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Turismo rural Navarra

Valle de Aguilar, bajo el manto de Codés

El Valle de Aguilar forma parte de esa Navarra profunda que sorprende, emociona y enamora. En sus cinco localidades -Aguilar de Codés, Azuelo, Desojo, Espronceda y Torralba del Río- y su emblemático Santiario de Codés podrás encontrar bellas vistas, rincones con encanto, paseos por el llano o la sierra, espacios para el disfrute, la reflexión o la oración, esplendor artístico,  naturaleza sosegada, encuentro con la historia...

Vídeo Vale de Aguilar
Vídeo Vale de Aguilar
El Valle de Aguilar forma parte de esa Navarra profunda que sorprende, emociona y enamora.
  • Conocer Navarra
Actualizada 27/11/2020 a las 15:12

(Reportaje publicado en la revista Conocer Navarra nº 32 con fecha septiembre de 2013. Texto de ROMÁN FELONES y fotografías de ÓSCAR BERRUETA).

 

Navarra es un territorio bien conocido y documentado sobre el papel. Abundan los estudios científicos, han proliferado las publicaciones divulgativas y la red proporciona información amplia y variada. Disponemos además de medios de locomoción y buenas carreteras que nos permiten llegar hasta el último rincón de nuestra geografía. ¿Pero la conocemos de verdad? ¿Cuántos de los que cada fin de semana o periodos vacacionales cogen el coche han desviado su ruta al llegar a Sansol o Torres del Río y se han adentrado en una carretera que nos va a deparar sorpresas paisajísticas, culturales y etnográficas? Si antes no era fácil, ahora con la autovía del Camino desplazada más al sur, todavía lo es un poco menos.

Pero el desvío merece la pena. El Valle de Aguilar forma parte de esa Navarra profunda que sorprende, emociona y enamora. Bellas vistas, contrastes climáticos, amplia gama de colores, pueblos limpios casi de postal, rincones con encanto, paseos por el llano o la sierra, espacios para el disfrute, la reflexión o la oración, esplendor artístico, casonas con raigambre, vida tranquila y naturaleza sosegada, encuentro con la historia. Todo eso y mucho más nos ofrece el valle en una cómoda visita que nos permite conocerlo bien en una excursión de un día.

Pero aunque la naturaleza les sea propicia, el valle son sobre todo sus gentes, escasas y muy comprometidas, que no están dispuestas a caer en el olvido. Desean seguir siendo un remanso de paz, pero una paz tejida con trabajo, bienestar y futuro. Te invitamos a compartir con ellos su espacio, su vida y sus inquietudes.

 

LO QUE VA DE AYER A HOY

En la Navarra de la posguerra, la vida era corta en años y teneres, y larga en fatigas y trabajos. Si esto era válido para el conjunto del territorio, todavía lo era más para determinadas comarcas alejadas en lo físico, cerradas en lo geográfico y poco fértiles en lo agrícola. Este es el caso del Valle de Aguilar, situado en el extremo suroccidental de la merindad de Estella. La vida se teñía de un tono más alegre con la llegada de las fiestas locales y las romerías a Codés. Y en todas ellas estaba la Pista y su puesto de chochos y juegos varios, probablemente la persona que todo el mundo, especialmente los niños, identificaba con el ambiente festivo. La Pista, una mujer menuda y trabajadora que voceaba su mercancía con frase y ritmo inconfundible, era mi abuela y con ella y mi padre subí por primera vez a Codés a mediados de los años cincuenta, todavía sin hacer la primera comunión. Era el domingo de Pentecostés y se celebraba la romería general.

Cincuenta años después, tuve ocasión de evocar para los lectores de Diario de Navarra esa misma romería. Me permito ahora, al comienzo de este reportaje, citar algunos de sus párrafos: “Si el paisaje navarro vive ahora uno de sus momentos estelares, permítanme que les acompañe a uno de los rincones más hermosos de nuestra geografía, en el día probablemente más grande y festivo de todo el año. Es domingo, día de Pentecostés y estamos en Codés. La mañana está rutilante. El paisaje vive uno de esos esplendorosos momentos que reviven en cada primavera. Los verdes, en toda su paleta cromática, conviven con vides en espaldera, los sempiternos olivos y los caballones de unas esparragueras todavía húmedas y tardías. En la espina dorsal del valle, y en torno a los pequeños núcleos de población, se apiñan los huertos, cultivados por jubilados a los que les sobra el tiempo y los agobios ciudadanos. Y arriba, en las crestas de la sierra se yerguen los molinos, un nuevo elemento en el paisaje visualmente incómodo, pero ansiado por los pueblos del entorno porque, ese sí, viene con un pan bajo el brazo.

