Jesús Alegría Armendáriz, gestor y guardián de palabras

Jesús Alegría Armendáriz, en una imagen reciente
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Jesús Alegría Armendáriz, en una imagen reciente

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Oskar Alegria Suescun

Actualizado el 21/05/2026 a las 08:11

Jesús Alegría Armendáriz tuvo cuatro hijos, escribió el mismo número de libros (uno inédito, las Memorias de un Txinurri) y plantó un sinfín de árboles, uno de ellos muy especial, una palmera en pleno Mediterráneo, adonde le enviaron para estudiar en los Salesianos de Calpe y adonde 40 años después nos llevó a toda la familia con el único objetivo de volver a ver aquel árbol. Nunca entendimos aquel viaje en coche, el más largo de nuestra infancia. Pero para él fue sin duda el más corto: la palmera seguía en pie y con ello se le plantó en la cara una sonrisa de niño que jamás se le fue.

Jesús Alegría Armendáriz nació al final del año 1938, un 30 de diciembre, en un pueblo que amaba por encima de todas las cosas: Artazu. Ese “por encima” incluye el puente de piedra del vecino Puente la Reina. Cuando alguien admiraba esa típica estampa navarra, él siempre añadía: “Precioso el puente sí, pero mirar por encima, qué pueblo más hermoso se ve”. Ahí estaba Artazu, siempre en su horizonte. El mismo pueblo de su mujer, Pilar Suescun Ros, a la que cuidó con un AMOR mayúsculo, sobre todo en los últimos años en los que ella permaneció con la memoria caída. Tuvieron cuatro hijos y vinieron a vivir a la ciudad, Pamplona. Pero antes, en su infancia y juventud, la vida campesina marcó el ritmo. Artazu, pueblo de gran vino, con paisaje de cereal, olivos, almendros… allí Jesús pasó por todas sus labores. De pastor a vendimiador, cosechador, presidente de la bodega, secretario de la Cámara Agraria… hasta llegar a ser “Txanpi”, como le llamaban cuando se especializó en el cultivo de champiñón que repartía por los pueblos, primero con su moto Guzzi, después con una furgoneta dos caballos. 

Sus padres fueron Francisco Alegría e Inés Armendáriz, vecinos de casas en Artazu, tan solo separadas por una ermiñeta o calleja de escasos 1,32 metros. Su amor quiso ser prohibido al ser ella de una de las casas fuertes del pueblo donde él servía como criado, pero al final fructificó con una feliz familia de cinco hijos, sobre todo por el arrojo de ella que decidió dar 15 pasos decisivos para mudarse y pasar a vivir en la casa contigua. La relación entre las dos casas, Migeltxo y Burriña, siempre fue muy buena. Jesús dormía de pequeño con su abuela Gregoria Martínez de Morentin (de la que siempre recordaba que le decía “pisuntzi, mea dentro del orinal”) y nunca olvidó como le hacían pasar por la gatera para abrir la puerta a los animales sin despertar a nadie, porque era “delgadico como un txinurri (hormiga)”.

Todos sus recuerdos los ataba a palabras antiguas de Artazu y muchas las recogió en su último libro, un diccionario que es como una pequeña enciclopedia de aquel lugar. Cada palabra esconde un tesoro de recuerdos, muchas venidas de la lengua vasca: aves como el kalforro, kostalangorri, sugarima, plantas como el asisarre, la gardanbera, los kukurrukus, aperos como el maldagantxo, el sarde, el gribillo y lugares como Rokozoko, Mendibelia, Sakarandia. El éxito de su libro, decía, “consiste en no vender ni un solo ejemplar”. Como hizo con el primero, otro diccionario más reducido, del que regaló un ejemplar a todos los vecinos y vecinas de su pueblo, incluidos los misioneros y monjas en el extranjero.

