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JUAN MANUEL DE PRADA

“Para escribir necesitas una vibración y te la puede dar el dolor o el júbilo”

Juan Manuel de Prada en el Club de Lectura de Diario de Navarra

Juan Manuel de Prada en el Club de Lectura de Diario de Navarra

Actualizada 29/03/2019 a las 17:34
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Juan Manuel de Prada (Barakaldo, 1970) ha recuperado al escritor Alejandro Ballesteros, que protagonizó en 1997 La tempestad, la obra con la que De Prada ganó el Planeta, y Cisne negro, mirlo blanco, la novela de 2016 dedicada al mundo literario. En esta ocasión el novelista, que ha perdido la inspiración, la recupera al entrar en su vida, como una avalancha, Lucía. Un año después, la muerte de la joven hace que Alejandro se lance a bucear en la vida de Lucía, que encuentra llena de mentiras y secretos . Juan Manuel de Prada construye en Lucía en la noche (Planeta) una novela de intriga de la que habló el pasado 28 de marzo en el Club de Lectura de Diario de Navarra.

¿Cómo surge esta novela?

Conocí un caso de una persona que había vivido una situación similar a la que vive Lucía, que la había obligado a vivir escondida de por vida. Me impresionó mucho y pensé que podía inspirarme una historia. Y también presento paisajes vitales que conozco bien, como la coyuntura creativa por la que pasa el protagonista masculino, que cuando es un treintañero ya reniega de su oficio y que a raíz de conocer a Lucía se siente redimido y con ganas de ponerse a escribir.

El personaje asegura que solo se puede escribir estando enamorado. ¿No está de acuerdo en que para crear hay que sufrir?

Eso es falso. Para escribir o para crear se necesita tener una vibración espiritual que te permita hacerlo. Lo que te impide escribir es tener el espíritu muerto, inerte, reducido a corcho. Lo que permite hacerlo es esa trepidación que uno siente, y te la puede hacer sentir el dolor, la pérdida, el sufrimiento, pero también te lo puede producir la exaltación, el júbilo.

Esta es una novela de amor en unmomeno en el que no corren buenos tiempos para el amor romántico.

Tampoco me gusta el amor romántico en el sentido del amor vitalista, ese amor que quiere aferrarse de una forma un tanto desesperada o grandilocuente a lo que la vida te ofrece. Sí creo en el amor humano y en el amor divino. Y creo en él como una fuerza transformadora y como el cumplimiento de nuestra vocación en la vida, porque uno necesita amar y ser amado. Esto, por mucho que nuestra época cínica quiera desacreditarlo, es imbatible. Todos sabemos que necesitamos el amor.

También es una novela sobre las mentiras. ¿Dónde están los límites de lo que podemos mentir?

Indudablemente hay razones que podrían justificar una mentira. Cuando la verdad no es necesaria y su enunciamiento inflige mayor daño que el que se pretende evitar, esa verdad no tiene que ser necesaria. Lo que sí es cierto es que el amor necesita conocer, a diferencia del odio, que es abstracto y no necesita saber nada de la persona odiada. Y ese afán de conocimiento nos puede deparar revelaciones que nos hagan daño. A veces en una relación sana es necesario, no tanto la mentira como el silencio. El problema en mi novela es que Lucía sí ha mentido.

¿Qué le debe esta novela a Vértigo, la película de Hitchcock?

Al cine de Hitchcock le debe que la intriga surge del misterio humano, no de grandes complots internacionales, ni de grandes confabulaciones políticas. Me apetecía escribir una intriga que surgiera del misterio de una mujer, que es también de donde surge la intriga en Vértigo. Una mujer que está poseída por el fantasma de una muerta que excita la curiosidad del protagonista, hasta que se convierte en una obsesión amorosa, que le lleva a descubrir la verdad. Y aquí también la obsesión amorosa le lleva a Alejandro a conocer la verdad sobre Lucía y a descender a los infiernos. También tiene algo de homenaje al mito de Orfeo y Eurídice.

Hay un punto en la novela en la que parece que hay un cierto descreimiento de las instituciones, y que solo nos salvan las decisiones individuales...

Lo que creo es que las organizaciones humanas están hechas por hombres y existe una cosa que se llama el pecado original, y no contar con ello nos induce a graves errores de percepción. Hay determinadas organizaciones que, precisamente porque se dedican a fines loables son especialmente golosas para las personas malignas. O ni siquiera para las personas, para el Mal, con mayúscula, que busca introducirse en ellas. Creo que esto se explica en la novela; no se incluye una descalificación, sino una advertencia. Lo que falta en nuestras sociedades contemporáneas es la capacidad para entrar en el discernimiento moral de las situaciones. No analizamos esas situaciones muy complejas.

¿Este es un libro con más reflexiones sobre la religión que su anterior novela?

No es una novela que trate la cuestión religiosa de una forma directa, pero sí es cierto que hay reflexiones sobre ello. Es una novela que habla del dolor humano, del sufrimiento, que habla del mal. Entonces es inevitable hacer referencias, pero no era el lugar adecuado para hacer disquisiciones de orden teológico sobre el mal o sobre la culpa o el sufrimiento. Pero se rozan en algunos pasajes de la novela.

Pero sí hay una reflexión sobre la justicia divina, que si Dios no hace justicia no está cumpliendo con su deber.

Claro, es que si Dios es justo tiene que hacer justicia, aunque sea doblada por la misericordia. Como le dice don Quijote a Sancho cuando se va a gobernar la ínsula Barataria, si hay duda se tiene que inclinar del lado de la misericordia, pero tiene que haber justicia. Si no, es que no sería Dios. Desde luego, los seres humanos no podemos entender hasta dónde alcanza la misericordia divina, pero creo que este es un tema importante. Una razón de la inconsistencia de la fe de los cristianos frente a la fe de los musulmanes es que han perdido el temor de Dios. Han perdido la conciencia de que Dios hace justicia.

¿Y han perdido también la presencia de Dios en sus vidas? En la novela se cita la anécdota de un místico musulmán que, ante la destrucción de un terremoto, le dice a su interlocutor: “No te confundas, esto no lo ha permitido Dios; esto lo ha hecho Dios”.

La evolución del mundo cristiano ha sido hacia un endiosamiento del hombre, inevitablemente hace que vivamos un poco al margen de Dios. Esta es una característica del mundo moderno. Estos temas se tocan, pero no en una gran profundidad; se plantean porque me parecen temas interesantes a la hora de entender lo que está pasando en Occidente, frente a lo que ocurre en el mundo musulmán. Es también un intento de mostrar el mundo musulmán desde una visión comprensiva, crítica pero no demonizadora.

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