El entorno del santuario, situado a los pies de la sierra, presenta un aspecto boscoso en el que sobresalen los árboles autóctonos, encinas y robles, y las coníferas. Las edificaciones, que han recuperado parte del esplendor de antaño, nos devuelven a otras épocas. La de Codés fue una de las grandes cofradías de Navarra y, todavía hoy, el número de cofrades se acerca a la nada desdeñable cifra de dos mil. Nuestra Señora de Codés, la virgen gótica del siglo XIV, es el origen y fuente de la romería. Hoy, domingo de Pentecostés, es la romería general y más de mil romeros se arremolinan en la campa para la misa mayor. Provienen de los valles de Aguilar, la Berrueza y la cabecera del Ega, o de localidades como Viana, Aras y Bargota, además de los pueblos de la tierra llana. Tras la misa, se suceden los actos culturales y gastronómicos: la feria de artesanos, la chistorra y el vino, el concurso de calderetes, y los partidos de pelota en un frontón necesario pero inoportuno en su ubicación. Un día dedicado sobre todo al contacto entre los vecinos, el saludo entre los conocidos y el reencuentro entre los ausentes.

Codés es un ejemplo de esa Navarra rural que se resiste a morir y se agarra a un clavo ardiendo. La crisis de los años sesenta del pasado siglo expulsó a sus hijos a territorios más propicios como Pamplona, Logroño o Vitoria. Pero el terruño llama y hoy los pueblos asisten a un atisbo de recuperación que sólo una buena política de equilibrio territorial y crecimiento sostenible podrá consolidar.”

 

UN PERÍMETRO BIEN DELIMITADO

La acepción del Valle de Aguilar es doble. Si hablamos en términos geográficos, su entorno es delimitado y preciso: abarca los términos municipales de Desojo, Espronceda, Torralba del Río, Azuelo y Aguilar de Codés, un espacio de 7.119 hectáreas de las que el 37% pertenecen a la propiedad comunal. Si lo hacemos en términos histórico-administrativos, su extensión y configuración ha variado según las épocas, incluyendo además Lapoblación, Meano, Cabredo, Genevilla, Marañón y Otiñano, este último en la Berrueza. Un espacio todavía más desconocido, que bien merece un tratamiento específico.

La geomorfología nos ha dejado tres zonas bien diferenciadas: al norte, el frente escarpado y calizo de la sierra de Codés, una gigantesca falla cabalgante que tiene pegados algunos mallos de conglomerados; las margas, bancos de arenisca y glacis de erosión, reexcavados por los barrancos de la cabecera del río Linares, conforman el centro del valle; y el frente abrupto de la cresta de areniscas, hoy plagado de molinos, que descienden hacia Aras y Viana, lo cierra por el sur.

El clima es de tipo mediterráneo, más o menos degradado por la altitud, con variaciones ostensibles entre las cimas y el fondo del valle. La vegetación natural y los cultivos reflejan bien las características mediterráneas del clima: domina el encinar, seguido del quejigal, con islotes de hayas en las cumbres de Codés y una fila de chopos y álamos en las orillas del Linares. La solana del valle permite el cultivo de la vid y el olivo, además de alguna esparraguera, mientras que la umbría es principalmente cerealista. El regadío queda circunscrito a los pequeños huertos habilitados a lo largo del curso del río. Dado lo abrupto del terreno, el paisaje agrícola, normalmente parcelas de pequeño tamaño, ha retrocedido grandemente en las últimas décadas y solo se cultiva allí donde es posible la mecanización.

El ganado de labor, tan abundante en otras épocas, prácticamente ha desaparecido. El resto de la ganadería se halla también en franca decadencia. Algunos rebaños de ovejas y alguna granja de cerdos es cuanto queda de la actividad ganadera.

