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Patrimonio de Navarra

Murallas de Pamplona, de la historia a la cultura

Pamplona lleva años trabajando en el mantenimiento de un espacio que es, ahora más que nunca, de los pamploneses. Las murallas de la ciudad son hoy un lugar clave en el que disfrutar de distintos tipos de arte y cultura. Porque viven entre nosotros, así han cambiado las murallas.

Vídeo murallas de Pamplona
Vídeo murallas de Pamplona
El recinto fortificado de Pamplona, escenario para la cultura de la ciudad.
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Vídeo murallas de Pamplona
Actualizada 18/12/2020 a las 17:26

(Reportaje publicado en la revista Conocer Navarra nº 36 con fecha septiembre de 2014. Textos de CAROLE ESLAVA y fotografías de JESÚS CASO Y ARCHIVO G.L.I.)

 

En un paseo por Pamplona, tarde o temprano llega un momento en el que un muro de piedra se funde en el paisaje. En ese instante, en el que al alzar la vista una muralla obstaculiza el camino, empieza a hablar la historia de la ciudad. Esa que trae bajo el brazo una infinidad de anécdotas y detalles y que relata lentamente un cuento que cumple milenios.

Las murallas de Pamplona recomponen una estampa que sorprende al oriundo y resulta cotidiana al que de la ciudad es natural. Aún así, para estos últimos, sigue representando una retrospectiva al pasado. Sentir las murallas es sinónimo de quietud y, a la vez, de impaciencia. Ésta, tal vez, resultado de todo el trabajo que se ha tenido que llevar a cabo para conservar su esencia. El mimo con el que se ha tratado el conjunto amurallado y las fortificaciones pamplonesas es producto y resultado de varios estudios. También, de la lucha por el mantenimiento de su historia.

Actualmente, las murallas ya no son unicamente un lugar en el que pararse a respirar. Se han elevado a la máxima potencia. Hoy, son Cultura, con mayúsculas, para la ciudad. Es allí donde los actos más inesperados cobran vida en distintas citas a lo largo del año. Aprovechando especialmente la temporada estival, un extenso programa de actos se ha encargado de confirmar cómo se ha conseguido cambiar este espacio. Un total de 280.000 metros cuadrados de zona verde, la mayor superficie en Pamplona Y, a pesar de ello, un rincón íntimo, por el que Pamplona ha luchado desde mediados del siglo XX, buscando mantener viva la esencia de un espacio especial para los autóctonos. Las murallas viven ahora para poder disfrutar de escenas atípicas en otros puntos de la geografía nacional e internacional. Viven para el disfrute y la cultura. Atrás quedo el caso omiso, la indiferencia, su estricta esencia de plaza con recinto fortificado. “Disfrutar de las murallas como un elemento capital de nuestro presente y nuestro futuro es clave”. Se trata de unas palabras del actual alcalde de la capital foral, Enrique Maya, que valora culturalmente el espacio. Que es único y nuestro.

Pero fue especialmente a partir de 2006 cuando la ciudad asumió el reto de configurar un proyecto específico para su recinto amurallado. En ese momento, desarrolló el Plan de Conservación y Promoción de las Fortificaciones de Pamplona. Con ocho objetivos básicos a la hora de llevarlo a cabo, el ayuntamiento planteó una estructura que, año a año y desde entonces, cobra fuerza entre sus muros. De esta forma, se centraron en estos aspectos: ordenar, conservar y enriquecer el paisaje urbano histórico; adecuar el patrimonio a las nuevas funciones y demandas; organizar la ciudad histórica para el bienestar de habitantes y visitantes; tener presente las necesidades de las funciones emergentes en el tratamiento y organización del espacio público; consolidar un recinto amurallado accesible; concienciar a la ciudadanía de la importancia material e inmaterial del hecho fortificado de su capital como un valor histórico y de futuro; convertir a Pamplona en un referente internacional; y potenciar Pamplona como destino de turismo cultural a través de los recursos patrimoniales.