La primera imagen que vemos en este obituario es de esa juventud en el pueblo, posando cerca de casa Burriña, la suya, como si fuera un actor italiano, adonde por cierto llegó de la mano de la película Zumiriki (2019), que nace precisamente de otra de las palabras que él mismo salvó del desván y con la que llegamos al festival de Venecia. Zumiriki cuenta la historia de una isla en el río Arga que se quedó bajo las aguas tras la construcción de las presas de Sarria, pero es también la historia del paisaje que él admiraba de niño, cuando llevaba a los animales a pacentar en la orilla y luego volvía al pueblo montado en una yegua a pelo y galopando ”a cuatro suelas”, una de las imágenes que más le gustaba recordar. “Qué bien pronuncian los italianos Zumiriki”, me dijo, cuando le llamaron por megafonía para pasar al photocall de la alfombra roja, donde nada menos que Johny Deep le cedió el puesto ante los fotógrafos tras saludarle. 

Aficionado a rodar en super-8, la película Zinzindurrunkarratz (2023) sigue también la senda de la memoria por el camino de la trashumancia que hacían las ovejas de Artazu a Andia y que sin él no habríamos podido rescatar. Fue rodada con su misma cámara de super-8 tras encontrarla intacta en un armario, después de 41 años sin usarse. Sin haber estudiado cine ni haber visto muchas películas, él inspiró y provocó mucho de mi carrera, con la mejor lección de cine que he oído nunca: “Dentro de esta máquina cabe todo lo que se va”. 

Y como la vida no está solo en los hijos, ni en los libros ni en los árboles, esa plenitud la encontró también en el darse a los demás en el trabajo. Y lo hizo a través de su gestoría, el negocio que fundó en la Plaza de Merindades, su otro hogar. Allí demostró el mismo tesón que en las viñas y el campo, esta vez sobre el asfalto. “Gestora Alegría, rapidez y economía”, decía como lema, cada vez que entraba a un lugar. Y sonreía.Taxistas, transportistas, notarios, hacienda, Unsain, comunidades de vecinos, escrituras, declaraciones de la renta, IVAs… en ese laberinto de trámites era capaz de desarrollar su mayor arte: dar calor y vida a un mundo que de entrada es gris e inerte, el papeleo. Para muchos clientes fue como un padre, un cómplice más que un asesor, un gran amigo antes que un gestor. Y a todos los trató con un mismo gesto campesino: “Se trata de dar siempre más de lo que se recibe”, contaba como clave de su buen hacer. “Siempre con Alegría”, otro de sus lemas. Y así siguió hasta sus últimos años, desde la oficina pero ya entretenido y ocupado trabajando en otras “gestiones”, como escribir sus memorias y el último diccionario de Artazu, o crear la “Morentinada”, una reunión de todos los apellidados Martínez de Morentin donde ya llevaba dos ediciones juntando a más de cien personas y había localizado una veintena de ramas en pueblos de tierra Estella.

Sus cinco nietos eran su gran y última pasión. Para sus nueras siempre tuvo el corazón abierto de par en par y su yerno de Senegal lo admiraba “como un héroe”. En su familia incluía a las trabajadoras de la gestoría. 

Tan andarín como irónico, la segunda imagen que aquí mostramos recoge ese espíritu de niño que nunca perdió. Es la última foto que le hice tan solo unos días antes de morir, en el establo de su casa de Artazu, ahora en obras y sobre una bolinba o columpio. 

Se despidió tristemente con un infortunio, tras una mala caída provocada por un coche que se le vino encima en un paso de cebra. Igual que su mujer, a la que tanto quiso y por la que tanto hizo, falleció en el mes de mayo y al igual que ella con 87 años. Si nada es casual, su funeral se celebró en una parroquia que se quedó pequeña y que lleva por nombre “El Corazón de Jesús”. Si nada es casual, su final llegó en una calle llamada Padre Calatayud, el predicador que recomendaba preparar los sermones como si uno fuera “suavemente caminando”. Así firmó su despedida Jesús Alegría Armendáriz, siempre fiel a su apellido. Y así le recordaremos: caminando, regresando a casa, feliz, silbando.

*Oskar Alegria Suescun es hijo del fallecido

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