Pero si hay algo que define la situación del valle es su evolución demográfica y su alarmante descenso. La población decayó en el siglo XIX a lo que no fueron ajenas las sucesivas guerras, se recuperó en las primeras décadas del siglo XX e inició un claro retroceso desde 1950 hasta la actualidad: 1.976 habitantes en 1860, 1.891 en 1900, 2.029 en 1.920, 2.075 en 1940, 1.926 en 1960, 1.308 en 1970, 817 en 1980 y 493 en 2012.

 

TIERRAS DE FRONTERA

Aunque las primeras noticias históricas escritas se remontan al siglo X, el Valle de Aguilar es una tierra habitada desde antiguo. Existen restos de yacimientos arqueológicos, en especial de la época del eneolítico-bronce, en Desojo y Espronceda, y elementos dispersos en otras zonas del valle. Por su importancia, debemos recordar el hipogeo de Longar, situado algo más al sur en término de Viana.

Tierra de frontera entre vascones y várdulos, la romanización, sin duda existente, como nos lo demuestra la toponimia mayor y menor, apenas nos ha dejado más huella física que los vestigios de una calzada romana y unas estelas funerarias aparecidas en término de Aguilar de Codés. Durante varios siglos, los correspondientes al Bajo Imperio, época visigoda y conquista musulmana, carecemos de noticia alguna en todo el valle. Pero en el año 983, al terminar el siglo X, con el reino de Pamplona extendido hacia tierras de Nájera, una de las aldeas existentes en la zona, Desojo, entra en la historia escrita. Tal vez no fuera ajeno a este proceso la importancia creciente del Camino de Santiago en su ramal principal, el camino francés, que lo toca por el sur, o en uno de los secundarios, que atravesaría el valle. Le siguen, en época incierta, Azuelo y Espronceda. Aguilar adquiere relativa importancia a partir de 1219 en que fue fortificada por Sancho el Fuerte, pudiendo apreciarse todavía en su trazado actual restos del antiguo recinto rectangular amurallado y su emplazamiento defensivo. Más tarde, Teobaldo II, en 1269, le concederá el título de buena villa y el fuero de Viana. Unos años antes, en 1263, el mismo rey fundó Torralba, también con pretensión defensiva y núcleo amurallado. No eran los únicos núcleos existentes en los siglos XII y XIII. En el Rediezmo de 1268, están ubicados en el valle, además de las poblaciones nombradas anteriormente, constituidas por poco más que un puñado de casas de adobe y un iglesia levantada en piedra, los núcleos de Villanueva, Eregortes, Collantes, Berberigo, Codés, Cabañas, Yeta y Bañano, progresivamente despoblados en los siglos siguientes. De todas ellas, Aguilar es la que dará nombre a un valle que permanecerá unido administrativamente hasta 1845.

El ser tierra de frontera marcó en buena medida su historia. En 1328, Aguilar se incorpora a las buenas villas del reino con asiento en Cortes y en 1329 lo hacen Espronceda y Torralba. Desojo lo alcanzará solo de forma intermitente. Tras la conquista e incorporación de Navarra a la Corona de Castilla, las edificaciones religiosas y civiles nos hablan de siglos de relativa paz y crecimiento económico y demográfico, no exento de hambrunas y permanente escasez para la mayor parte de la población. La racha se rompió en el siglo XIX con la guerra de la independencia y las guerras carlistas, con presencia documentada de Zumalacárregui en sus correrías por Tierra Estella. Pese a ello, las mejoras económicas e higiénicas se dejaron notar y el valle, ya desgajado administrativamente a mediados del siglo XIX, siguió aumentando su población hasta llegar a 2.090 habitantes en 1930, vísperas de la guerra civil. Desde entonces, la irrefrenable salida de sus hijos hacia Pamplona y el País Vasco ha sido una constante. Junto a ello, la otra característica que define su reciente historia es la sustancial mejora social y urbanística de todos y cada uno de los núcleos de población.

Para terminar este apartado histórico conviene apuntar una particularidad. El Valle de Aguilar ha formado parte históricamente del obispado de Calahorra, pasando a la diócesis de Pamplona sólo en 1953, con la incorporación del arciprestazgo de Viana.

