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Mesón Las Torres: cocinar tradición desde lo alto
El restaurante emblemático de Ujué, conocido por sus migas y por su ubicación privilegiada, afronta el relevo generacional sin renunciar a la cocina de siempre, la de casa, y la que les ha dado fama internacional


Publicado el 16/01/2026 a las 05:00
Hay restaurantes a los que no se llega por casualidad. Se sube hasta ellos. Se buscan. Y, cuando se abandona la mesa, uno se lleva algo más que el recuerdo de un buen plato: una postal mental, una historia que se cuela en la conversación del coche de vuelta y la sensación de haber tocado una Navarra que se entiende caminando sus calles y sentándose a su mesa. El Mesón Las Torres, en Ujué, pertenece a esa categoría. Situado junto a la iglesia-fortaleza de Santa María, en pleno corazón de la villa medieval, parece colocado allí por la propia piedra del pueblo para cumplir una misión tan sencilla como esencial: cocinar tradición y ofrecérsela al viajero.
Ujué no es solo un alto en el camino. Es un balcón. A unos 815 metros de altitud, el pueblo se encarama a la sierra y domina, literalmente, el paisaje: la Zona Media, la Ribera y, en días claros, el perfil del Pirineo. Esa condición de mirador natural, sumada a su trazado de callejuelas empedradas y casas de piedra agrupadas en torno a la iglesia-fortaleza, explica por qué figura en la lista de la asociación Los Pueblos Más Bonitos de España.


Cocina casera y panorámica
El Mesón Las Torres juega su mejor carta antes incluso de que llegue el primer plato: las vistas. Los comedores se asoman al paisaje con grandes ventanales y con esa sensación de estar dentro y fuera a la vez, con la mesa puesta y el horizonte abierto. No es raro que mucha gente recuerde el lugar por esa mezcla de cocina casera y panorámica: es ese el impacto del entorno y lo espectacular del paisaje desde el restaurante lo que lo hacen tan especial.
Hay una pequeña verdad que se aprende rápido en Ujué: aquí la luz manda. Cambia el color de la piedra, el tono de los montes, incluso el ánimo. Comer mirando al Pirineo, o hacia esa línea donde empiezan a insinuarse paisajes más secos, convierte un plato tradicional en experiencia completa. Y eso, en un restaurante con décadas de oficio, no es casualidad: es parte de su manera de entender la hospitalidad.
El primer restaurante de Ujué
La historia del mesón arranca en 1967, cuando Hipólito Ibáñez dejó su actividad pastoril y, junto a su esposa Juli Valencia, puso en marcha el primer restaurante de la localidad. Ese dato explica muchas cosas: la cocina nace de lo que había, de lo que se sabía hacer, de lo que alimentaba de verdad. Y aunque tienen también otras señas de identidad como son las chuletillas de cordero al sarmiento y los platos de caza en temporada, las migas de pastor son el gran emblema de la casa. Un plato humilde que, sin embargo, ha terminado dando fama “internacional” al restaurante.
Este manjar no va de nostalgia impostada: va de técnica y paciencia. De convertir pan cabezón, ajo y grasa en algo reconfortante, con ese punto que parece sencillo… hasta que intentas replicarlo en casa y no sale igual. Quizá porque falta el ingrediente que no se compra: el contexto. El frío de la sierra en invierno, el sol duro del mediodía, la caminata por las calles empinadas del pueblo. Entonces las migas no solo “saben bien”: saben al lugar.


En los últimos tiempos, además, el Mesón Las Torres ha sumado un elemento que suele marcar el futuro de los negocios familiares: el relevo. La tercera generación ha tomado el testigo. Los hermanos Marcos e Íñigo Ibáñez han asumido la continuidad del mesón, siguiendo la estela del negocio que iniciaron sus abuelos y que después pasó por la segunda generación, la de sus padres.
El relevo generacional ha traído nuevas ideas y energía, pero manteniendo intacto lo esencial: los platos de siempre, los sabores reconocibles y una cocina sin artificios. La renovación llega en los detalles, en la gestión y en la manera de comunicar, sin perder identidad. En un pueblo pequeño, donde cada temporada se nota, sostener un restaurante emblemático es casi un acto de fe… y de trabajo. El turismo ayuda (y Ujué lo atrae por derecho propio), pero la reputación se cocina a fuego lento: con el boca a boca, con quien vuelve y trae a otros, con quien recomienda “las migas” como si fueran un secreto que merece compartirse.
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