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Ayanta Barilli, en el Club de Lectura DN

“Para escribir esta novela he tenido que abrir las puertas de mi corazón”

Ayanta Barilli en el Club de Lectura de Diario de Navarra

Ayanta Barilli en el Club de Lectura de Diario de Navarra

Actualizada 21/01/2019 a las 09:44
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Tellaro es el pueblo de pescadores de la cosa italiana donde veraneaba cuando era niña. Es también ese pueblo costero en el que fue creciendo y en el que su abuela Ángela le llenó de fantasías y algún que otro temor. Porque en Tellero, además, el mar azul se tornaba violáceo cerrado cuando se enfadaba y siempre lo miró con respeto cuando su abuela le contaba que por el horizonte iba a llegar Belcebú en una carroza. Aunque suene a cuento, es un relato verídico que forma parte del tránsito vital de Ayanta Sánchez Barilli (Roma, 1969), la escritora que plasma esos recuerdos en el título de Un mar violeta oscuro, novela finalista del Premio Planeta 2018 que narra la vida y la historia de superación de tres generaciones de mujeres de su familia materna, a la que se suma la propia escritora.

Precisamente la muerte de su abuela Ángela fue la que propició que Ayanta Barilli comenzara a buscar respuestas a muchos episodios de su vida. En uno de los trámites que tuvo que realizar, le pidieron el nombre del padre de su abuela y respondió lo que siempre había escucha en casa: Belcebú. La cara de sorpresa del funcionario, la casilla que le marcó con una X para que escribiera el verdadero nombre de su bisabuelo y la búsqueda de la partida de nacimiento en la que descubrió que se llamaba Evaristo, fue suficiente para darse cuenta que había muchas cosas de su familia que desconocía.

Hija del escritor Fernando Sánchez Dragó (finalista en 1990 con El camino del corazón y ganador del Premio Planeta en 1992 con La prueba del Laberinto), Ayanta Barilli no lleva el apellido de su padre, sólo el de su madre, la italiana Caterina Barilli. Una decisión que tomó, no porque haya padecido la sombra de su padre, sino por mantener vivo el recuerdo de su madre que murió a los 37 años, cuando ella tan sólo tenía 9 años. “Es evidente que el recuerdo del apellido Dragó no se va a perder, ya es lo suficientemente conocido y popular. Mi madre murió muy joven y no quería que se olvidase. Lo hice en recuerdo de ella”, explica la escritora que acudirá mañana al Club de Lectura de Diario de Navarra (19.30 horas) para hablar de su primera novela.

Fernando Sánchez Dragó escribió varias novelas hasta conseguir el Premio Planeta. A usted le ha bastado con una. ¿Qué le dijo su padre al conocer el fallo?

Se quedó alucinado, fue inesperado porque no sabía nada. Se emocionó mucho como padre y, también, porque forma parte de la historia familiar que cuenta el libro. Estuvo cinco días llorando.

Al inicio de la novela revela el estado anímico en el que se encontraba cuando empezó a escribir

Estaba sumida en una crisis personal porque me surgían muchas dudas sobre mi pasado. El libro responde a mi inquietud por entender quien soy, necesitaba saber por qué actúo de una manera y no de otra, quería entenderme mejor. Mi madre murió cuando yo era muy joven y hubo muchas cosas que no pude asimilar, no las comprendía.

Su inmersión en la saga fue tan intensa que una curiosidad personal acabó convertida en novela

Heredé de mi madre una caja con un epistolario enorme. Me la dio mi abuela unos años más tarde de su muerte. No la quise abrir y estuvo guardada diez años en el altillo de un armario en mi casa. Cuando pasó el miedo y abrí la caja, encontré un tesoro de papeles, cartas, manuscritos, diarios inacabados. Mi abuela contaba su vida en una novela, mi madre había escrito miles de páginas en su diario, estaban las cartas de amor y desamor entre mi madre y mi padre. Comprendí que debía recuperar la memoria familiar de estas mujeres.

¿Cómo eran las Barilli, las protagonistas de su ópera prima?

Una dinastía de mujeres absolutamente fantasiosas, creadoras de fábulas y artistas, unas mujeres que quisieron avanzar en su época pero no pudieron. Vivieron en una sociedad gobernada por hombres, para bien o para mal, estuvieron fuertemente marcadas por la historia y acabaron eligiendo al hombre que no las supo amar.

Ha escrito una novela polifónica, con las voces de bisabuela, su abuela, su madre y la suya propia. ¿Ha sido una forma de recuperar el pasado y darle forma?

