Sobre la moral civil y la moral cristiana (y II)

En cualquier sociedad democrática, una moral cristiana puede ser un incentivo y una opción. Nunca una sospecha y menos un enemigo

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Víctor Manuel Arbeloa

Publicado el 20/07/2025 a las 05:00

Pero ¿es posible —me preguntarán algunos tras mi artículo anterior sobre la moral civil o cívica— esa moral separada de una moral religiosa, cristiana en nuestro caso? ¿Acaso durante siglos no fue la fe cristiana la que inspiró cosmovisiones, usos y costumbres, instituciones locales y nacionales, universidades, legislaciones, reinos y repúblicas en toda la cristiandad? Vieja pregunta, que dividió a teólogos y hasta a santos cristianos desde el comienzo. Mientras para unos eran “espléndidos vicios” las virtudes de los hombres sin fe, otros consideraban que toda alma humana es “naturalmente cristiana” y que nada humano es ajeno ni lejano a lo cristiano, hasta llegar a la teoría del mejor teólogo católico del siglo XX, el jesuita alemán Karl Rahner, sobre el “cristianismo anónimo”, resultado de la gracia universal de Dios: allí donde un hombre sigue fielmente su razón, no solo puede hablarse de una moral natural o civil, sino también, de algún modo, evangélica o sobrenatural, es decir, cristiana.

La moral cristiana presupone buena parte de la historia salvífica de Israel, sublimada por la persona y vida de Jesús de Nazaret, paradigma existencial, en quien el ser humano encuentra la realidad sanadora de Dios. Es la respuesta humana a la acción de Dios y una entrega a la persona de Jesús, el sentido total de la vida del cristiano. La moral cristiana es, por tanto, personal e histórica y, al mismo tiempo, con vocación universal. El cristiano confiesa a Jesús como Señor, presencia activadora de experiencia moral y generador de criterio para discernir la verdadera y genuina calidad de la vida.

Para el cristianismo, el ser humano es por naturaleza imagen de Dios, que se manifiesta históricamente en Jesús, proclamado salvador de todos los hombres, también de todos aquellos que están más allá del espacio explícito del Evangelio y fuera de las fronteras institucionales de la Iglesia. Muchos de estos, partiendo de la dignidad personal de toda creatura, afirman su carácter absoluto y su radical sacralidad, y desean la convivencia con otros proyectos morales distintos del suyo.

La moral civil de cualquier sociedad en el mundo no coincide con una supuesta legalidad inspirada en el evangelio. Ni “en los mejores tiempos”, que sepamos, fue así. Otra cosa es que los cristianos, individualmente o en su comunidad eclesial, ofrezcan a sus conciudadanos, por todos los medios posibles de comunicación oral y escrita, su exigente y sublime proyecto de fe y de esperanza. Como lo hicieron durante siglos, y en los mejores momentos de la historia, sabios y santos cristianos, teólogos, filósofos, oradores, escritores, poetas, dramaturgos, misioneros, predicadores, pedagogos de todo tipo y condición, desde el aislamiento de los cenobios hasta en el esplendor de iglesias y catedrales, desde familias y escuelas rurales hasta en cátedras universitarias, hojas y periódicos populares o revistas científicas. Y, sobre todo, a través de millares de vidas ejemplares y heroicas hasta el martirio en todos los tiempos y en todos los espacios.

Los presupuestos ideales de cualquier grupo presente en la sociedad pueden ser asumidos, mediante la comunicación y la persuasión, por los demás ciudadanos, e integrados, por el mérito de su excelencia, en la configuración moral, jurídica y política de un país. Del grupo cristiano, como de los demás grupos filosóficos, religiosos, sociales y políticos. En cualquier sociedad democrática, una moral cristiana puede ser un incentivo y una opción. Nunca una sospecha y menos un enemigo.

Víctor Manuel Arbeloa. Escritor

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