Desde entonces, el consistorio ha llevado a cabo más de veinte actuaciones para restaurar y dotar a este conjunto amurallado del valor que merece. Con una inversión de cerca de 80 millones de euros, se ha sufragado con un 31,17% de aportación municipal, un 38,24% de inversión por parte del Gobierno foral, un 15,94% del Gobierno de España y un 8,63% de crédito de la Unión Europea. Asimismo, y como un momento clave a lo largo de estos últimos ocho años, en marzo de 2011 abría las puertas el Centro de Interpretación de las Fortificaciones de Pamplona. Con la intención de cumplir distintas funciones, nació en el fortín de San Bartolomé para albergar una historia que se narra con cuidado, documentación y mucho detalle.

 

PROYECTO FORTIUS

Fue en 2012 cuando arrancaba también un proyecto que el ayuntamiento trata con especial cariño y que permite a la ciudad vivir grandes momentos encerrados bajo el espacio amurallado. El Proyecto Fortius, en el que se trabaja junto a Bayona, ciudad hermana de Pamplona desde 1960, se centra en la voluntad de compartir y transferir experiencias, unido al interés por comprender el patrimonio fortificado dentro del sistema defensivo fronterizo. Pamplona, que no debe entenderse sola en el conjunto de sus fortificaciones, mira más allá. Tal y como explica el alcalde local, cabe un relato paralelo de la historia amurallada de Pamplona junto a la de la francesa, “los ciudadanos de Bayona han tenido idénticos sentimientos y aspiraciones hacia sus murallas: necesidad defensiva, imposibilidad expansiva, ansia de derribo y, finalmente, símbolo a conservar y potenciar”.

Este breve resumen histórico es el motivo por el que el proyecto Fortius se lleva a cabo. Enmarcado dentro del Plan Operativo Territorial España–Francia–Andorra, y promovido por la Comunidad de Trabajo de los Pirineos, cuenta con la financiación de los Fondos Europeos para el Desarrollo Regional. Este proyecto, resultado del importante cambio que viven las murallas pamplonesas, convierte el lugar en un punto de encuentro y esparcimiento para ciudadanos y visitantes. Como alega el alcalde de la capital foral, “ha llegado el momento de disfrutar de las murallas, de que los antiguos lienzos defensivos sean un lugar en el que descubrir múltiples vivencias, de vivir las murallas”.

 

UN ESPACIO PARA LA CULTURA

Con este motivo, se están articulando acciones dirigidas a realizar un plan de gestión paisajística, restauración de elementos clave en los conjuntos amurallados, trabajo conjunto en la difusión de su valor y su significación, profundización en las posibilidades turísticas del mismo y creación de varios ofertas y productos turísticos conjuntos en torno a la interpretación, al arte, a la gastronomía y al ocio. En este último sentido, el programa de “Ciudadelarte” aprecia sustancialmente el trabajo del proyecto. Como tal, la ciudad amurallada se transforma en enclave de conferencias, en piedra para ser bailada, en escenario de conciertos veraniegos y en un sostén para las miles de velas que iluminan la ciudad.

El programa, que también se ha preparado para el verano que hemos dejando atrás, ha contado con unas jornadas gastronómicas denominadas “Ciudadela Gourmet” o con la “Muralla a la luz de las velas” que ha contagiado la ciudad de magia durante los sábados de agosto mientras la ambientación musical ponía ritmo a momentos de luz. En el baluarte de Guadalupe, “La muralla en danza” contó con tres espectáculos en un lugar privilegiado y habitualmente cerrado al público. En recuerdo del maestro Sabicas, se ha podido vivir también un viaje inspirador a las raíces flamencas con “Flamenco on fire” donde varios artistas fueron protagonistas de su primera edición. Asimismo, “Tardes ciudadela” han hecho de los conciertos nocturnos el mejor momento para disfrutar del jazz, la música fusión, sabiquerando, música actual y distintos tributos a la canción francesa o italiana.

Las exposiciones, centradas en fotografía, pintura, escultura y dibujo, han completado el programa estival con distintas colecciones. Visitas guiadas por las murallas y teatralizadas daban a conocer las murallas desde otro punto de vista, además de distintas catas de vinos que han puesto sabor a todos estos eventos.

