Contemplar la primavera
Actualizado el 02/05/2026 a las 08:23
En un mundo dominado por las imágenes, donde se busca la inmediatez y la rápida sucesión de estímulos visuales, estamos perdiendo la capacidad de contemplar, que no es lo mismo que ver. Sin duda, el sentido de la vista despierta nuestra admiración por un atardecer o por la monumentalidad de una arquitectura, pero el corazón del hombre está hecho para el infinito, por lo que inmediatamente buscaremos, que la realidad nos siga sorprendiendo a partir de la belleza. Y nuestro asombro será mayor cuando seamos capaces de pararnos y contemplar desde un silencio capaz de despertar continuas preguntas.
Abramos los ojos. Somos lo que contemplamos. Ha llegado la primavera, radiante y hermosa . Todo brilla, humea, estalla, revienta, renace. Ha llegado la estación de los amores. La luz lo invade todo. El cielo es más azul. Tiempo glorioso. Los frutos comienzan a tomar tamaño y a sazonarse con el sol. Las ramas de los árboles se inclinan por su peso. La tierra hace brotar las primeras flores. Se respira olor a flor, a hierba, a árbol. Los prados ríen. Abundan los días agradables de calor, que indican la proximidad del verano. Con la lluvia los campos muestran una mejoría. Bastan unos chaparrones para que la tierra se vista de colores verdes y rojos y de aromas salvajes. Los vientos racheados hacen sufrir a los árboles. Alguna tormenta con aguaceros potentes modifica el discurrir agradable de estas jornadas primaverales. Las mañanas se convierten en auténticas sinfonías de trinos, gorgoritos, gorjeos o arrullos. Las aves silban estrofas breves y se parecen a “chantres” de pluma, que cantan a la Virgen María . Y escribe Lope de Vega, Fénix de los ingenios: “En las mañanicas, del mes de mayo, cantan los ruiseñores, retumba el campo”.