 

COMPENDIO DE ESTILOS ARTÍSTICOS

 

Entre los siglos XII y XIX se suceden en Navarra los siguientes estilos artísticos: románico, gótico, renacentista, barroco y neoclásico, con sus respectivos subestilos. Pese a su pequeñez geográfica, el Valle de Aguilar posee elementos significativos de todos ellos, sin que falte alguna joya rutilante como San Jorge de Azuelo, especialmente trascendente.

El románico se inaugura en arquitectura y escultura en la iglesia del antiguo monasterio benedictino de San Jorge de Azuelo, al que acompaña, ya en su transición al gótico, la ermita de San Bartolomé de Aguilar de Codés. También románicas son las imágenes de la Virgen del Campo de Espronceda y la Virgen de Bañano, hoy en la parroquia de Torralba.

El gótico abarca los siglos XIII, XIV, XV y buena parte del XVI. Aunque la parroquia de Aguilar se inicia en el XIV, la mayor parte de las iglesias se levantan o amplían en el siglo XVI, la gran época constructiva del valle. A esta época corresponden básicamente las iglesias de Desojo, Espronceda, Torralba y Aguilar. Son especialmente relevantes por su calidad y dimensiones las dos últimas. La imaginería también nos ha dejado buenos ejemplares: la llamada Virgen del Rosario de Desojo y la Virgen de Codés, ambas del siglo XIV, y la Virgen de Collantes, de estilo hispanoflamenco, fechada hacia 1500.

El XVI es el gran siglo de la retablística en Tierra Estella, también en el Valle de Aguilar. Desojo, Torralba, Azuelo y Aguilar conservan retablos manieristas y romanistas de calidad nada desdeñable.

El barroco es un estilo bien representado. En él se levantan o reforman las iglesias de Desojo, con su espléndida torre, buena parte de las edificaciones del santuario de Codés, y la torre de Aguilar. De estos siglos son, además, buena parte de las casonas y edificios civiles, con sus escudos y blasones, tan frecuentes en el valle. Abundan los retablos barrocos y rococós, siendo especialmente notables los retablos mayores de Espronceda, Codés y Aguilar, este último una pieza rococó de grandes proporciones.

El canto del cisne en materia artística lo constituyen algunos ejemplos neoclásicos de finales del XVIII y comienzos del XIX. El ejemplo más representativo es el retablo mayor de Torralba. Si a ello unimos ermitas, picotas, pasos procesionales, además de vestimentas y ajuar litúrgico, el balance es de gran riqueza cuantitativa y cualitativa. Todo un compendio de la historia del arte para nuestro alcance y disfrute.

 

UN URBANISMO CON TIPOLOGÍA PROPIA

 

Pese a los cambios experimentados por el arreglo de calles y fachadas, no siempre afortunados, y la presencia de edificaciones nuevas, los pueblos del valle conservan una fisonomía históricamente reconocible. Son entidades de apretado caserío en torno a la iglesia parroquial a la que suele conducir la calle mayor, que suele enclavarse en lo más alto del caso urbano, para el que se aprovecha un pequeña colina o promontorio, caso de Desojo y Espronceda. Torralba aparece ceñido en gran parte por sus murallas, las cuales se comenzaron a edificar en el siglo XIV. El lienzo este conserva todavía cinco torreones cúbicos, algunos levantados en buena sillería salpicados de saeteras y un gran arco apuntado como entrada de la villa. Azuelo, recogido en la falda de la sierra, tiene su antiguo monasterio benedictino algo apartado del núcleo urbano. Y Aguilar, situada en un pintoresco enclave, presenta el típico esquema de ciudad camino, reduciendo su trazado urbanístico a dos grandes arterias paralelas, una de las cuales aprovecha la línea de la antigua muralla defensiva del lugar.

Las construcciones son también variadas, si bien domina un tipo de edificio con dos cuerpos y ático, normalmente de sillarejo, reservándose el sillar para los vanos y las cadenas que definen las esquinas. En construcciones más ricas el sillarejo se sustituye por bloques bien tallados de sillar, que prestan empaque y dignidad al conjunto. Presiden la fachada amplios portalones de medio punto, en ocasiones descentrados, cuya tipología se define en el siglo XVI, aunque persistirá algunas centurias más. Menos frecuentes son los arcos apuntados, fechables igualmente en el siglo XVI, que revelan el apego a tradiciones constructivas anteriores. En el resto de la fachada se abren vanos adintelados, definiendo normalmente tres calles. Un alero de madera culmina la fachada. En los conjuntos más sobresalientes las ménsulas están talladas, mientras que en las numerosas casas de tipo popular abundan las ménsulas lisas.