Ahí me parezco mucho a mi padre. Me interesa mucho la literatura de la recuperación y lo he heredado de él. Me aferro a contar historias que tengan un poder transformador en los demás. Y partiendo de mi ámbito familiar, personal e íntimo, lo que cuento en la novela se convierte en algo universal porque se trata de la historia de las mujeres desde mediados del siglo XX hasta la actualidad. Le puede interesar a cualquier lector.

En el libro no todo son recuerdos, también muestra el papel social de la mujer. ¿En qué ha cambiado desde el siglo XIX?

La historia comienza en 1860 y termina en 2017 y creo que en el periplo que realizan estas mujeres hay muchas cosas reconocibles en nuestra historia y en las familias de todos nosotros. En este tiempo, las mujeres vivieron una situación histórica difícil, con una educación y unas normas sociales que ahora resultan impensables. Pero si algo se repite, habrá que reflexionar por qué. En la novela lanzo una búsqueda del amor incondicional, me interesa mucho ahondar en ese tema.

Una novela protagonizada por cuatro mujeres y sus historias de amor. ¿Le preocupa que piensen que es literatura para mujeres?

Los hombres de la novela también son protagonistas. Sin ellos, no habría ningún conflicto que contar ni ninguna herida que sanar. No es una novela ni de mujeres ni para mujeres. No soporto este tipo de distinciones.

¿Le ha costado contar sus intimidades familiares?

La etimología de recordar es abrir las puertas del corazón y eso es exactamente lo que he tenido que hacer. Cuando empiezas a trabajar con la memoria, aparecen recuerdos que pensabas tener olvidados. Escribir sobre estos temas es una manera de estimular las zonas más profundas de nuestro cerebro y, por supuesto de nuestros sentimientos.

Precisamente por esos sentimientos, ¿le resultó doloroso recordar, por ejemplo, la relación de sus padres, su vida junto a su padrastro o la muerte de su madre?

Trabajar sobre la memoria es un proceso que, desde luego, implica dolor. Pero también conlleva una sanación de algunos problemas que, a lo mejor, estaban enquistados generación tras generación y había que mirarlos de frente para vencerlos. Necesito que la literatura me emocione, necesito que el viaje sea lo suficientemente fuerte y arrollador para que brote una emoción. Y para eso, desde luego, hay que manejar el dolor. El dolor es algo que está implícito en cualquier emoción.

¿Hay que ser valiente para escribir su primera novela y presentarla al Premio Planeta?

Era un sueño que tenía y quería que se cumpliera (risas). Desde que mi padre consiguió el premio, no he dejado de pensar en el Planeta, formaba parte de mi paisaje emocional. Cada vez que me iba a escribir, les decía que me iba a escribir el Planeta. El comentario era una obra, un chascarrillo que me lo ha oido infinidad de veces en estos años mis hijos y mi marido [el editor Francis Ballesteros]. Cuando me avisaron que estaba entre los diez finalistas, estuve a punto de morir del pasmo.

Ante su primera novela, ¿pidió consejo a su padre?

Creo que escribir implica un trabajo en solitario y si compartía con mi padre lo que estaba escibiendo, pensé que su opinión podía trastocar mi novela, que me iba a hacer dudar o que no iba a poder escribir libremente. La única persona a la que enseñé la novela fue a mi marido, que hizo de editor. Pero mi padre podía ser el peor o el mejor de los críticos. Así que se la dí para leer tarde, cuando estaba terminada. Pero no le dije que la había presentado Premio Planeta.

Aunque se presentó con pseudónim, el libro la identifica en varias ocasiones como hija de Fernando Sánchez Dragó. ¿Cómo mantuvo el anonimato?

Tuve que un trabajo aburridísimo. Cambié el nombre de mi padre, el de sus novelas o los lugares geográficos que aparecen en la novela. Pero tenía que ser así. No quería que se supiera que soy hija de Sanchez Dragó porque creía, lo sigo creyendo, que eso no iba a jugar a mi favor. Y en la cena de gala, con mi padre sentado a un lado y mi marido al otro, tuve que hacer un gran esfuerzo para que no se notara que era finalista. Ninguno de los dos sabía nada.

¿Está cansada de que le pregunten por su padre?

De nadie he hablado más en mi vida que de mi padre. Pero no me importa. Mi padre tiene una personalidad muy fuerte y no se esconde, aunque a mi me gusta estar más escondida. Tengo una relación fabulosa con él y es un privilegio ser su hija. Ha sido un padre amoroso, arrollador, excéntrico y un padre al que hay que aprender a respetar con sus peculiaridades. Me ha rodeado de amor, de libros, de ternura, de cultura y viajes, de todo aquello que una persona puede necesitar y desear. No tengo ninguna queja y nunca la voy a tener.

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