"En la visita a Úbeda tuvimos un guía italiano llamado Andrea que lo sabía todo, llevaba muchos años allí, todo el mundo lo saludaba"

thumb

Pedro Charro

Publicado el 30/06/2025 a las 05:00

En la visita a Úbeda tuvimos un guía italiano llamado Andrea que lo sabía todo, llevaba muchos años allí, todo el mundo lo saludaba. Cada vez hay más italianos en España y hacen más cosas, les gusta mucho el país, nos ven muy parecidos a ellos -para bien y para mal- y nos conocen mejor que nosotros mismos. “Manca finezza”, falta finura, dijo hace años Andreotti de nuestra política, y lo clavó. Hacía mucho calor, pero recorrimos con Andrea los palacios, las plazas, la calle Real, donde hay un bar dedicado a Sabina, que es una gloria local. En el aire flotaba el aroma de los olivos que se extienden por las lomas hasta lo lejos. Para finalizar la visita nos llevó a la Sinagoga del agua, una sinagoga medieval que estaba hasta hace poco oculta tras el muro de una peluquería, llena de escombros. 

¿ERES SUSCRIPTOR? AQUÍ TIENES MÁS INFORMACIÓN SOBRE ESTE TEMA

Amplía la información sobre OPINIÓN en la edición e-paper de Diario de Navarra, disponible a diario para suscriptores de papel y PDF

En cierto modo, pensé, era la expresión de una herida que arrastramos desde entonces: haber sepultado toda la cultura judía y morisca y expulsado o convertido a la fuerza a quienes eran tan españoles como el resto. Todavía esos rastros aparecen por todas partes -en la lengua, en el carácter, en el paisaje- y no se quieren ver. La sinagoga es muy modesta, pero su sencillez emociona y atrae a judíos de todo el mundo. Bajo unas escaleras hay un pequeño pozo para purificación con agua que surge del fondo. También Juan de la Cruz provenía de judíos conversos. Su padre murió pronto y Catalina, la madre morisca, apenas pudo criar a sus hijos. Uno murió de inanición y Juanito, el mudejarillo, que acabaría escribiendo el poema más bello e inquietante del español, el “Cántico espiritual”, entró de niño en el hospital de bubas para retirar el pus de los sifilíticos. 

Juan murió aquí, en Úbeda, de unas calenturillas, se dijo. Era bien poca cosa. Antes había pasado por Salamanca, donde Fray Luis traducía en secreto el Cantar de los Cantares. Dicen que cuando Juan iba a morir y los frailes cantaban el miserere les pidió que le leyeran mejor los versos del Cantar, tan desinhibidos y carnales. Que bellas margaritas, exclamó, antes de partir.

Continuar

Gracias por elegir Diario de Navarra

Parece que en el navegador.

Con el fin de fomentar un periodismo de calidad e independiente, para poder seguir disfrutando del mejor contenido y asegurar que la página funciona correctamente.

Si quieres ver reducido el impacto de la publicidad puedes suscribirte a la edición digital con acceso a todas las ventajas exclusivas de los suscriptores.

Suscríbete ahora