Silvia Azpilicueta, al mando de la dirección del área de Empleo, Comercio y Turismo del Ayuntamiento de Pamplona, se encarga también de detallar la importante tarea del consistorio con respecto a las murallas. Azpilicueta, que recibió el pasado julio a un grupo de periodistas estadounidenses especializados en el llamado Turismo MICE (iniciales inglesas de Turismo de Reuniones, Incentivos, Congresos y Eventos) insiste especialmente en la idea de ver Pamplona como “algo más allá de los Sanfermines”. En concreto, Azpilicueta se centra en las mejoras que ha sufrido la ciudad en los últimos años, más especialmente las llevadas a cabo para promocionar las murallas. “Ha supuesto un esfuerzo inversor muy importante que consideramos ha marcado un antes y un después en cuanto a la protección y el uso de nuestro patrimonio, pasando de ser un recurso monumental más, a ser un elemento fundamental en el impulso turístico y cultural de Pamplona”, destaca.

Tal y como cuenta, las murallas de Pamplona siempre han estado ligadas a la historia y evolución de la ciudad, teniendo su origen en un objetivo exclusivamente defensivo y militar. Dada la ubicación de Pamplona, tras el paso de los Pirineos, desde sus orígenes como campamento del general romano Pompaelo en el año 74 a.C., se ha considerado un enclave amurallado estratégico. Durante la época medieval, cuando la ciudad se dividía en distintos burgos y cada uno contaba con su propio recinto amurallado, se vivieron largos años de guerras entre ellos. Fue en 1423 cuando el Rey Carlos III El Noble decidió otorgar el llamado Privilegio de la Unión, unificando derechos y obligaciones fiscales de las tres poblaciones. Entonces, Pamplona se consolidaba como una ciudad única eliminando las murallas exteriores. “En el siglo XVI, concretamente en el año 1512, el rey Fernando el Católico y sus sucesores luchan por reforzar las defensas de Pamplona con tecnología medieval. Comienza entonces una larga etapa en la que se van construyendo distintas defensas empezando por un nuevo castillo y continuando por la adaptación de las murallas a las nuevas técnicas militares y armamento”, explica Azpilicueta.

Así, y en forma de resumen del periodo que data del siglo XVI hasta el XVIII, se construye la Ciudadela a partir del año 1571, torres, bastiones, protecciones y refuerzos exteriores como baluartes, revellines y fuertes. Pamplona fue una ciudad completamente amurallada de manera íntegra hasta finales del siglo XIX. “Se trata de un recurso patrimonial extraordinario que hoy valoramos como una de las joyas culturales y turísticas de la ciudad, aunque tuvo su etapa de horas bajas y se percibió, por muchos, como un estorbo”, explica Azpilicueta.

 

DEBATE SOBRE UN EMBLEMA DE LA CIUDAD

Tras esta reflexión y dentro del mismo proyecto Fortius, Pamplona ha puesto en marcha para el próximo mes de octubre el “Congreso Internacional sobre Patrimonio Fortificado: gestión y desarrollo sostenible”. Este, que tendrá lugar en el Palacio del Condestable entre los días 15 al 17, acogerá investigadores, arquitectos, urbanistas, paisajistas, historiadores, sociólogos, economistas y trabajadores de las administraciones públicas, entre otros.

Todos ellos, relacionados con el ámbito de la ciudad y el patrimonio, podrán compartir experiencias, poner en común técnicas y metodologías y debatir sobre distintos aspectos de la conservación y gestión del patrimonio militar. Además de las sesiones teóricas, los participantes podrán intervenir en un plan de actividades vinculadas a la visita de espacios emblemáticos de las fortificaciones de la ciudad, entre otros, la Ciudadela, el conjunto fortificado y el Centro de Interpretación de las Fortificaciones de Pamplona.

El Comité Científico del congreso ha aprobado ya los resúmenes de 64 ponencias firmadas por 105 especialistas de todo el mundo que, una vez desarrolladas, se presentarán durante el congreso en sesiones simultáneas de 90 minutos; cada comunicación ocupará de 10 a 15 minutos.

Además de las españolas, hay propuestas de comunicaciones breves llegadas de Bélgica, Reino Unido, Serbia, Italia, Polonia, Portugal, Alemania, Grecia, Hungría y Suecia, de entre los países europeos. También se han remitido comunicaciones del continente americano: Estados Unidos, Colombia, Brasil y Mexico. Completan las nacionalidades de los investigadores: Turquía, Irán, India, Argelia, Bangladesh, Qatar, Comores, Australia, Filipinas y Egipto.

