El cristianismo no es una ideología

Publicado el 19/10/2025 a las 05:00
Leo, aquí y allí, calificar el cristianismo como una ideología cualquiera. Pero, ¿qué quiere decir esa enigmática palabra? Quiere decir muchas cosas, según las circunstancias. Habitualmente, en el lenguaje político, tiene un sentido negativo: un sistema erróneo, al servicio de un objetivo final, falso y recusable, o, al menos parcialmente erróneo y peligroso, desde una recta interpretación de la realidad. Suelen dividirse las ideologías en ideologías de la inmanencia e ideologías de la transcendencia. Ejemplos conocidos de las primeras, que absolutizan ciertos elementos de nuestro mundo experimental, convirtiéndolos en ley absoluta de la realidad: materialismo, cientifismo, tecnicismo, racismo, liberalismo, fascismo, anarquismo, marxismo-leninismo… Y de las segundas, menos populares, aquellas que absolutizan lo transcendente como una realidad total e inefable, huyendo de cualquier compromiso con lo concreto y lo real: gnosticismo, espiritualismo, quietismo, animismo, elitismo, ciertos tipos de relativismo y escepticismo…
Los que admiten la demostración de la realidad solo por la ciencia y la técnica, son propensos a definir el cristianismo como una ideología. Y también aquellos que acusan al cristianismo de haber contribuido alguna vez en la historia -a veces de manera reaccionaria, a veces revolucionaria- a sostener y legitimar una situación social, económica, política y cultural, con clara voluntad de permanencia. Pero que unos cristianos concretos, o todo un grupo cristiano, hayan constituido a veces una ideología, no quiere decir que el cristianismo lo sea de por sí. Por el hecho de proponer afirmaciones de valor absoluto con pretensiones de verdad, el cristianismo no es una ideología. Como tampoco lo es la filosofía primera o metafísica, que estudia la realidad más allá de la física, pues es propio del ser humano, que no viva solo una existencia biológica puramente animal, la reflexión sobre las implicaciones que acompañan el desarrollo libre y espiritual de su existencia. Por otra parte, el cristianismo es, esencialmente, historia, que tiene en Jesucristo, Hijo de Dios e Hijo del Hombre, un acontecimiento absoluto de salvación, y por eso está comprometido radicalmente ante la historia de su tiempo y espacio, sin lugar para absolutizaciones de fuerzas intramundanas o extramundanas distintas de él.
Es el caso también que las ideologías se excluyen mutuamente, porque ninguna de ellas es superior a sí misma. Pero el cristianismo, impulsado siempre por el Espíritu, no niega, en principio, la salvación a ningún ser humano, sea ajeno a las comunidades cristianas, sea incluso uno de sus adversarios doctrinales, a los que nunca tiene por enemigos. Y es que la fe cristiana no se limita a una dimensión particular, sino al conjunto de su existencia. Y todos los cristianos son libres para cumplir sus imperativos históricos concretos y las diversas tareas condicionadas por su situación correspondiente, bajo la autoridad del Señor de la historia. Ese juego de libertad y de dignidad exige una exquisita tolerancia entre los cristianos comprometidos en los distintos quehaceres temporales, como exige igualmente de las Iglesias una tolerancia mayor, salvo en lo que se oponga a la moral universal. La firmeza de la fe tiene poco que ver con el fanatismo, propio de las ideologías, que buscan ante todo seguridad en vez de verdad y solidaridad. En resumen, la absolutización y fosilización de doctrinas e instituciones es el meollo de las ideologías. En palabras de Karl Rahner: “la absolutización del hombre por sí mismo”.