Cartas de los lectores
Pues no, no os perdonamos (a los políticos)


Publicado el 31/07/2025 a las 05:00
Últimamente, vengo escuchando con cierta frecuencia de labios de personajes conocidos la frase de “prefiero pedir perdón que pedir permiso”, a modo de descripción de uno mismo. Me resulta sorprendente que tal característica personal se tenga por una cualidad positiva. Es como ir por el mundo haciendo lo que a uno le venga en gana, esté bien o mal, y solo si de ello resulta algún damnificado o, más bien, si el individuo se entera que lo hay, se le pide perdón y a correr.
En esta categoría de personas se incluyen, por ejemplo, los que van de sinceros y se permiten darte su opinión o transmitirte una información, negativa por supuesto, cuando no se la has pedido sin medir el daño que te pueden causar. Con un “perdón, es que soy así”, pretenden reparar ese daño.
Y es que hay cosas que están mal intrínsecamente y no deben hacerse, independientemente de si generan daño, destrucción u otros efectos negativos. Conducir en dirección contraria es una temeridad, y por ello es un delito. Si el que lo comete se lleva por delante a otro vehículo, y sus ocupantes tienen la suerte de salir indemnes, pedirles perdón no le quita gravedad a la acción, y probablemente sirva de poco a las víctimas.
Viene esta disquisición a cuento de la situación política que vivimos, más próxima al estercolero que al fango con el que hasta los propios políticos describen el ecosistema que habitan. Y es que, una vez cometidas fechorías diversas, se repiten de forma sistemática las peticiones públicas de perdón, por actos propios o de terceros, ya sea por echar la mano en la caja común, mentir descaradamente con los currículums, o por tener comportamientos sexuales reprobables.
Pareciera que lo relevante a efectos de la gresca política no es la gravedad del acto en sí, sino quién es el primero que pide perdón, o el que con más contundencia lo hace, como si eso borrara la gravedad del delito o la acción realizada. Hemos pasado de los reproches mutuos sobre las acciones a la competición por las capacidades de asunción de culpa y contrición.
Conviene añadir el dato relevante de que esas peticiones de perdón no obedecen a un autoconvencimiento del daño o de la maldad intrínseca de la acción cometida, sino al simple hecho de que les han pillado.
Ante este espectáculo, los ciudadanos de todo signo seguimos atónitos ante un colectivo político que, siendo plenamente consciente (creo) de la desafección y desprestigio que van acumulando, no hacen nada para corregir la situación. Y sí, ya sé que no se puede generalizar, y que no todos los políticos son corruptos ni mentirosos, pero todos por igual tienen responsabilidad por acción u omisión de habernos llevado a este punto. Así es que, aunque sea haciendo uso del derecho al pataleo, que sepáis que yo y, creo, gran parte de la ciudadanía no os perdonamos.
Alfonso Carlosena