Pero el auténtico ornato del exterior de estos edificios viene dado por los ostentosos blasones, que llevan complicados enmarques repletos de decoración y motivos heráldicos. Ejemplos variopintos de heráldica, sobre todo de los siglos XVII y XVIII, podemos encontrar en todas las poblaciones.

 

CONTINUIDAD Y PERVIVENCIA

 

De lo dicho hasta ahora cabe concluir dos cosas: el Valle de Aguilar tiene un esplendoroso pasado y un presente aparentemente halagüeño. Calles cuidadosamente asfaltadas, casas mejoradas, servicios básicos garantizados, economías relativamente saneadas y paz, mucha paz y sosiego, es la estampa común de todos sus municipios. Pero no es oro todo lo que reluce. En un paseo por sus calles, uno tendrá ocasión de ver básicamente personas mayores tomando el sol o a la fresca, según las estaciones, algunos agricultores con sus máquinas herramientas, un reducido grupo de personas en edad laboral que salen fuera del valle a trabajar, y niños que se cuentan con los dedos de una mano. Sólo el bar o la sociedad han pervivido al descenso demográfico. Las tiendas han desaparecido sustituidas por la venta ambulante del pan, la carne, el pescado y los ultramarinos. Esta estampa tan bella, pero un punto desolada, solo se anima en los fines de semana con la vuelta al pueblo de los que viven en la ciudad y en los meses de verano o las fiestas patronales, donde los municipios parecen retomar el bullir de antaño..

¿Y el futuro? ¿Qué pasa con nuestros pueblos? Es la reiterada pregunta que escuché en boca de autoridades municipales y vecinos en mis visitas a lo largo del verano para preparar este reportaje. La respuesta es doble. La han dado, en primer lugar, los vecinos dando un paso al frente: mancomunando servicios administrativos, potenciando el auzolán, creando asociaciones culturales, deportivas o recreativas, incluso propiciando nuevos recursos económicos como la energía eólica, aún a costa del desgarro paisajístico, o potenciando el turismo rural, todavía en mantillas. No cabe pedirles mucho más. Pero falta una respuesta clara por parte de las instituciones forales, en segundo lugar. Uno de los retos básicos que Navarra deberá abordar en los próximos años es el del difícil equilibrio territorial. Readaptar el mapa local de la mano de los ayuntamientos, garantizar los servicios básicos, asegurar una financiación suficiente, y acercar temporalmente los núcleos urbanos mediante accesos cómodos y rápidos son variantes de un mismo tema. Y, por supuesto, ofrecer trabajo allí o en sus proximidades con incentivos varios a todos aquellos que decidan instalarse en cualquiera de sus municipios. Nuestros pueblos, me lo decía un alcalde en ejercicio, no deben ser solo parques temáticos o espacios para la estampa etnográfica y añorante de un tiempo que no volverá, ni enclaves hermosos para el disfrute de los visitantes, sino sobre todo lugares lo más cómodos posibles para los escasos vecinos que los habitan ininterrumpidamente a lo largo del año. Allí quieren terminar sus días los más mayores, en su casa y entre los suyos. Allí luchan las escasas generaciones intermedias por consolidar sus núcleos urbanos y mejorar la vida de sus vecinos. Y allí otean un difícil e incierto horizonte los escasísimos niños y jóvenes, sin saber si la suya será la última generación que escriba una historia que viene de lejos.

He ahí nuestro reto. O salvamos la Navarra rural o nuestra tierra ya no será la misma. Y esta es tarea de todos que no admite dilación ni espera. Tú, lector amigo, que te has acercado al Valle de Aguilar, has dado ya un primer paso, porque no es posible salvarla sin conocerla.

 

CODÉS: CENTRO ESPIRITUAL DEL VALLE

El santuario de Codés, que desde antiguo gozó de gran devoción en la zona, se levanta en un pintoresco enclave, en contacto con la sierra, a 815 metros de altura. Al exterior, el santuario ofrece un vasto complejo arquitectónico formado por la iglesia, la torre, el pórtico, la fuente y otros edificios como la hospedería o el llamado palacio de Lepe. Todos ellos fueron levantados a los largo de los siglos XVI, XVII y XVIII. La importancia del conjunto nos habla de la devoción a la Virgen de Codés, extendida por toda la comarca, y persistente hasta nuestros días. La jaculatoria ¡Virgen de Codés! ha acompañado durante generaciones las bocas y corazones de las mujeres de la zona para pedir, implorar o mostrar alegría o consternación.

