pero este rechazó el plan. Entonces tantearon a su oponente, Aaron Burr, que sí lo aceptó. La campaña, así planteada entre bastidores, fue inusualmente dura y culminó con la derrota de Burr, lo que significaba el fin de su carrera política. 

Burr todavía desempeñaba el cargo de vicepresidente del país, pero eso no le impidió desafiar en duelo a Hamilton. Adujo que este le había ofendido durante la campaña y que solo con las pistolas en la mano podría recuperar su honor. Hamilton aceptó, a pesar de que su hijo mayor había muerto en un duelo pocos años antes. El 11 de julio de 1804 ambos se encontraron en Weekhawken, Nueva Jersey. La bala de Hamilton se estampó en una rama; la de Burr, en el abdomen de su oponente. La herida resultó mortal y Hamilton, una de las figuras descollantes entre los Padres Fundadores de Estados Unidos, falleció un día después.

Glosario:

"DUODÉCIMA ENMIENDA": Las elecciones de 1800 pusieron de manifiesto que el mecanismo dispuesto inicialmente por la Constitución para los comicios presidenciales tenía graves deficiencias. Y como en aquella época la política de Estados Unidos todavía se regía por criterios prácticos, no hicieron falta demasiadas discusiones para cambiar el sistema. Ni siquiera fue un obstáculo que requiriera un consenso abrumador, ya que debía ser aprobado por las dos cámaras del Congreso y por cada uno de los estados. En tiempo récord, para 1804, se había conseguido redactar y aprobar la solución, que cristalizó en la Duodécima Enmienda.

Esta famosa enmienda reemplazaba al Artículo II, Sección 1, Claúsula 2 de la Constitución y establecía un nuevo procedimiento para elegir por separado al presidente y al vicepresidente, alejando el peligro de que se perpetuaran empates indeseados. De hecho, lo consiguió, ya que nunca ha vuelto a repetirse un caso como el de Jefferson y Burr en 1800.

 

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