Y luego legislarán sobre educación...

"Nuestro jóvenes necesitan líderes que les recuerden que el servicio público es eso: servicio. No trampolín, ni botín"

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José Iribas

Actualizado el 26/06/2025 a las 23:43

Quién educa cuando los que mandan deseducan? Vivimos tiempos en que los titulares se repiten como en el día de la marmota: imputaciones, comisiones o mordidas, empleos públicos a dedo a familiares o amigos… y sin ir a trabajar; autoamnistías, clientelismo, prostitución, corrupción, luchas por aferrarse al poder aunque se hunda el barco en el que vamos todos… ¿Qué imagen proyecta esto a nuestros jóvenes?

Añado: ¿qué puede pensar un chico de 15 años cuando ve que mentir sale gratis? ¿Qué cuando le quieren hacer ver que mentir es sinónimo de cambiar de opinión? ¿Qué pensará una universitaria que constata que la meritocracia es un cuento si no tienes carnet o padrino?

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La educación no es solo lo que enseñamos en las aulas. Es, sobre todo, lo que mostramos con nuestras decisiones, prioridades, reacciones. Y si el ejemplo no lo dan los que más deberían -autoridades, gobernantes, responsables públicos-, ¿con qué legitimidad pueden pedir a nuestros hijos que respeten las normas, se esfuercen, o actúen con integridad? Decía Albert Schweitzer: “Dar ejemplo no es la principal manera de influir en los demás, es la única”. Y sin embargo, asistimos cada día a un espectáculo putrefacto donde lo que triunfa no es la coherencia, y la honestidad, sino el descaro y el pillaje. Donde se justifica lo injustificable con discursos huecos o poses ensayadas y se pretende confundir desde la patraña y la manipulación. Esto no va de ideologías, sino de principios. Cuando la corrupción se normaliza o se banaliza, con los hechos, cuando se aplaude el incumplimiento de las leyes o se blanquea a los delincuentes, el daño no es solo económico o político: es moral, educativo, cultural. Se quiebra el pacto generacional que toda sociedad necesita para avanzar.

Nuestros jóvenes necesitan referentes, no famosos con pies de barro. De fango. Necesitan líderes que les recuerden que el servicio público es eso: servicio. No trampolín, ni botín.

Por eso, más allá de votar, manifestarse o exigir responsabilidades (que, desde luego, no faltaba más), hay una tarea urgente: educar desde el ejemplo. En casa, en la escuela, en la calle. Y también desde las instituciones. Y no me refiero, precisamente, a reformas legales. Y menos, si son sectarias y no buscan ni la libertad de las familias ni el bien común.

Si el ejemplo no viene de arriba, que empiece por abajo. Porque la esperanza -como la educación- crece desde las raíces. Y a los “responsables” públicos, un recordatorio: dimitir no es un nombre ruso.

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