Cuarenta años de Ateneo Navarro

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Víctor Manuel Arbeloa

Publicado el 24/04/2025 a las 05:00

El 25 de marzo pasado hacía 40 años que aprobamos los estatutos del Ateneo Navarro-Nafar Ateneoa, tras inspirarnos en los de Logroño y San Sebastián, y lo celebramos una cincuentena de ateneístas con una comida sencilla y fraternal, antes de la cual el presidente Pedro Salaberri dijo unas sobrias palabras de agradecimiento. Todo comenzó el año 1976, año de la Mesa Democrática por Navarra; de la tanda de Conferencias “Navarra ante el futuro”; de la fundación de la revista de poesía “Río Arga”; de tantas cosas… Solíamos reunirnos en alguna de las salas del Colegio Mayor Larraona, “santuario” de nuestra Transición, y allí dimos vueltas a una Universidad pública, a una especie de Ateneo, a una Academia, qué sé yo… Fue Carlos Albillo, el único que recordó en sus notas sobre el Ateneo las gestiones anteriores llevadas a cabo para ponerlo en acción. Pero en ese año crucial mandaba la actualidad política española y unos y otros nos pusimos en movimiento para hacer lo que podíamos aquí y fuera de aquí. Llegó el Referéndum; llegaron las primeras elecciones; llegó la Constitución; llegaron las elecciones generales, las forales y municipales de 1979 con el Parlamento Foral; el Amejoramiento del Fuero en 1982…

Y solo después de todo eso, ya cada uno en su sitio, y parcialmente calmados los espíritus, pudimos dedicarnos a más cosas, y tan importantes, por lo menos, como la política activa. Había que atrapar algo de todo aquello de 1976. Había que volver a unir a muchos de nosotros, compañeros y amigos, que nos habíamos dispersado mucho y también dividido y hasta confrontado. Conocía yo de cerca el Ateneo de Madrid, que en aquellos momentos volvía a renacer. Hablé conmi amigo Jesús Mauleón, escritor, poeta y en aquel momento secretario de Medios de Comunicación del Arzobispado, que conocía a mucha gente valiosa. Conocimos por aquellas hierbas a un intrépido Ernesto Vera, un hombre de acción, que conocía a otros muchos. Comenzamos a hacer una lista y a hablar con cada uno de ellos, en Navarra y fuera de Navarra. Recuerdo algunos nombres del primer grupo promotor: Antonio Eslava, José María Satrústegui, Aurelio Sagaseta, Concha García Gaínza, Miguel Javier Urmeneta, José María Pérez Salazar, Pablo Antoñana… No, no influyó para nada en la fundación de este Ateneo el viejo Ateneo del siglo XIX, ni el fundado en 1932, que solo conocía bien Pérez Salazar, miembro de su última Junta, que jamás habló de él. Ni tampoco el Ateneo de la Casa del Pueblo de Pamplona.

Cuando nos pusimos de acuerdo con 61 personas, incluidos nosotros mismos, todo fue coser y cantar. Allí estaba la Navarra de varias generaciones, procedencias, residencias, ideologías y condiciones. Faltaba un presidente. Le visitamos Jesús y yo en su despacho del Paseo Sarasate, vestido con su bata blanca de médico cardiólogo. Don Mariano Carlón, hijo de don Veturio -nombre cariñoso con el que le tratábamos algunos-, nacido (1918) en Gijón, de origen familiar en Cisneros (Palencia). No se hizo de rogar. Fue el primer presidente de la institución, le dio impulso, cohesión y autoridad durante seis años.

Ha proseguido con normalidad la vida del Ateneo y hemos llegado a los cuarenta años de existencia activa, que son todo un éxito singular en una obra de tantos y tan distintos. Una construcción colectiva, como pocas. En 1985 eran todavía pocas las propuestas culturales en Pamplona. Hoy son multitud. El Ateneo ha estado siempre atento a todas las ramas del saber cultivado: eso que se llama Cultura. Un día escribimos la breve historia de los primeros tiempos. Antes de las bodas de oro, alguien escribirá la historia completa de esta bella aventura.

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