Opinión
"En un tiempo en el que todo tiene que explicarse, un niño no necesita que le digan por qué uno bucea, pues lo entiende perfectamente"

Publicado el 19/08/2026 a las 05:00
Un golpe de riñones para alcanzar la verticalidad en la superficie del agua, elevar de las piernas por encima de uno y una brazada hacia el fondo bastan para emprender la bajada al fondo del mar entre los rayos de sol que apuñalan el azul como leves y titilantes cuchilladas.
Allí abajo, todo parece estático, instalado en la quietud de un verde y un azul inmensos. La piedra que resultaba más cercana y, desde luego, más pequeña —pues desde la superficie del mar se ve todo más pequeño, como desde la barrera de la plaza— se va haciendo cada vez más grande a cada brazada y, al poco tiempo, adquiere una dimensión monumental. Casi parece un tejado o una enorme tumba.
Llego a ella después de descomprimir dos veces los oídos, que liberan su presión con un agudo pitido, casi de matasuegras. No tengo tiempo ni para tocarla, pues ya no queda aire en los pulmones. Para ascender de vuelta a la superficie basta arquearse y dejarse llevar hacia arriba por la fuerza que lo mantiene a uno a flote y que lo eleva en una ascensión de burbujas y alivio. Sale uno a la superficie de golpe, casi arrojado al aire, como si naciera de nuevo a un mundo de ruido, de gritos lejanos de niños y del sonido de las zambullidas de los críos desde el barco.
—Cuánto has bajado, papi —se extraña el pequeño.
Celebra mi inmersión y me recibe como si hubiéramos pasado mucho tiempo sin vernos. En un tiempo en el que todo tiene que explicarse, un niño no necesita que le digan por qué uno bucea, pues lo entiende perfectamente. El mero placer de la exploración de lo profundo, de visitar la quietud de ese monasterio sumergido que es el fondo marino… Bucear a pulmón nos permite, aunque sea por un breve tiempo, burlar las leyes de la existencia: la gravedad, la necesidad de respirar y el paso de los días. En la parte seca del mundo, el tiempo y la vejez nos hacen olvidar nuestra inclinación al juego, esa que recuperamos en el mar, mi particular atenuante del paso de los días.