"Barceló es un pintor cotizado, pero a la vez un niño que parece haber crecido a salvo de los adultos, inconformista, sin diagnosticar, siempre a su aire"

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Pedro Charro

Actualizado el 18/05/2025 a las 23:23

Barceló ha pintado el cartel de la feria del toro 2025, como si este año hubiera que tirar la casa por la ventana. Un honor para Pamplona, se ha dicho, y es verdad. Barceló es un pintor cotizado, pero a la vez un niño que parece haber crecido a salvo de los adultos, inconformista, sin diagnosticar, siempre a su aire. Me encanta su imaginación, sus colores, sus figuras y bichos, sus lagartijas, sus pulpos de buceador. “No me canso de mirar los peces debajo del agua”, ha dicho alguna vez. Un tipo auténtico en un mundo que suele tender a lo falso e impostado. Antes del de Pamplona ha pintado otros carteles taurinos, con ruedos que parecen encerrarlo todo y toros amenazantes. “Los toros son un gran reloj de la vida y la muerte. Parecen ya cosa del pasado”, ha dicho. También pintó el cartel de la última corrida en Barcelona, con José Tomás, donde todo se iba volviendo negro. Recuerdo sus acuarelas para la Comedia de Dante, desde la selva oscura al paraíso. Durante un tiempo vivió largas temporadas en Mali, compró una casa en Gao, junto al río Níger, y allí pintaba pescadores, mujeres con cestas en la cabeza, animales, árboles, bicicletas y cocía platos y cerámicas. 

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En Barcelona, recuerdo, vi una exposición titulada “la solitude organisative”, presidida por el retrato de un gran gorila pensativo, una cosa sublime y a la vez cómica, como el elefante boca abajo que plantó en la plaza mayor de Salamanca. Hay en su trabajo una forma de aprovecharse de lo causal, de los orificios de una pared, de la rugosidad de un papel, del relieve de un objeto, del azar en suma, que es una lección de cómo crear algo y recuerda a la simplicidad rupestre. Lo suyo es un elogio de la imperfección, del que hay que tomar nota: “lo que sale bien lo aparto, me quedo con lo imperfecto”, dijo hace tiempo. Cuando Mali cayó en manos de los yihadista, hace años, tuvo que irse. Allí la mujer había comenzado, según le escuché, a acudir a la escuela y jugar un papel, pero todo se había frustrado. Guerras tristes, olvidadas. Ahora ha pintado un cartel que enaltece la fiesta.

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