Quizá tengamos que volver a lo básico

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María Revilla

Actualizado el 12/09/2026 a las 08:30

Los últimos resultados y debates en torno a PISA deberían preocuparnos, pero, sobre todo, deberían hacernos reflexionar. Pedimos a nuestros niños que comprendan textos, escriban, razonen, resuelvan problemas y mantengan la atención durante tareas cada vez más complejas. Sin embargo, quizá antes deberíamos preguntarnos si estamos consolidando suficientemente los aprendizajes y hábitos más básicos.

Antes de escribir hay manos que necesitan manipular. Recortar, modelar plastilina, abrocharse un botón, atarse los cordones, dibujar, construir, recoger sus cosas, esperar, escuchar o terminar una pequeña tarea también forman parte del desarrollo. No son aprendizajes menores ni un simple entretenimiento: detrás de ellos hay coordinación, autonomía, atención, planificación, paciencia y tolerancia a la frustración. El aprendizaje no comienza cuando un niño abre un libro. También se prepara en la vida cotidiana: durmiendo lo suficiente, desayunando, comiendo adecuadamente, jugando, moviéndose, conversando y aprendiendo a asumir pequeñas responsabilidades.Las rutinas de sueño, alimentación, higiene, autonomía y trabajo cotidiano no son cuestiones menores. Ayudan a desarrollar atención, perseverancia, organización y tolerancia a la frustración. Quizá estamos exigiendo determinadas competencias académicas sin detenernos a comprobar si algunos de los prerrequisitos necesarios para aprender están realmente consolidados.

La familia es el primer agente educativo. Esto no significa culpabilizarla ni trasladarle las funciones de la escuela. Significa reconocer que muchos aprendizajes necesitan comenzar, continuar y generalizarse entre ambos contextos. La escuela necesita a la familia para consolidar hábitos, autonomía y aprendizajes; y las familias necesitan una escuela que acompañe, oriente y enseñe. Las circunstancias sociales y laborales han cambiado y conciliar no siempre es sencillo. Precisamente por eso necesitamos recuperar una alianza real entre familia y escuela, sin buscar culpables y poniendo en el centro las necesidades de los niños.

Soy una firme defensora de la alfabetización digital y de enseñar a nuestros alumnos a utilizar adecuadamente la tecnología y la inteligencia artificial. Formarán parte de su futuro y debemos prepararles para utilizarlas con criterio. Pero alfabetización digital no significa exposición digital ilimitada. Una pantalla puede ser una herramienta extraordinaria, pero también puede ocupar el tiempo que necesitaban el juego, las manos, la conversación, la lectura, el movimiento, el descanso o incluso el aburrimiento. Quizá el debate no debería centrarse únicamente en cuántas horas de pantalla tienen, sino también en qué experiencias están dejando de tener mientras la utilizan.

No se trata de volver al pasado ni de rechazar el progreso. Se trata de recordar que el desarrollo humano sigue necesitando tiempo, vínculos, límites, movimiento, experiencias reales y oportunidades para hacer las cosas por uno mismo. La sociedad que espera a nuestros niños será profundamente tecnológica. Precisamente por eso necesitará personas capaces de comprender, concentrarse, pensar, crear, resolver problemas, relacionarse y utilizar esa tecnología con criterio. Tal vez PISA no deba servir únicamente para preguntarnos qué está fallando en la escuela, sino para revisar, entre todos, qué infancia estamos ofreciendo y qué aprendizajes básicos necesitamos volver a cuidar.

María Revilla

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