La carta de don Juan Carlos

José Javier Viñes Rueda|

Publicado el 13/08/2020 a las 08:11

Yo confieso que he sido juancarlista, como tantos de mi generación que fue la del entonces Príncipe de España. Aquel chico de nuestra edad, que estudiaba en la Academia General de Zaragoza, de pelo rubio, rizado sosote, que alternaba con la gente de su edad en “Los Espumosos”, chiquiteaba por “El Tubo”, el domingo aperitivo en “La Espiga”, paseaba largas vueltas por el Paseo de la Independencia con sus compañeros cadetes viendo pasar a las chicas, siempre atractivas de Zaragoza, y se escapaba del cuartel detrás de la faldas, sin más castigo que una repetida reprimenda del Director General de la Academia. Nos hicimos juancarlistas por edad y por ser la única salida razonable al régimen franquista. A los treinta y siete años, tras chupar rueda estoicamente, le cayó inopinadamente, entre tropiezos y sorpresas, una Corona que estaba en el baúl de los recuerdos; la limpió, fijo, y dio esplendor, y a los millones de españoles que le acompañamos en la Transición nos hizo demócratas, que no sabíamos que lo éramos.

Ahora se ha ido malamente. Por “los acontecimientos pasados de mi vida privada”, según confiesa en su carta de despedida; carta de una pobreza de contenidos, de tópicos de papel, de hipocresía, vano patrioterismo que no hay duda que la ha escrito él mismo, con poca sensibilidad para los ciudadanos; ni una despedida, ni una referencia: “para prestar un servicio a los españoles”. Ni un ápice de arrepentimiento, de excusa.

Ahora que estamos acostumbrados a que todos pidan perdón por lo que no han hecho, el Papa incluido, Juan Carlos ni un solo guiño de pena, bien al contrario se sacrifica heroicamente por España. “Siempre he querido lo mejor para España”. Él, no aduce en su defensa un atisbo de error o un desliz impropio: nada de nada. Acumula sobre sí, con su carta, la realidad de cuanto se le imputa que como una losa le ha obligado a abandonar España. Ejemplos ha tenido entre sus antepasados para salir con honor del embrollo. Aquel Carlos I que arrepentido de sus tantas pompas, vanidades, poder, oro y barbaridades de su siglo, con media Europa dividida y la Roma del Papa saqueada sobre sus espaldas, abandonó todo, renunció a honores, dejó en paz y gobernanza a su hijo Felipe sus reinos, y, con su arrepentimiento, se retiró en pobreza a un Monasterio de Yuste a esperar su muerte y su salvación humana y divina.

Qué ocasión de seguir su ejemplo: pedir perdón, reconocer culpa, devolver la pasta, que no era privada como dice, sino por su trabajo como Jefe de Estado y encerrarse en uno de tantos monasterios todavía en activo como El Escorial, los Caídos, en incluso seria bien recibido en Leyre o La Oliva con mejor clima, a meditar y esperar el perdón de los españoles y al santo advenimiento.

Ya no soy juancarlista ahora soy felipista, ya que lo que yo defendí y admiraba no era la persona sino que el Jefe del Estado fuera un monarca constitucional y hereditario para que se preparara adecuadamente, en equilibrio, neutralidad, con excelencia, por encima de tantas mediocridades que da y trae la política, sin que la mala fortuna pueda ponernos como jefe de Estado a un personaje imprevisto mandatario de la parcialidad. Bien al contrario, la monarquía hereditaria histórica tiene medios, preparación categoría y recursos para sostener la Unidad Constitucional de España. Por eso soy felipista. Larga vida constitucional a Felipe VI y a la Monarquía.

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