Opinión
"Todo en él es bochornoso. Sus ademanes, sus palabras, sus embustes, sus histrionismos, sus decisiones. Pero también lo son sus cortesanos de dentro y de fuera"

Publicado el 24/01/2026 a las 05:00
Dejemos a un lado las emociones fuertes que produce Donald Trump, ese molesto huésped instalado en nuestras vidas. Olvidemos por un momento la indignación, la náusea, el desprecio, el espanto, la rabia, el fastidio, la infinita desolación de verlo al mando de la nave sin que nadie pueda impedirlo, y pensemos que además de todo eso Donald Trump nos produce una emoción de segunda categoría: el bochorno.
Todo en él es bochornoso. Sus ademanes, sus palabras, sus embustes, sus histrionismos, sus decisiones. Pero también lo son sus cortesanos de dentro y de fuera, los que lo adulan en el Despacho Oval y los que le bailan el agua en organismos internacionales.
A diferencia de las grandes emociones negativas, que al menos liberan energía en quien las experimenta, el bochorno paraliza al que lo siente. Es un malestar pegajoso como el viento que le presta el nombre, que Josep Pla comparaba con «la sensación de vivir dentro de una bala de algodón calentada» que le producía sopor y le limitaba la curiosidad. Así es.
Con el primer estupor, las andanzas de Trump nos resultaban interesantes por estrafalarias. Invitaban a preguntarse cómo semejante patán podía haber llegado a la presidencia de los Estados Unidos superando todas las pruebas de calidad y de decencia que se interponen en cualquier carrera pública ya no presidencial sino laboral de nivel subalterno. De aquel asombro hemos pasado a una resignada normalización cercana al fatalismo estoico, a verlo como una más de esas «cosas que pasan» en esta inaudita era de la historia. Y de ahí el bochorno, ahora redoblado.
No solo es la vergüenza ajena, sino la conciencia de formar parte de esa farsa por inacción, el sonrojo culpable de asistir a la pesadilla como espectadores de una comedia grotesca donde vemos saltar por los aires líneas que considerábamos intocables como si fueran un 'gag' más del gran bufón.
Stuart Walton, que ha estudiado la evolución de las emociones a lo largo del tiempo, sostiene que el bochorno es la prueba de un avance del civismo en el hombre. De ser eso cierto, algo de dignidad nos queda mientras Trump nos siga produciendo bochorno. Cada uno se consuela como puede, ya se sabe.