Esto resume la importancia que las murallas de Pamplona tienen también fuera de sus propias fronteras. En un momento en el que toca hacer balance y volver la vista atrás, el alcalde de Pamplona, Enrique Maya, recoge en el primer capítulo del libro “Fortificaciones de Pamplona. Ciudades amuralladas: lugares para vivir, visitar e innovar” un amplio recorrido por la valoración cultural del patrimonio fortificado de la ciudad. En él, hace alusión al trabajo que desde el consistorio se ha venido llevando a cabo estos años para restaurar la historia amurallada.

 

SIGLO XXI, EL PRINCIPIO DEL CAMINO

La pentagonal Ciudadela, que encomendó diseñar el monarca Felipe II en 1571, fue la que se consolidó como el corazón defensivo de la Comarca de Pamplona. Maya explica la importancia que tuvo la pérdida de eficacia defensiva de las murallas y la debilidad de sus muros. Todo unido al crecimiento demográfico que experimentaba la ciudad, que de 1930 a 1970 pasó de tener 38.000 a 145.000 habitantes. Asimismo, cuenta cómo Pamplona posee desde el siglo XXI uno de los recintos abaluartados mejor conservados en el panorama nacional y más importantes a nivel europeo. Hoy en día, el parque situado alrededor de la Ciudadela, la Vuelta del Castillo, es la zona verde más importante de la ciudad.

Desde 2002 y hasta hace dos años se han desarrollado distintas actuaciones encaminadas a restaurar y rehabilitar los muros, accesibilidad y prestaciones del conjunto amurallado. Entre 2002 y 2004 se reconstruyó el histórico portal de la Taconera, se rehabilitó el paseo de la Ronda Barbazana, que sirve para unir por detrás del conjunto de la Catedral, la plaza de Santa María la Real con el baluarte del Redín, y se completó la primera fase de la restauración del frente de Francia. En estas actuaciones se invirtieron 5,4 millones de euros.

Dentro del Plan de Conservación y Promoción de las Fortificaciones de Pamplona, se pavimentaron los caminos interiores de la Ciudadela, se restauró el baluarte Real y se desarrolló una de las grandes obras de la historia de Pamplona, la nueva Estación de Autobuses, subterránea, con la que además se logró reconstruir el revellín de Santa Lucía, que se encontraba enterrado bajo tierra. Esto último, que supuso una inversión de 38,5 millones de euros, propició la creación de una nueva zona verde de 30.000 metros cuadrados de superficie en el centro de la ciudad.

En 2007 se ejecutó también la segunda fase de la restauración del frente de Francia en el baluarte de Nuestra Señora de Guadalupe. La instalación de los ascensores de Descalzos, construidos bajo la propia muralla supuso un antes y un después en términos de accesibilidad. Ya en 2009, se lograron desarrollar tres actuaciones de recuperación en el recinto fortificado: la mejora de la urbanización del paseo de Ronda, la restauración del revellín de San Roque y la recuperación del baluarte de la Taconera.

En el 2010 se recuperaron el baluarte de Gonzaga y del portal Nuevo, la urbanización de la plaza Virgen de la O y la restauración del revellín de Santa Clara. Además, se construyeron rampas de acceso en la plaza Santa María la Real, se creó una pasarela de unión entre el fortÍn de San Bartolomé y el baluarte del Labrit y se construyó un ascensor para comunicar el parque fluvial del Arga y el fortón de San Bartolomé.

Pero no sólo la última década es importante a la hora de tomar consciencia de lo que ha implicado este intenso cambio que ha experimentado el espacio. Después de plantear el importante trabajo que ha convertido la ciudadela de Pamplona en un estratégico símbolo que identifica a la ciudad, regresar al pasado es tarea obligada. El año pasado se conmemoraron los 40 años desde que la Ciudadela fuese declarada Monumento Histórico-Artístico Nacional. Este hecho, que tuvo lugar el 8 de febrero de 1973, supuso el cierre de una época en la que se peleó por mantener vivo el patrimonio del recinto amurallado. La historiadora Esther Elizalde Marquina, que lleva años estudiando los cambios que han resultado de este monumento, explica con exactitud la evolución del pensamiento acerca de las murallas de Pamplona.

