Mi reivindicación de la labor del profesor

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José Iribas

Publicado el 02/04/2025 a las 05:00

Hace unos días, se publicaba un estudio de Empantallados.com y GAD3. Según éste, uno de cada diez alumnos cree que la inteligencia artificial (IA) podría sustituir a los profesores. Y casi un 60% del profesorado muestra preocupación por su impacto en el esfuerzo de los alumnos (de ello hablaré otro día). No son cifras menores. Tampoco si hablamos del entorno universitario, donde, aunque los estudiantes manejan con soltura la IA, se espera que su inteligencia -natural y cultivada- madure en su camino de adultez. La IA ha llegado para quedarse. Negarlo sería absurdo. 

Pero la fascinación tecnológica no debe llevarnos a su idealización ni a la resignación educativa. Pensemos, sin ir más lejos, en el uso desmedido e inadecuado de las tablets, ahora en revisión en no pocos ámbitos. Ni la universidad, ni ninguna otra etapa educativa, debería limitarse a la transmisión de contenidos. Es -debe ser- espacio de acogida, de socialización, de crecimiento. De maduración. En esa tarea, el profesor es insustituible. Lo digo como padre de cinco hijos que han culminado sus etapas como estudiantes; y como profesional que ha vivido la educación desde la docencia -puntualmente-, al acompañamiento familiar en el que estoy especializado, y también desde la política educativa.

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Vayamos al meollo de la cuestión: ¿Puede la IA evaluar una redacción? Sí. ¿Puede comprender lo que hay detrás de una mirada baja, de un tono apagado, de una mano que tiembla? No. Un profesor es mucho más que un transmisor de contenidos. Es quien acoge, acompaña, observa y escucha e intenta “tirar” hacia adelante y hacia arriba. Es un referente; a veces, un “disruptor” necesario; otras, un apoyo imprescindible. Un buen docente escucha, alienta, reta y -si me apuran- a veces hasta “salva”. Y si es bueno, deja huella. Incluso siembra vocaciones. Los maestros son… los padres o las madres de todas las profesiones. Vivimos rodeados de contactos virtuales, pero necesitados de diálogo real, profundo, para comprender, no sólo para responder. 

Los estudiantes -también los universitarios- no sólo necesitan datos: necesitan sentido. Buscan a alguien que no solo enseñe, sino que inspire. Que les invite a pensar, a fomentar su pensamiento crítico, a hacerse preguntas, a no dar nada por sentado y… a ordenar el ruido. Alguien que, con su ejemplo y su mirada, además de sus palabras, les diga: “Tu vida vale la pena. Tiene sentido. Encuéntralo”. El ejemplo es esencial, porque -como digo a menudo a las familias- “los hijos nos escuchan por los ojos”.

En CampusHome, donde tengo la suerte de convivir con cientos de universitarios, lo veo con claridad: los jóvenes necesitan referentes humanos. Imperfectos, sí, pero auténticos. Que les impulsen a crecer, a servir, a buscar el bien común, la verdad, la belleza. Ninguna universidad, si quiere seguir siendo alma mater, podrá jamás permitirse reemplazar a uno solo de sus profesores por asistentes virtuales. Porque sin vínculo no hay educación, y sin personas no hay vínculo.

La IA puede corregir exámenes o proponer ejercicios. Pero no puede mirarte a los ojos y preguntar: “¿Cómo estás?”. No puede darse cuenta de que ese alumno necesita algo más. No puede educar. Educar es orientar, guiar, alimentar. Sacar lo mejor del otro. Y eso solo puede hacerlo quien mira desde el corazón. Por eso, y por mucho más, los profesores no son piezas reemplazables. Son rostros, voces, miradas, ejemplo. Son memoria viva, presente y futura. La IA puede tener su sitio en el aula. Pero sin maestra o maestro, sin vínculo humano, no hay universidad. Ni verdadera educación. Porque “somos desde otros, con otros y para otros”. Aunque a veces algunos parezcan olvidarlo, esa es nuestra esencia, la esencia de nuestra existencia.

José Iribas Sánchez de Boado. Director de RRII de CampusHome

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