Opinión
Están locos estos navarros
"Resulta obsceno que en un momento en el que al ciudadano le cuesta cada vez más llegar a fin de mes, la recaudación fiscal esté desbocada"

Publicado el 06/05/2026 a las 19:00
Navarra utilizó históricamente su privilegiada potestad normativa en materia fiscal para atraer inversión y crear riqueza. Ello posibilitó la transformación de una provincia eminentemente agrícola en una pujante sociedad industrial que nos procuró altas cotas de progreso y bienestar. Esta exitosa dinámica se quebró abruptamente en 2015 con la llegada de un gobierno integrado por nacionalistas vascos e izquierdistas radicales. La Navarra que heredaron de Yolanda Barcina era una ‘perita en dulce’. Lo liderábamos todo. Teníamos las menores tasas de paro y de pobreza patrias, y nuestros servicios públicos eran la envidia nacional. Gozábamos de la mejor sanidad de España. Aunque la prudencia aconseja no tocar aquello que funciona bien, el cuatripartito demolió, en veinticuatro horas, las bases que sustentaban tamaño éxito. En diciembre de 2015, el Parlamento Foral aprobó una subida generalizada de impuestos. El IRPF se incrementó a partir de rentas de 19.000 euros hasta alcanzar un marginal del 52%, el segundo más alto de España.
El Impuesto sobre el Patrimonio, el más elevado del país, gravó incluso los activos empresariales. El de Sociedades para grandes empresas escaló hasta el 28%, máximo estatal. Se disparó el Impuesto de Hidrocarburos… Un año después, las herencias de padres a hijos pasaron de tributar a un tipo fijo del 0,8% a otro variable que llegaba al 16%… Aunque el Gobierno de Navarra lo presidía formalmente Uxue Barkos, quien lo pilotaba era Adolfo Araiz, ese tafallés nacido para causar dolor en sus más diversas manifestaciones. Fue él quien comandó la reforma, pues a Geroa Bai le resultaba difícil impulsar aquí una política tributaria contraria a la que el PNV aplicaba en Euskadi. Los promotores de la iniciativa buscaban una mayor progresividad fiscal y mejorar la financiación de las políticas públicas. Podemos e Izquierda-Ezkerra la consideraron insuficiente. UPN y PP se opusieron alegando que desincentivaría la inversión e invitaría a la deslocalización. Eso mismo opinaba el PSN, cuya portavoz, Ainhoa Unzu, cargó duramente contra una reforma “impuesta por Bildu a la señora Barkos para seguir apoyándola como Presidenta”. “Navarra -dijo- tenía antes una reputación de normativa fiscal apta para el crecimiento, para el desarrollo. Ahora, desde luego, eso lo va a perder”. “Esta reforma -añadió- espanta. Espanta a las inversiones y espanta a las empresas que quieran venir”. “Denle la enhorabuena al señor Urkullu porque su marca blanca en Navarra le ha hecho un buen trabajo”, concluyó Unzu, lamentando la pérdida de atractivo del Viejo Reyno frente a Euskadi. Cuando en 2019 los abertzales hicieron presidenta a María Victoria Chivite, los socialistas tuvieron que tragar con la fiscalidad que tanto habían criticado. Bildu se limitó a cambiar de rehén.
¿Dónde estamos once años después? Pues, a falta de saber si los chinos montarán finalmente su fábrica de baterías aquí -si alguna koordinadora batasuna anti-todo no lo impide- han sido sonoros los cierres y las deslocalizaciones empresariales. Más desapercibida ha pasado la sostenida fuga de personas físicas, grandes contribuyentes. Llevamos años creciendo por debajo de la media española. Nuestra industria pierde peso. La última EPA nos relega al octavo puesto, la tasa de pobreza ha aumentado y nuestros servicios públicos han colapsado. Se han paralizado las grandes infraestructuras, falta vivienda social, el Departamento de Educación está en llamas y hemos agotado los calificativos para referirnos a una sanidad en caída libre merced a la manifiesta incompetencia de un Gobierno cada día más enfrentado a los exhaustos médicos. El gasto público corriente se ha disparado de la mano de una Administración cara e ineficiente que, desconocedora de la IA, ha multiplicado la plantilla de funcionarios. Mientras los empresarios denuncian la falta de mano de obra en todos los niveles, la Renta Garantizada bate récords.
Añádase a lo anterior el hedor a corrupción que rodea la contratación pública. Y a todo esto lo llaman progreso. A pasar de la última rebaja, nuestros impuestos siguen siendo superiores a los de las comunidades vecinas. Resulta obsceno que en un momento en el que al ciudadano le cuesta cada vez más llegar a fin de mes, la recaudación fiscal esté desbocada; en 2025 se ingresaron 432,7 millones de euros más que en 2024… A la alta fiscalidad que padecemos contribuye la no deflactación del IRPF en un contexto de inflación elevada. Cuando los salarios suben nominalmente para compensar la subida de precios pero los tramos no se ajustan, el contribuyente acaba pagando más sin ser más rico en términos reales. Es una subida de impuestos silenciosa, que no requiere de la aprobación explícita del Parlamento. ¿Y qué dice, a todo esto, la anestesiada ciudadanía navarra sobre pagar más a cambio de recibir menos? Pues absolutamente nada. Y lo peor está quizás por llegar. Imaginen a Araiz, cuya formación aboga por subir tres puntos más la presión fiscal, como futuro mandamás de Hacienda... “Están locos, estos navarros”, que diría Obélix.
Manuel Sarobe Oyarzun es notario.