 

LAS MURALLAS, ENTRE LOS SIGLOS XIX Y XX

Tal y como indica, el punto de partida para analizar este hecho, desarrollado entre los siglos XIX y XX, se sitúa en 1808. “En ese momento la función estratégico–defensiva del recinto amurallado seguía vigente y Pamplona era considerada plaza fuerte de primer orden”, relata al considerar su situación geográfica ante la cercana frontera pirenaica y Francia, que convertían a Pamplona en punto clave para un posible ataque. Entre 1808 y 1869 se sucedieron numerosas inspecciones para llevar a cabo proyectos de mejora planteados por ingenieros militares que ponían de manifiesto la modernización de las murallas. Tres fueron los proyectos que ponían en juego un cambio drástico en la fisonomía urbana de la capital navarra. La carente economía que se vivió durante este siglo fue, sin embargo, la responsable de que perviva hoy todavía este conjunto amurallado. “Se limitaron a atender obras denominadas de entretenimiento y conservación, tales como reparaciones de muros y parapetos, arreglos de fosos y caminos cubiertos”, explica Elizalde.

Fue a mediados del siglo XIX cuando surge entre la población un ánimo de renovar la apertura de la ciudad a nuevos aires de modernidad. Estos, en este momento, se ven obstaculizados por las antiguas murallas. La inicial oposición de los militares a modificar el conjunto amurallado fue evolucionando a una aceptación de la poca eficacia defensiva del espacio. Aún así, mantenían la intención de salvaguardarlo como un perímetro amurallado y con carácter de plaza fuerte. Esto hizo que, a pesar de que Ayuntamiento de Pamplona luchase por destruir el conjunto amurallado; fuese reduciendo sus miras para conseguir la extensión urbana.

Fue el 22 de agosto de 1888 cuando se aprobaba el Primer Ensanche. Este, mutilaba la ciudadela al perder el baluarte de la Victoria y San Antón y los revellines de Santa Teresa y Santa Lucía. La población, que argumentaba que las murallas provocaban malas condiciones higiénicas, de salubridad y una elevada mortalidad por la excesiva población que habitaba en el interior de los muros, festejó este hecho con clarines, gigantes, música y dulzainas.

En 1894, el consistorio pamplonés fue en busca de la derogación de las zonas polémicas donde estaba restringida la construcción. Pamplona iniciaba el siglo XX con esperanzas de ver una expansión urbanística de la capital navarra y, por tanto, su desarrollo económico y social. Durante quince años, el ayuntamiento luchó por su “sueño dorado”, como denominaron al Segundo Ensanche. Fue en 1901, y tal y como detalla la historiadora, cuando se autoriza el anhelado derribo de las murallas para la construcción del ensanche hacia el sur a costa de un nuevo recinto de seguridad más amplio. Pero la cuestión económica, que dividió al Consistorio en dos bandos, fue la que causó un aplazamiento del derribo. Lo que finalmente permitió este derribo parcial fue el estallido de la Primera Guerra Mundial. Tal y como explica Esther Elizalde, las murallas de Pamplona carecían de eficacia defensiva desde hacía décadas. Se permitía, en 1915, la demolición de un 25% del total del conjunto amurallado. El 25 de julio de 1915 fue el día clave que permitían la caída de las viejas piedras. Estas, posibilitaban el final de una época de oscuridad.

Pero entonces, los periódicos, que fueron a partir de esta época responsables de narrar lo que acontecía en la ciudad y en la mente de los ciudadanos pamploneses, se encargaron de sacar a la luz voces que defendían la continuidad de las murallas. “La Comisión de Monumentos Históricos y Artísticos de Navarra promovió la recomposición de los antiguos portales desmontados en 1905 buscando embellecer la ciudad”, cuenta Esther Elizalde.

