Opinión

Montero aboga por "barrer" el país de "fachas"

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David Thunder

Actualizado el 04/02/2026 a las 08:05

Está muy de moda tachar a comentaristas de la derecha de “discurso de odio” por decir algo que podría ofender a algún sector de la sociedad. Sin embargo, los mismos que denuncian el supuesto “discurso de odio” de la derecha suelen mirar hacia otro lado ante el uso de un lenguaje insultante y deshumanizador cuando este proviene de la izquierda. Por este motivo, merece la pena reproducir literalmente las palabras de la exministra de Igualdad y actual eurodiputada, Irene Montero, pronunciadas el pasado 31 de enero en un mitin político en Zaragoza. Sus palabras quedaron grabadas en vídeo y ampliamente difundidas en las redes sociales, por lo que no puede desdecirse:

“Quiero pedirles a las personas migrantes y racializadas que, por favor, no nos dejen solas con tanto facha. ¡Y claro que sí queremos que voten, claro que sí! Hemos conseguido papeles, ¡regularización ya! ¡Y ahora vamos a por la nacionalidad o a cambiar la ley para que puedan votar, por supuesto! Ojalá, teoría del reemplazo, ojalá podamos barrer de fachas y de racistas este país con gente migrante, con gente trabajadora. ¡Claro que yo quiero que haya reemplazo!

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Reemplazo de fachas, reemplazo de racistas, reemplazo de vividores, y que lo podamos hacer con la gente trabajadora de este país, tenga el color de la piel que tenga…”.

Montero, aunque ya no forma parte del Gobierno español, es eurodiputada en activo y, por tanto, ocupa una posición privilegiada para influir en la opinión pública de la izquierda. La mejor defensa que podría hacerse de su retórica, ostensiblemente deshumanizadora, es que hablaba con ironía y trataba de reapropiarse de la llamada “teoría del reemplazo”, utilizada por movimientos antiinmigración de derechas, dándole un giro provocador e inesperado.

El problema es que, en realidad, da igual si hablaba con ironía o no, porque Montero forma parte de un partido político -Podemos- que de manera sistemática ha vilipendiado a la derecha española calificándola de “fascista” o presentándola como nostálgica del franquismo. Desde la perspectiva de buena parte de la izquierda española, los “fachas” no son personas razonables ni interlocutores con los que se pueda llegar a acuerdos. Así que cuando Montero afirma que hay que “barrer” España de “fachas”, lo que está diciendo, en esencia, es que hay que convertir a estos supuestos “chalados de derechas” en algo totalmente irrelevante para la sociedad española.

Ahora bien, si Montero se estuviera refiriendo a personas que quieren abolir los procesos democráticos, privar a las mujeres del derecho al voto o implantar el internamiento de una parte de la población, la idea de aislarlas y neutralizar su voz política podría incluso parecer razonable, o al menos parcialmente defendible.

Pero en el clima político actual de España, el término “facha” funciona en la práctica como una etiqueta fácil para atacar o descalificar a cualquiera situado a la derecha del espectro político. En España, basta con cuestionar el aborto, los tratamientos llamados “de afirmación de género” o determinadas políticas de bienestar o de inmigración para que desde la izquierda se te tache de “facha”.

Por eso resulta, como mínimo, inquietante escuchar a una eurodiputada en ejercicio y exministra del Gobierno sugerir que una parte muy amplia de la sociedad española -en la práctica, quienes sostienen opiniones de derechas- debería ser “barrida” o “reemplazada” por inmigrantes.

Se diga con ironía o no, el uso público de expresiones como “barrer” -que evoca la eliminación de basura o desechos indeseables- y de “reemplazo” poblacional -peligrosamente cercano a la idea de limpieza étnica- no puede despacharse como una simple “falta de sensibilidad”. Estamos ante una preocupante radicalización del tono del discurso político, en este caso desde la izquierda, que puede abrir la puerta a formas de polarización política aún más peligrosas y extremas que las que ya estamos presenciando.

Un filósofo sabio observó una vez que somos los únicos animales dotados del lenguaje y que, gracias a él, podemos alcanzar las cimas de nuestra humanidad o descender a las profundidades de la bestialidad.

Irene Montero, que de algún modo ha logrado construirse una imagen de política “respetable”, parece haber renunciado a cualquier sentido de responsabilidad respecto a sus propias palabras. Está dispuesta a forzar los límites de lo que se considera un lenguaje político aceptable, poniendo en riesgo el futuro de una nación que depende de la convivencia pacífica y de la tolerancia mutua entre grupos con visiones radicalmente distintas de su identidad colectiva y de sus valores.

Cuando se sugiere que los adversarios políticos deben ser “barridos” o “reemplazados”, se está jugando con fuego. Porque una vez que se enciende el fuego del odio sectario y de la violencia, cualquiera puede acabar atrapado en él. Son muy pocos los que tienen interés en vivir en una sociedad desgarrada por facciones que se consideran mutuamente enemigos indignos de ciudadanía.

David Thunder. Investigador de filosofía política. Vive y trabaja en Pamplona.

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