Turismo
Los dos acueductos olvidados que dieron de beber a Pamplona
Formaron parte del ambicioso proyecto que trajo agua desde Subiza a la capital navarra en 1790, y hoy permanecen semiocultos y en desuso entre los campos de cereal de Tajonar


Actualizado el 21/08/2025 a las 16:45
Si circulas por la AP-15 a la altura de la localidad de Noáin, verás cómo luce imponente y majestuoso el acueducto que lleva su nombre, formado por 96 arcos. Se trata de una infraestructura clave en la traída de aguas de Subiza a Pamplona en junio de 1790, cuando se inauguró un ambicioso proyecto que mejoró la calidad del agua gracias al flujo continuo desde las faldas del Perdón (monte Francoa) hasta la capital mediante el sistema de gravedad. Hasta aquel entonces, la ciudad bebía del río Arga y de los 500 pozos abiertos en calles y patios de casas, en condiciones de insalubridad y bajo los temores a contagios y epidemias.
El acueducto de Noáin, obra de Ventura Rodríguez, es así el mayor exponente y el legado de aquel trazado de 16 kilómetros por donde el agua más limpia discurría mansamente y en su mayor parte soterrada por la Comarca de Pamplona. Cruzaba los Valles de Elorz y de Aranguren, pasando por Mendillorri hasta el corazón de una ciudad todavía amurallada en su totalidad. Fue un hito en la historia de la capital, pero esta obra cayó en desuso en 1895 gracias al aprovechamiento del manantial de Arteta.


Este gran acueducto, objeto de culto entre los amantes de la fotografía y que todavía decora algún calendario de pared, se ha llevado la gloria de este desarrollo hídrico, dejando de lado a otros dos acueductos del proyecto más modestos pero no menos importantes. Parecen haber caído en el olvido y son testigos mudos del paso del tiempo sin protagonismo alguno. Están ubicados en las proximidades de Tajonar, y permanecen semiocultos y difusos entre los campos de cereal, como si la historia les hubiera dado injustamente la espalda y que estas líneas intentan rescatar.
Siguiendo el curso del agua de entonces, el primero de ellos se encuentra junto a las huertas de la localidad, en un extremo del núcleo urbano, un lugar de recreo con la sierra de Tajonar como telón de fondo al sur o el aeropuerto de Noáin al oeste. La estructura mide cerca de 600 metros de longitud, y en su parte central cuenta con 12 arcos, pero pasan inadvertidos por las casas de recreo de la zona que limitan su visibilidad. Su modesta altura, de 5 metros frente a los 18 metros del acueducto de Noáin, no contribuye a su lucimiento ni a su fama. Más bien parece parte del perímetro o un muro que protege la cara sur de estas parcelas que una obra hídrica.


El segundo todavía es más difícil de encontrar. Se ubica entre Tajonar y Zolina, anónimo y solitario, entre los campos de cultivo y una chopera del paraje. Solo el sonido del agua del río Sadar que lo cruza rompe el silencio allí reinante. Se accede a él mediante caminos agrícolas, si bien se intuye, a lo lejos, desde la carretera del Valle de Aranguren. En su extremo norte, se vuelve a sumergir camino de Badostáin. Una bocamina rodeada de vegetación se mantiene honrosamente en pie. Y permite asomarse y observar la canalización soterrada, incluso imaginar el curso del agua durante el siglo que estuvo activo.






Por la estructura de estos dos acueductos transcurrió el agua que cristalizó en el nacimiento de fuentes tan populares del Casco Viejo de Pamplona como la de la Plaza del Castillo, la de Navarrería, la de la plaza del Consejo, la de Recoletas y la de Santo Domingo (hoy en la calle Descalzos), que mejoraron la calidad de vida de los pamploneses de aquel entonces. Un pedacito de la historia de la ciudad también se bebe hoy en estos lugares.
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