Poco a poco, las murallas iban siendo aceptadas como elemento característico de Pamplona que no se oponía al progreso ni a la modernización de la ciudad. Las murallas habían pasado de ser un elemento a destruir, símbolo de retraso, a constituirse como elemento definidor de Pamplona. Las críticas del pasado se transformaron en defensa de las “viejas piedras” que se mantenían en pie como la verdadera imagen de la ciudad. En 1950 se creaba la Comisión par la Restauración y Embellecimiento de las Murallas de Pamplona formada por tres integrantes del Ayuntamiento de Pamplona: el teniente alcalde y presidente de este organismo, José María Pérez Salazar, Eugenio Arraiza Vilella y Carlos Gortari Pastor. Tal y como explica Elizalde, los principales objetivos de esta comisión fueron la restauración y embellecimiento de las murallas buscando devolverlas a su verdadera forma y constituyéndolas, por una parte, en un elemento activo en la existencia urbana y, por otras, en un recuerdo de cómo Pamplona vivía antiguamente custodiada por el conjunto amurallado. “Esta Comisión fue efímera, pues se disolvió en 1958, pero supuso el principal motor de la recuperación del recinto fortificado”, avanza.

El testigo, que fue tomado por la Comisión de Protección de Estética, creada en 1964 por el consistorio pamplonés, respondía a una preocupación de también el conjunto artístico, histórico y patrimonial de la ciudad. El 6 de abril de 1969 el Casco Antiguo de Pamplona fue declarado Conjunto Histórico-Artístico, apreciado por sus habitantes y reconocido por las autoridades nacionales como incomparable pieza artística y militar. “La culminación de este proceso llegó con la cesión de la ciudadela en 1964 al Ayuntamiento de Pamplona, para que este emprendiese trabajos de restauración, y su posterior declaración de Monumento Histórico–Artístico de carácter nacional en 1973”, continua Elizalde. “A partir de ese momento, se inició una nueva etapa de restauraciones para ver las fortificaciones recuperadas totalmente, integrándose en la vida urbana como parte activa, como lugar de esparcimiento, recreo y atractivo cultural y turístico, tal y como se pueden visitar actualmente”.

En este sentido, el repaso histórico de los últimos siglos hace que cobren más intensidad los importantes esfuerzos que se están llevando a cabo para mantener en pie todo lo que aconteció alrededor de las murallas. El historiador Juan José Martinena Ruiz, termina con una frase que bien podría hacer alusión a lo que ilustra este reportaje. En el libro “La Ciudadela de Pamplona: cinco siglos de vida de una fortaleza inexpugnable”, se sincera a cerca de la historia de los muros de la ciudad. “Sus viejas piedras, que hoy ven jugar a los niños, hacer footing a los deportistas y pasear a los jubilados, guardan en sus entresijos más de cuatro siglos de historia de nuestra ciudad”, relata el autor pamplonés.

Como cierre de esta idea, el arquitecto José Vicente Valdenebro García reflexiona también sobre las murallas de la ciudad. “Siguiendo el ejemplo de actuación en las fortificaciones de Pamplona queda demostrado que es posible conseguir que las murallas, que en su momento fueron concebidas con función de límite, pasen a convertirse en un nexo de unión entre barrios, en una muralla urbana capaz de adaptarse a los nuevos tiempos incorporando nuevas dotaciones. Ha habido muchos debates y planes sobre cómo actuar en recintos amurallados, pero pocas son las ciudades en las que se ha pasado del mundo de las ideas a la realidad. Pamplona es una de ellas, es un referente tanto en la conservación de su patrimonio como en la integración de nuevos usos junto a sus murallas, consiguiendo un perfecto equilibrio entre conservación y funcionalidad. Ha primado un enfoque estratégico orientado a la acción en contraposición a aquellas otras ciudades en las que se sigue debatiendo sobre cómo actuar en su patrimonio monumental mientras sus monumentos siguen deteriorándose”.

En Pamplona, ciudad donde se cuida al milímetro lo que sucede alrededor de las piedras que despiertan a la población y la duermen cada noche, existe un amor actual entre este espacio y los ciudadanos. Esto es lo que relata un paseo por sus rincones cualquier tarde del año, en la que se puede apreciar gran variedad de formas de disfrutarla. Las murallas, que son nuestras ahora más que nunca, están para que las vivamos en su máxima intensidad. Como tal, el Ayuntamiento de Pamplona lucha para que así sea. Las murallas son hoy en día un paseo desde la historia. Y hasta la cultura.

 

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