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Recetas con historia

Más de 40 años haciendo las recetas de la abuela

Con 15 años comenzó a trabajar en una casa en la que aprendió a cocinar, entre muchas otras cosas, este conejo que no ha dejado de hacer desde entonces. “Es un éxito asegurado”, afirma María José García Campoy. La suya es la última receta con historia

Conejo al estilo de la abuela, de María José García Campoy
Conejo al estilo de la abuela, de María José García Campoy

Con 15 años comenzó a trabajar en una casa en la que aprendió a cocinar, entre muchas otras cosas, este conejo que no ha dejado de hacer desde entonces. “Es un éxito asegurado”, afirma María José García Campoy. La suya es la última receta con historia.

David García
Foto de María José García Campoy, que nació en Jaén y con 5 años se fue con su familia a vivir a Navarra posa en su casa de Tafalla.

María José García Campoy, que nació en Jaén y con 5 años se fue con su familia a vivir a Navarra posa en su casa de Tafalla.

Actualizada 19/03/2020 a las 11:54
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La casa de María José García Campoy, en Tafalla, está llena de cuadros que ella misma ha pintado. Nunca dio clases de pintura, y, sin embargo, viéndolos ahí colgados nadie lo diría. Lo mismo le ocurre con la costura “me tuneo mis modelitos, aunque nadie me enseñó nunca a utilizar una máquina de coser”, dice orgullosa. “He sido siempre muy autodidacta”, asegura. “Al final aprendes de la vida”. Con la cocina, sin embargo, sí tuvo una maestra.

María José a la que todo el mundo llama Jose, tiene 60 años recién cumplidos, aunque ella misma se sorprende cuando dice la cifra en alto. “Es que no me lo creo, no me veo tan mayor, a mí me gusta vivir como una joven, no me gustan las cosas de mayores”, dice convencida esta madre de dos chicas de 34 y 31 años.

TODA LA VIDA TRABAJANDO

Cuando tenía quince “recién cumplidos” entró a servir en una casa. Pero no era su primer trabajo. “Cuando tenía trece me sacaron de la escuela para trabajar en una casa en la que me sentía como en un cárcel. No me dejaron sacarme ni el graduado escolar, ni nada”, dice con la nostalgia de quien le hubiera gustado formarse más. “Bueno, de hecho en cuanto tuve algo de dinero contraté una profesora particular para aprender un poco”, cuenta. Estudiaba de noche y así consiguió sacarse el graduado escolar que tanto ansiaba. “Los profesores siempre me dijeron que debería de seguir estudiando, no se me daba mal”. Pero tuvo que olvidarse de su sueño de estudiar Bellas Artes para seguir trabajando. Compensó esta pena con la alegría de caer, esta vez sí, en una familia en la que le acogieron como a un miembro más. Allí aprendió a hacer este conejo que presentó al concurso de recetas con historia de Diario de Navarra. No ha dejado de prepararlo desde entonces. “No hay una cena con amigos en la que no me pidan que la haga”, dice con la felicidad de quién disfruta agradando a los demás. “Lo más importante es ponerle cariño a todo lo que hagas. Eso sí, a todo el que me lo ha pedido le he dado la receta y luego se quejan de que no les sale igual”, dice divertida con cara de picardía.
 

La receta de María José García



Cuando entró a trabajar en aquella segunda casa tenía 15 años. “Lo dejé como quien dice hace dos días”. De hecho el día anterior a hacer esta entrevista Jose había ido a esta casa a hacer croquetas. “Pero fui ya como amiga”, asegura. Rosamari Pernaut, la dueña, tenía por aquel entonces “unos 30 años”. Fue ella quién le enseñó a cocinar. Ésta a su vez había aprendido de su madre, Tere. “La abuela me adoraba como a una hija y yo, como necesitaba cariño me apoyé mucho en ellos”, recuerda agradecida mientras comienza a enharinar el conejo cortado. “Yo también les daba mucho, pero es que esa mujer era un cielo”, dice como para sí misma mientras pone una cazuela al fuego con un poco de aceite. La familia tenía dos hijos, María y Juan Olagüe Pernaut de 5 y 1 año. “Y cuando les veo ahora por la calle les doy unos achuchones... Es que he estado toda la vida con ellos, imagínate, a la hija le llevo sólo 10 años...”, dice emocionada mientras dora con mimo el conejo y añade en esa misma perola la cebolla y los pimientos.

COCINERA POR OBLIGACIÓN

Jose comienza a machacar en el mortero la cabeza de ajos y el hígado del conejo después de haberlos cocido con el vino tinto. “El vino tiene que ser bueno, ¿eh? En realidad, para que la receta esté rica hay que echar todo rico, yo eso lo tengo claro”, asegura mientras maneja el mortero con la maña de quien lleva haciéndolo mucho tiempo. “He sido cocinera por obligación”, dice de repente como leyendo la mente. Le gusta cocinar, sí, pero comenzó a hacerlo por necesidad aunque, eso sí, con la determinación de quien se entrega a todas la tareas con dedicación y esfuerzo.


“Un día se me cayó el coche por un barranco, que no sé cómo no me maté” dice con la naturalidad que le caracteriza y sin dejar de prestar atención al fuego. “Así que decidí ponerme a trabajar de cocinera en fiestas para pagarme un coche de segunda mano”. Lo hizo en Candaraiz “la sociedad más grande de todo Tafalla”. Nunca había cocinado para tantos comensales “ a veces se juntaban 150 personas”. Daba comidas y cenas. Y, por supuesto, también le tocó preparar su famoso conejo. “Se volvieron locos”, asegura con una sonrisa triunfal. Al final pudo comprarse el coche “y no sabes el orgullo que supuso eso para mí”.

Por aquel entonces sus hijas eran pequeñas y seguía trabajando en casa de Rosamari así que es inevitable acordarse de su suegra y de todo lo que le ayudó. “Ha sido para mí otra madre”, asegura. También lo fue Petra, la madre de Javier Olagüe, el marido de Rosamari. Toda la familia se volcó con Jose cuando llegó a la casa y ésta sólo tiene palabras de agradecimiento para ellos. “Imagínate cómo sería que el día de mi boda, antes de ir al restaurante fui a casa de Petra a verla. Ella estaba ya muy mayor y no pudo venir a la ceremonia y al banquete así que fui yo para que me viera. No sabes cómo se emocionó: Mi chica, mi chica... repetía sin parar”. Murió poco después, de eso hace ya 35 años y Jose a día de hoy sigue yendo a su tumba, al cementerio de Tafalla, a limpiarla, a ponerle flores... Es otra manera de agradecerles lo querida que le hicieron sentir. “Yo creo que tanto Tere como Petra si están en el cielo se acordarán de mí”. Desde luego, Jose no hay día que no las recuerde.


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