Cartas de los lectores
La escultura de Rafael Huerta en Badostáin


Publicado el 06/01/2025 a las 05:00
La personalidad del escultor Rafael Huerta Zozaya, fallecido hace poco más de dos años, resulta sobradamente conocida. Su creación más emblemática y, con seguridad, la más fotografiada, es el monumental conjunto escultórico en bronce patinado, realizado en 2007 representando el encierro a tamaño natural. Por cierto, el primero de los corredores, caído en el suelo, es su propia imagen.
Rafael Huerta (1929-2022) trabajó desde muy joven a la sombra de su padre y mentor, el arquitecto Moisés Huerta, en proyectos importantes como el Arco del Triunfo o Puerta de la Moncloa (1955), en el que ya dejó huellas de su vocación, plasmadas en gran parte de sus bajorrelieves. En 1946 inició su formación en la Real Academia de Bellas Artes, en la especialidad de escultura, obteniendo mención especial por su brillante expediente y gran dominio del dibujo clásico. En 1952 se traslada a Navarra como profesor de la Escuela de Artes y Oficios de Corella y en 1972 a la de Pamplona, hasta el año de su jubilación, 1989. Por esa época fijó su residencia en Badostáin, donde acabó instalando su vivienda y estudio profesional en un antiguo -por él mismo restaurado- palacio-torre de armería muy cercano al templo parroquial.
Badostáin se fue convirtiendo con el paso de los años en un museo de sus bocetos, maquetas, moldes de esculturas, copias, etc. Allí conocí a este personaje, aparentemente esquivo, pero entrañable y apasionado en un trato próximo. Hablábamos de su trayectoria artística, de sus recuerdos, de nuevas propuestas y proyectos. Pasados sus setenta años vivía pletórico de actividad. Al verle trabajar ilusionado en el proyecto del “Monumento al encierro”, me atreví a sugerirle que sería una distinción para el pueblo que dejase constancia del lugar donde se había gestado tan magnífica obra. No tardó mucho tiempo en aparecer en una lápida esculpida en uno de los muros de su caserón, con la certificación de que allí fue donde se había proyectado y realizado.
Juntamente con un grupo de amigos que reunía en su casa, los hermanos Fermín y Miguel Echauri, pintor y galerista, Javier Viñes, exalcalde y parlamentario, habíamos hablado muchas veces de su polifacética producción también religiosa, que le habían ido encomendando y que tenía distribuidas en diversas iglesias y oratorios en España e incluso en el extranjero. Recordaba diversas imágenes de Cristo crucificado, de las que se sentía especialmente satisfecho. Una de ellas la conservaba en su estudio, el propio molde, en tamaño más que natural (185 cms., 1998). Como anécdota quisiera referirme a una tarde en que Rafael me comentó que le habían comisionado un Cristo resucitado, pero que desde que recibió esa propuesta no acababa de sentirse satisfecho, porque no terminaba de imaginar cómo plasmar el poder, la glorificación y la vida nueva de un Cristo resucitado. Recuerdo que volvimos en varias ocasiones a hablar sobre el tema.
Un día me pidió visitar la ermita del pueblo, una edificación del siglo XIII muy cercana al centro, edificio tan amplio como sencillo, de estilo románico. En tiempos parece que llegó a ser incluso parroquia, cuando el pueblo llegaba hasta el altozano donde se encuentra junto al cementerio y durante siglos permaneció casi en ruinas. El Gobierno de Navarra, con gran acierto, decidió restaurarla hace 75 años por tratarse del románico del “Camino de Santiago” más cercano a Pamplona. La visitamos, Rafael me decía que el románico le inspiraba. Ermita muy bien cuidada y acertadamente iluminada, con los muros laterales enmarcados por cinco arcos inicialmente apuntados ya hacia el gótico y una sencilla imagen de la Virgen renacentista, sobre una columna en centro del ábside, como único objeto de culto. En cuanto abrimos la puerta, Rafael dijo: “¡Qué paz, cuánta historia atesoran estos muros!”. Y acto seguido añadió, como si ya lo tuviera planificado: “¡Qué bien iba a quedar en este muro vacío frente a la puerta de entrada el Cristo crucificado que tengo en casa!”.
Apenas volvimos a hablar sobre el tema. Por eso debo agradecer a sus hijas que, habiendo tenido noticia por él mismo de la intención de su padre, hayan querido cumplir esta donación. Así desde este mismo mes de enero podremos tener en la ermita de Badostáin otra escultura magnífica de tan insigne escultor, un Cristo crucificado, que honra a nuestro pueblo y lo bendice y abraza desde la altura, con sus brazos abiertos sobre nosotros.