La imagen, que preside el templo desde la hornacina central, es una talla gótica de la Virgen sedente con el Niño, datable en la primera mitad del silo XIV y perteneciente al tipo vasco-navarro-riojano de la que la vecina imagen de Los Arcos es el modelo más conseguido.

Tras las sucesivas guerras y desamortizaciones del siglo XIX, el santuario quedó en unas condiciones lamentables. Pero el XX trajo un resurgir progresivo, con la fundación en 1901 de la Cofradía “Nuestra Señora de Codés”. Las actas de la junta directiva son la crónica de una lucha permanente por reconstruir, restaurar, rehabilitar, mejorar y levantar, tramo a tramo, el conjunto que hoy disfrutamos. También por poner este espacio al servicio de cofrades y amigos. Y todo ello con préstamos de los cofrades a fondo perdido o sin intereses, la generosidad de feligreses y visitantes, y escasas ayudas institucionales.

Hoy, pese al proceso de secularización creciente, la cofradía de Nuestra Señora de Codés cuenta con más de 1.700 cofrades. El periodo de romerías, como en buena parte de Navarra, comienza en el mes de abril y culmina en el mes de julio. Además de las romerías parciales que llevan a cabo los pueblos de la zona, la romería general tiene lugar el domingo de Pentecostés, como bien refleja la popular coplilla:

“Pascua de Pentecostés

Todos vamos a Codés;

Con la Reina de las Flores,

Un día que vale un mes”

 

PERSONAJES ILUSTRES

En el día a día de la historia real de un valle, los verdaderos protagonistas son los vecinos. Pero la historia oficial suele desconocerlos y dejar paso a algunos nombres ilustres. Como en el resto de la Navarra rural, clérigos y militares constituyen la nómina más abundante. De entre todos ellos, destacamos los cuatros siguientes:

  • Juan Cruz Ruiz de Cabañas y Crespo (Espronceda 1752- Guadalajara (Jalisco) 1824): Doctor en teología por la Universidad de Alcalá y rector del Colegio de San Bartolomé, fue designado obispo de Guadalajara (México) en 1796. Desarrolló una importante tarea pastoral y promovió la creación de la Casa de Caridad y Misericordia de Guadalajara, conocida todavía hoy en día como Hospicio Cabañas, edificio declarado por la Unesco Patrimonio de la Humanidad. Una estatua de 2,60 metros de alto y 1,60 de ancho, de quinientos kilos de peso, donada por un grupo de vecinos de Jalisco, preside desde el año 2011 el atrio de la iglesia de Espronceda, su pueblo natal.
  • Joaquín Martínez de Zúñiga y Díaz de Ilarraza (Aguilar de Codés 1760- Manila 1812), Fraile agustino, ocupó el cargo de prior provincial, y fue autor de la obra Historia de las Islas Filipinas.
  • Juan Antonio Guergué y Yániz (Aguilar de Codés 1789-Estella 1839) General carlista que ostentó la jefatura del ejército del norte en la primera guerra carlista. Contrario a los acuerdos con los liberales, fue fusilado por orden de Maroto en el Puy de Estella el 18 de febrero de 1839.
  • Braulio M. Corres Díaz de Cerio (Torralba del Río 1897-Calafell 1936) Religioso de la orden de San Juan de Dios, fue asesinado junto con sus novicios a comienzos de la guerra civil. Fue beatificado por Juan Pablo II en Roma el 25 de octubre de 1992.
  • Francisca Pérez de Labeaga García (Desojo-Madrid 1936) Religiosa de la Congregación de Adoratrices Esclavas del Santísimo Sacramento, fue asesinada junto con sus compañeras de comunidad en Madrid en noviembre de 1936. Fue beatificada por Benedicto XVI en Roma el 28 de octubre de 2007.

