Las personas en el centro (a ver si es verdad)

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Roberto Cabezas

Publicado el 11/11/2024 a las 05:00

El equilibrio entre la sencillez y la complejidad constituye todo un reto, a veces agotador e inabordable. Algunos creen que la complejidad es un síntoma de progreso y que la gestión menos pomposa alimenta a una suerte de incertidumbre que no nos podemos permitir.

A veces en las empresas nos empeñamos en hacer que las cosas sean más complejas. Inexplicablemente complejas. Para qué hacerlo fácil si se puede hacer difícil. La política del formulario. Todo lo solucionamos con un paso más en los procesos, con una pregunta más en el formulario. En mi pueblo se llama rizar el rizo. La política del formulario o del adjunto, nueva jerarquía que se ha puesto de moda en las organizaciones. Todo lo solucionamos con un adjunto. Nos gusta conjugar el peligroso verbo complejizar: yo complejizo, tú complejizas, él complejiza, nosotros complejizamos…Una sofisticación innecesaria e inútil.

Sin embargo, hay compañías que huyen de todo esto. Del pie de página sin sentido. Que escapan de los “adjuntos”, que necesitan de los procesos de coordinación para vivir. De ese control máximo como piedra angular de todo. Estructuras parafernálicas e inquisitivas, sobredimensionadas, que desculturizan, que desfocalizan, que idolatran el reporting, que endiosan a las kpi´s y que todo lo solucionan con un power point. Que no entienden que es necesario añadir sensibilidad al dato.

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¿Quién, entre toda esta caterva, piensa en las personas de la “planta baja”? ¿Quién piensa en el cliente y en mejorar los productos y servicios? En crear valor, en definitiva. Una empresa será excelente si invierte el orden de prioridades y pone a sus profesionales y empleados en la parte de arriba del folio. Porque una compañía no la hacen los informes, no la construyen las kpi´s, no la definen los reportings ni viven de los power points o de las coordinaciones de los adjuntos. Vive de las personas, de sus productos o servicios, de vender con márgenes y de producir con eficacia. Las mejores empresas no viven de los organigramas barrocos donde reinan las burocracias y los “especialistas”. Las mejores viven de la sencillez, que no es lo mismo que simpleza, y que pueden ecualizar la sofisticación que nos proponen estos tiempos. Viven de su gente, de cuidar a su gente que vibran con un propósito compartido. Viven de sus clientes enamorados, de sus productos y servicios valorados, confiables y diferenciados.

Hoy todo es tan difícil. El otro día salí de mi casa y vi a una señora barriendo las hojas de los árboles que alfombraban la acera. Le pedí que por favor no lo hiciera. Esas maravillosas hojas de otoño acumuladas. Fue una petición en defensa del derecho de las hojas a permanecer ahí, para ser contempladas, para ser pisadas (algunas crujen), para jugar con ellas. Las hojas desafían nuestros intentos de tener todo bajo control. Innumerables hojas caen y caen sin tregua, como diciéndonos que todo cae, pero caer es hermoso. Somos también una hoja de nuestro propio otoño, batidas por el viento, dejémonos caer.

La legión de adjuntos y de burócratas son cancerígenos para las empresas. Matan la pasión, diluyen el compromiso, deshinchan la motivación y cubren con las sombras del reporting y del control todo. Y como colofón de sus modernas actuaciones contratan a una gran consultora estratégica para que, como el Oráculo de Delfos, les ofrezca soluciones mágicas, cuando la clave está en el sentido común. ¡El hilo negro ya fue inventado! Por eso es que sostengo que el liderazgo, imperfecto, por supuesto, consiste sobre todo en poner una cuota de sensatez y de buen criterio en toda esta complejidad exacerbada.

Las personas en el centro. Profesionales y clientes. Esto no es negociable bajo ninguna circunstancia. Tampoco la eficacia. Pero son las personas que crecen, por un ecosistema virtuoso (no egosistemas), las que hacen que las empresas crezcan y que no se desconfiguren por el éxito aparente, ni se pierdan la brújula ante la tentación de complejizarlo todo. Solo así se podrá vivir el propósito y componer la mejor sinfonía de compromisos, de entusiasmos contagiosos, de espíritu de servicio generoso, y ese atrevimiento y osadía necesaria para cuidar, para inspirar y para amar, en definitiva. Solo así se construye una verdadera identidad, con alma y con corazón.

La ostentosa complejidad es un tumor. Hace metástasis en el cortijo de lo sencillo. Y es ahí, en la sencillez y en sentido común, donde están las respuestas a veces ocultas. Es simplemente poner el acento en conjugar el verbo amar más que controlar, inspirar más que reportar. Los informes son secundarios, las personas no. La estrategia son las personas. Debemos mirar y aprender de las alfombras de hojas de este otoño nostálgico, para detenernos a reflexionar en estos días vertiginosos e imprudentes.

Roberto Cabezas Ríos. Nº 1 HR Influencer 2024 para España. Expert in Higher Education Manag

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