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Historias familiares

Las reinas de su propia vida

Da igual ser reina o plebeya. Lo único por lo que realmente se sufre es por lo que de verdad importa: la familia y los amigos

Ampliar La reina Isabel II (interpretada por Claire Foy en las primeras temporadas de la serie ‘The Crown’), junto a su marido, el príncipe Felipe de Edimburgo (Matt Smith), esperan la llegada de  su tercer hijo, el príncipe Andrés. Escrita por el guionista Peter Morgan para Netflix, en noviembre de 2016 arrancó esta serie a partir de la película ‘The Queen’ (’La reina’, 2006). En esta imagen se ve a la joven pareja al poco de acceder al trono, alejados del protocolo, sin maquillajes ni coronas, como cualquier matrimonio en su habitación. En este caso, de palacio
La reina Isabel II (interpretada por Claire Foy en las primeras temporadas de la serie ‘The Crown’), junto a su marido, el príncipe Felipe de Edimburgo (Matt Smith), esperan la llegada de su tercer hijo, el príncipe Andrés. Escrita por el guionista Peter Morgan para Netflix, en noviembre de 2016 arrancó esta serie a partir de la película ‘The Queen’ (’La reina’, 2006). En esta imagen se ve a la joven pareja al poco de acceder al trono, alejados del protocolo, sin maquillajes ni coronas, como cualquier matrimonio en su habitación. En este caso, de palacio
  • Sonsoles Echavarren
Publicado el 11/09/2022 a las 06:00
Confieso que nunca le he tenido especial cariño a la reina Isabel II de Inglaterra. Ese personaje, más que persona, vestido siempre con abrigos y sombreros de colores pastel, al que veíamos en la televisión y en las fotos de las revistas del corazón saludando desde el balcón del Palacio de Buckingham. Con su aspecto de abuela de Caperucita o de tierna ancianita de la campiña inglesa pero con ese toque hierático y distante. Que me perdonen los ingleses que desde el jueves lamentan su pérdida con lágrimas de verdad (siempre me sorprende que se pueda llorar por alguien a quien no se conoce personalmente) y que llevan flores hasta las verjas del palacio en el centro de Londres. Como en un ‘dejà vu’ de hace veinticinco años tras el accidente de Lady Di. Digo que no me inspiraba cariño esta mujer hasta que comencé a ver la serie ‘The Crown’ (’La Corona’, en Netflix desde 2016) y a conocer, un poco mejor, a la persona tras el personaje. A la hija, a la hermana, a la esposa y a madre. No digo que tras la serie me cayera bien pero conocí a una mujer que, pese a reinar en medio mundo y sumar una fortuna inconmensurable, también sufrió. Y mucho. Como todas las mujeres (y hombres). Por lo único que de verdad importa: la familia y el amor. Todo lo demás carece de importancia. Excepto ser reina de tu propia vida.
Pienso ahora en las carambolas del destino de la joven Isabel. Esa Elizabeth Alexandra Mary que vivía tan plácidamente con sus padres y su hermana menor, Margarita, cuando su rutina se puso del revés. Una vez más por el amor. El que sentía su tío, el rey Eduardo VIII por una divorciada plebeya estadounidense, y por el que renunció al trono para contraer matrimonio. Así cayó la primera ficha del dominó. La segunda lo hizo cuando el padre de Isabel, el rey Jorge VI, que había tenido que sustituir a su hermano, falleció en 1952, a los 57 años, de un cáncer de pulmón. Isabel y su marido, el duque de Edimburgo, estaban entonces de viaje por Australia y África. Y fue su esposo quien le dio la noticia en un hotel de Kenia: su padre había muerto, tenían que emprender el regreso a Londres y ella ocuparía el trono de Gran Bretaña y de todos los países de la Commonwealth. Isabel tenía 26 años y estrenó un reinado que ha durado más de setenta. Ahí es nada.
En este tiempo, además de despachar con los primeros ministros de su país, con presidentes de otros estados, de decidir el destino de guerras y otros conflictos armados, ha sufrido. Como todo el mundo. Por las personas que más quería. Que es la única forma de sufrir que conozco. Por motivos de estado, la reina prohibió el matrimonio de su hermana Margarita con Peter Townsed, que había sido ayudante de su padre pero que estaba casado. Aunque se divorció, la Iglesia Anglicana no aceptó el matrimonio. Margarita enloqueció y cayó en un abismo de drogas, alcohol y, más adelante y con su nueva pareja, de malos tratos. Seguramente Isabel se sintió muy culpable por no haber permitido la felicidad de su hermana. También sufrió por los escándalos de la corona y los divorcios de tres de sus cuatro hijos (Carlos, Ana y Andrés) en la década de los noventa, cuando las rupturas aún eran un escándalo. La trágica muerte de su nuera Lady Di y la vida convulsa de su nieto Enrique, que al poco de casarse con Meghan Markle, renunciaron a sus derechos dinásticos, le afectaron.
¿Que por qué cuento todo esto? No, no me he pasado a la prensa rosa. Solo que el bombardeo informativo de estos días, unido a los ‘flashes’ que me vienen de la serie que ya vi hace un tiempo, me han hecho reflexionar sobre lo importante. Que da igual ser reina o plebeya. Rica o pobre. Tener muchas propiedades o vivir en una habitación realquilada (aunque obviamente el dinero ayuda y mucho). Lo único realmente esencial y por lo que se sufre es por aquellos a los que queremos, por la familia y amigos (que son esa otra familia de sangre que nosotros hemos elegido). No hay más. Por eso, cada vez estoy más convencida de que debemos tomar las riendas de la vida y ser nuestros propios monarcas. Gobernarla nosotros con nuestras propias leyes. Ayudando a quienes lo precisan pero, sobre todo, a nosotros mismos. Que se nos olvida. Me lo recordó una buena amiga rememorando las palabras de la santa castellana Teresa de Jesús, ya en el siglo XVI: “La caridad empieza por uno mismo”. Me parece un buenísimo consejo. Y quizá si Elizabeth Alexandra Mary lo hubiera tenido en cuenta, habría sido más feliz. DEP.
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