 

JUAN LOBO Y EL BAILE DE LA BALSA

El reino de Navarra había padecido un siglo XV lleno de banderías. Este ambiente de falta de autoridad real propiciaba la aparición de partidas de malhechores, que se dedicaban a asaltar las poblaciones y hostigar a los vecinos. Juan Lobo, jefe de los bandoleros de la comarca, tenía su refugio en la sierra de Codés, en el paraje casi inexpugnable de Malpica (Punicastro), Los vecinos de Torralba, hartos de sus robos y sus asaltos, decidieron hacerle frente. Reunieron a las gentes de los pueblos vecinos y marcharon contra él. La lucha tuvo lugar en Otiñano, en el término de Valdemadre. El propio Juan Lobo fue muerto de una lanzada propinada por don Pedro de Mirafuentes. Vueltos a Torralba, los ballesteros de San Juan Bautista comprobaron con alborozo que ninguno había muerto y, para celebrarlo, comenzaron a bailar junto a la balsa. Este es el origen del Baile de la Balsa que siguiendo un preciso ritual, se conmemora cada año el 24 de junio, día de San Juna.

Tras la aurora y la misa, la cofradía, compuesta por una cincuentena de hombres y presidida por un abad, dos mayordomos y un cursor, visita las casas donde cantan coplas y se les ofrece vino, queso y olivas. Tras la comida de hermandad, a las seis de la tarde comienza la captura de Juan Lobo, convertido en “el moro”. El personaje, un cofrade tiznado de negro y cubierto de hiedras, es perseguido y capturado junto a la balsa. Tras pasar lista y comprobar que no ha habido bajas, se inicia el baile de la balsa en el que participan los cofrades y el grupo de danzas de Torralba. El moro es montado en una caballeriza y conducido al frontón del pueblo, donde se le acusa de todos los males acaecidos durante el año y es condenado a muerte mediante dos tiros de escopeta. Tras la ejecución, el grupo de danzas de Torralba ejecuta la coreografía creada en 1956 por Francisco Beruete y el Padre Olazarán.

 

SAN JORGE DE AZUELO, HITO ARTÍSTICO

Si tuviéramos que elegir uno solo de los monumentos del valle, la primacía artística sería, sin duda ninguna, para San Jorge de Azuelo. Antiguo monasterio benedictino, el cenobio aparece documentado en una donación de Sancho Abarca del 992. En 1052, el rey don García lo anexionó a Santa María de Nájera. A partir de esta fecha se convirtió en priorato dependiente de Nájera hasta su desamortización en el siglo XIX.

La construcción actual se llevó a cabo en el primer cuarto del siglo XII, dentro de un estilo influenciado por lo aragonés, relacionándose con Jaca, Loarre y Santa María de Sangüesa. En los siglos XVI, XVII y XVIII se levantaron las bóvedas de la nave y el coro, y se le añadieron capillas y retablos. Del conjunto de la iglesia destacan básicamente los tres ámbitos románicos: el crucero y la cabecera, los ábsides exteriores y la portada de los pies.

El tramo central del crucero tiene cuatro trompas abocinadas que transforman el cuadrado en octógono, el cual se cubriría por un cimborrio hoy desaparecido. En la cabecera se marcan dos cuerpos de impostas, taqueadas para el primero y lisas para el segundo, que se prolongan por los muros y soportes del crucero. Se cubre con un tramo de medio cañón y un cuarto de esfera para el ábside. Este interior engendra un diáfano espacio longitudinal de gran altura, definido por rotundas y limpias estructuras que lo sitúan entre los interiores más bellos del románico navarro.

La cabecera exterior ofrece un bello juego de volúmenes con el cuerpo cúbico del crucero, rematado por la caja pologonal de la cubierta, y el ábside. Este aparece jalonado por contrafuertes entre los que se abren ventanas de dobles arcos de medio punto, apeando los exteriores en columnillas de basas circulares y capiteles vegetales. Una cornisa con canecillos, unos vegetales y otros con motivos ornamentales variados, corona el perímetro de la cabecera.

La fachada principal está adornada con una rica portada románica contemporánea de los capiteles del crucero y cabecera. Es de medio punto y abocinada con seis arquivoltas, cerrando un arco exterior liso. En el tímpano aparece un crismón, en parte perdido.

Pese a la superposición de estilos, la calidad de la obra románica, su carácter exento y el singular emplazamiento hacen de San Jorge de Azuelo un hito artístico del arte navarro.

