Cartas de los lectores
Si es posible, ni una vida más perdida en el embalse de Alloz
La madre de Luis Miguel Sáenz Caño, el joven riojano ahogado en agosto en el embalse navarro, pide que se instalen carteles alertando de la peligrosidad del baño en algunas zonas


Actualizado el 12/09/2025 a las 07:54
El pasado 16 de agosto, en el embalse de Alloz, se ahogó un joven de 17 años: nuestro hijo Luis Miguel. Es un paraje precioso, de aguas turquesa (así se ven en la distancia), bastante bien acondicionado para pasar un día de solaz que, sin embargo, es una trampa potencialmente mortal. Yo misma, cuando lo descubrí, recomendé el enclave a varias personas por su belleza natural y las posibilidades de entretenimiento familiar que ofrece (vela, natación, surf, windsurf, pesca, senderismo). Ahora, con inmenso dolor, desde la serenidad, a pocos días vista, recuerdo lo sucedido y escribo para alertar a bañistas, pedir a las autoridades y rectificar alguna información dada sobre el caso.
Somos una familia numerosa que, antes de repartir a los dos hijos mayores por sus respectivas universidades (Luis Miguel iniciaba Ingeniería Civil en Bilbao), quiso pasar una jornada de solaz en Alloz. La idea era: sombra, baños, picnic, hidropedales, paseo. A mediodía, como el sol picaba, quisimos refrescarnos antes de sestear a la sombra. Era nuestro tercer baño del día. Entramos al agua todos juntos: Luis Miguel, sus hermanas y yo. Su padre se abstuvo.
Cuando nos disponíamos a salir, mi hijo, buen deportista y en perfecto estado de salud (entrenaba frecuentemente con un amigo de la selección española de hockey; practicaba bici, natación, baloncesto, fútbol y frontenis), me dijo sonriendo: “Tengo frío. Voy a bucear para ver cuánto cubre antes de salir”. Ya nunca emergió.
El forense estimó que pudo sufrir un shock termodiferencial y que este le produjo un desmayo. Como sucedió bajo el agua, se ahogó. ¿Podríamos haberlo reanimado? Probablemente. Si al sumergirnos para rescatarlo lo hubiéramos encontrado. ¿La presencia de socorristas podría haber facilitado las cosas? Sí. Pero el agua estaba tan turbia en la orilla (donde sucedió) que ni yo, ni los bañistas que nos ayudaron a buscarle mientras llegaban los del 112, ni los bomberos con su zodiac y su vara para rastrear el fondo, ni los buzos con su pericia, pudimos encontrarle durante horas. Y estaba en el mismo lugar donde se sumergió, a 2,30 metros de profundidad.
No escribo para acusar; tampoco para pedir el cierre de esa zona de baño. Fue un accidente imprevisible. La naturaleza nos pertenece a todos —no a las autoridades— y cualquier español o extranjero puede disfrutarla con prudencia. Sin embargo, quiero puntualizar la información facilitada y, muy principalmente, alertar de la peligrosidad de la zona para evitar, en lo posible, la muerte de otro hijo de otra familia.
El chaval se ahogó estando en el agua con toda su familia (no sólo con su madre). No se encontraba mal antes de zambullirse (sólo inapetente, probablemente por el calor). No cometió ninguna imprudencia. No pudo “dar una patada y salir” (como se dijo en televisión. Es lo que tiene desmayarse). El 112 se movilizó de inmediato y avisó a los vigilantes del club náutico cercano (que llegaron en lancha, sin medios para el rescate) y a todo el dispositivo de emergencias. Humanamente, en el caso de nuestro hijo, poco o nada más se pudo hacer. Creo que la voluntad divina otorga sentido y valor a toda vida y a cada momento de esta. Confío en Dios Padre; espero que de este accidente pueda nacer algún bien. Me consuela saber que mi hijo vive en el Cielo.
Dicho esto, considero gravísimo que tanto autoridades, como empleados, como vecinos de la zona, como una deportista nadadora de fondo que conoce el pantano, me dijeran in situ que este tipo de sucesos ocurren “con cierta frecuencia en Alloz”, que el lugar tiene gran peligrosidad, y que no exista ningún cartel alertando a los bañistas para que puedan extremar la precaución y su estado de alerta.
Presupuestos aparte que posibiliten contratar socorristas, delinear las zonas de baño o sembrar boyas con guía para inmersiones seguras, ¿cuesta mucho poner carteles que alerten de la turbidez del agua en caso de ahogamiento o del peligro que entraña la baja temperatura del agua, incluso a 16 de agosto? ¿Es tan difícil señalar los sectores donde hay vegetación en la que uno puede enredarse o barro tan espeso donde no conviene entrar solo? Creo que no. Por eso, prometo hacer lo que esté en mi mano para que estos avisos se coloquen: hoy escribo estás letras; mañana pediré a la Administración de Navarra que ponga carteles y, cuando reúna valor, iré personalmente al embalse para colgar algunos mientras no se pongan los letreros oficiales.
Termino agradeciendo a las personas anónimas que se sumergieron con empeño y hasta el cansancio para buscar a mi hijo; a las que recorrieron el embalse —llamándole— para descartar que estuviera en otra orilla; a las que, montadas en tablas de surf, usaron sus remos para rastrear el fondo; a las autoridades y cuerpos técnicos que nos ayudaron a rescatarle del agua y que nos trataron con tanta generosidad, consideración y respeto; a los que nos han hecho llegar su cariño; a los cientos que han rezado por Luis Miguel y su familia y al diario que publica esta nota. Mil gracias a todos. De corazón, gracias.
Marta Caño Montejo