"La vida de Cervantes, lo que sabemos de ella, es de penurias y enredos, líos de faldas y choques con la justicia"

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Pedro Charro

Actualizado el 31/08/2025 a las 23:10

Fuimos de aquí para allá en Cerdeña, por un paisaje de colinas con encinas y alcornoques, olivos y acebuches, parecido a la Valdorba si esta se abriera de pronto a un mar dilatado con islas y playas recoletas, y siguiera luego con su perfil marino recortado, junto las montañas, hasta perderse en la bruma, y aquí y allá estaban las huellas que se han superpuesto en todo el mediterráneo: fenicios, cartagineses, romanos, pisanos, y antes gentes que hacían aquí grandes torres de piedra y tenían estatuillas de bronce. Pero esta gran isla también tiene un alma española como ocurre con Nápoles o Sicilia, algo que se comprueba recorriendo Cagliari hasta el alto barrio del Castelo y se ve la fortaleza que hicieron los aragoneses, junto a la que hay una placa que recuerda a Cervantes, que pasó por aquí después de su hazaña de Lepanto, de donde salió lisiado de un brazo y orgulloso para siempre. 

Manco volvía a casa cuando, al avistar ya la costa catalana, fue secuestrado por corsarios y llevado a Argel, donde pasó cinco años, pues llevaba cartas que hacían creer que era alguien importante y pedían mucho por su rescate. Varias veces quiso escapar sin éxito y fue rescatado in extremis. De no ser así, no tendríamos Quijote. Son muchas las penalidades que hay que pasar para escribir algo así, incluso algo más modesto que tenga una pizca de verdad. Amenábar, por cierto, va a hacer una película con esta historia argelina, como hizo con Unamuno en Salamanca. 

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La vida de Cervantes, lo que sabemos de ella, es de penurias y enredos, líos de faldas y choques con la justicia. No es una vida de cortesano o poeta fino, sino de dureza y frustración. No es casualidad que su obra mayor la comenzara a escribir en la cárcel. Era un hombre que esperaba en vano una recompensa por sus muchos trabajos y entrega, ir a las Indias, por ejemplo, pero le enviaron de recaudador de impuestos a Andalucía, uno de los más ingratos trabajos. Antes pasó por esta isla del viento, la de los amables sardos, expertos en la buena vida que los hace tan longevos.

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