 

PASEOS POR LA SIERRA DE CODÉS

 

Uno de los ámbitos más en auge en el valle es el relacionado con los paseos por la Sierra de Codés. El más conocido es la subida a la cumbre del Yoar, el punto más alto de la sierra con 1421 metros. Pero no es el único. El Consorcio Turístico de Tierra Estella nos ofrece dos paseos convenientemente señalizados: El Desojo-Espronceda, con la Sierra de Codés como telón de fondo, con un fuerte desnivel, que nos permite contemplar desde sus altos una vegetación esteparia; y el Sierra de Codés, que a través de Otiñano y Nazar nos permite apreciar los escarpes calizos de Peña Costalera e iniciar un descenso muy pronunciado hasta el santuario de Codés. Junto a estos, el monte de Azuelo nos ofrece también espacios singulares.

La hospedería Nuestra Señora de Codés, recientemente rehabilitada, es un complemento ideal a estos paseos, hasta el punto que son los montañeros, solos o en grupo, los usuarios más asiduos de la misma durante la mayor parte del año.

 

PARA NO PERDERSE, GUÍA PRÁCTICA

 

 

 

Cómo llegar: Al valle puede accederse por cinco lugares distintos: Sansol, Torres del Río, Otiñano, Cabredo y Aras. La más accesible y recomendable nos acerca desde Pamplona por la Autovía del Camino hasta Los Arcos. Desde allí tomamos la 1110, antigua carretera general Pamplona-Logroño hasta Sansol y en esta población nos desviamos por la comarcal NA-7205 hasta llegar a Desojo. El resto de los pueblos del valle están alineados en torno a la carretera y perfectamente señalizados.

Desojo

  • Lugares de interés: Iglesia parroquial, picota de ajusticiamiento, calvario, casas blasonadas, ermita de la Virgen de Villanueva.
  • Asociaciones: Asociación Balacín.
  • Páginas web: Ayuntamiento www.desojo.es; Asociación Balacín, completa y actualizada.

Espronceda

  • Lugares de interés: Iglesia parroquial, ermita de la Virgen del Campo, palacio de Acedo y otras casas blasonadas, cruz de término.
  • Asociaciones: Asociación Katxupin.
  • Casad rurales: Casa rural Idileku, casa rural Leuza.
  • Páginas web: Ayuntamiento de Espronceda www.espronceda.org completa y actualizada Casa rural Idileku www.casaruralidileku.com; Casa rural Leuza casaleuza.com
  • Piscinas municipales. Mancomunidad de Espronceda, Torralba del Río, Azuelo y Desojo.

Torralba del Río

Santuario de Codés

  • Lugares de interés: Iglesia, pórtico y torre, palacio de Lepe, hospedería y fuente. Para visitar la iglesia, preguntar en la hospedería.
  • Cofradía de Nuestra Señora de Codés. Romería general el domingo de Pentecostés.
  • Hospedería Nuestra Señora de Codés: www.hospederiadecodes.es Servicio de habitaciones, restaurante, merendero, frontón, parque infantil, espacio wifi. Recogida de peregrinos y vuelta desde Los Arcos, Sansol y Torres del Río.

Azuelo

  • Lugares de interés: Iglesia parroquial, ermitas de San Simeón, San Millán, San Martín y Santa Engracia, Lavadero de la Calzada, Aljibes de la Sierra, Choza de los pastores, casas blasonadas.
  • Asociaciones: Asociación Recreativa Santa Engracia. Toda una institución en Azuelo y la comarca, cuenta con más de 300 socios, pese a que la población solo contaba con 38 habitantes en 2012.
  • Páginas web: Ayuntamiento www.azuelo.com página muy completa y actualizada con información minuciosa que abarca incluso los aniversarios de los vecinos.

Aguilar de Codés

  • Lugares de interés: Iglesia parroquial, ermita de San Bartolomé, calle mayor, torreón de la muralla, casas blasonadas.
  • Casas rurales: Apartamento rural El Mesón.
  • Páginas web: Ayuntamiento www.aguilardecodes.es completa y actualizada.

Todas las iglesias pueden ser visitadas avisando previamente a las personas encargadas de la llave. El contacto puede hacerse a través del ayuntamiento respectivo.

 

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