Es lo que hay

Las lágrimas de la salvación

La hinchada conoce mejor que nadie los mimbres que hay en Tajonar, lo limitado del presupuesto y las opciones deportivas reales de este equipo. Lo sabe y lo admite. Pero lo que resulta innegociable es el ADN de unos colores, el Osasuna nunca se rinde

Fotos del partido Getafe-Osasuna
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Iñaki Ibáñez abraza a Aimar OrozJ.P. Urdiroz
Fotos del partido Getafe-Osasuna

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Luis Guinea

Publicado el 25/05/2026 a las 05:00

Si algo es el fútbol es pasional, y la única forma de entenderlo es desde esa perspectiva. Solo así se puede comprender que la tarde noche de este sábado miles de navarros vivieran dos horas de angustia y desazón ante la posibilidad de que Osasuna perdiera la categoría. Sensaciones que resultaron insufribles en el periodo de tiempo que transcurrió entre el final del partido de los rojillos y el de final de Girona. Dos minutos realmente agónicos, de los que quitan años de vida

Después vino la liturgia de la salvación, que suena como a algo pseudoreligioso, pero que en realidad es puro sentimiento y emoción a flor de piel. Pasa en todas las jornadas finales de Liga. Jugadores, empleados, técnicos del club abrazados y llorando en el campo. Había mucho en juego. La categoría, renovaciones, trabajos… y que la ciudad, la propia comunidad, sea considerada de Primera, o no. Ya saben, esta sociedad es tan absolutamente caprichosa que si estás en Segunda es como si no existieras. Miren Zaragoza, sin ir más lejos.

¿Y los aficionados? Más que celebrar, primero resoplaron y después se indignaron. Se hicieron la misma pregunta, como lo han hecho toda la semana, pero ¿cómo hemos llegado hasta aquí? Y la respuesta que encontraron fue la petición de perdón de Kike Barja, la reflexión de Catena y la valoración del entrenador. “Un mes malo no puede borrar lo que se ha hecho. Se nos pidió salvación y nos hemos salvado”, dijo Lisci. La frase es un punto tramposa, porque ha sido salvarse de aquella manera, de chiripa. La cuestión no está tanto en el qué sino en el cómo.

La hinchada, después de un final de curso catastrófico en cuanto a resultados y suma de puntos, no se explica lo sucedido porque da la sensación que desde el partido contra el Sevilla, la tan recordada y traída vuelta triunfal por el campo, el equipo entró en una peligrosa relajación. Quizá no consciente del abismo que jornada a jornada se ha ido abriendo delante de sus pies, y del que se han quedado colgando de la yema de un solo dedo. La responsabilidad aquí es escalonada. De los jugadores por un pésimo rendimiento; del entrenador y el staff por no saber dar con la tecla ni ser capaz de reflejarla en el verde, y de quienes rigen los destinos del club por no saber transmitir a unos y a otros qué es Osasuna y por dónde respira el osasunismo, que es a fin de cuentas a quien se deben. La hinchada conoce mejor que nadie los mimbres que hay en Tajonar, lo limitado del presupuesto y las opciones deportivas reales de este equipo. Lo sabe y lo admite. Pero lo que resulta innegociable es el ADN de unos colores, el Osasuna nunca se rinde. Y eso en las últimas semanas se ha visto difuminado, disuelto. Pasada la liturgia de la salvación, secadas las lágrimas, es necesario reflexionar, admitir errores y tomar decisiones. Las que sean. La afición, la entidad, que son quienes importan, no se merecen un sufrimiento así.

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