"¿Para qué hablar del Código Penal, hecho un títere, movido por la ira o por la gula de cada uno de los socios desconstituyentes?"

thumb

Víctor Manuel Arbeloa

Publicado el 10/10/2024 a las 05:00

Dime de qué alardeas / y te diré de qué careces”, reza un prestigioso refrán. Si alguien dedica 31 puntos a defender la regeneración en España, como si estuviera indefensa, que no le extrañe que alguien le endilgue el arcaico proverbio. Pero mucho antes de que nuestra sabiduría popular cuajase en ese feliz apotegma, en el II libro de la “República” de Platón, Glaucón, amigo de Sócrates y contricante de Trasímaco, para quien “lo justo es lo que conviene al más fuerte”, afirmaba tajante que “la más alta injusticia consiste en parecer justo sin serlo”.

Un buen día, hace ya ocho años, Javier Fernández, secretario de un partido socialdemócrata español, se atrevió a constatar que su partido se había “podemizado”. Y pronto se formó una exigua mayoría de gobierno, llamada esta vez simplemente “progresista”, cuando ese partido abandonó su vocación mayoritaria, su voluntad de vertebrar España en vez de dividirla, y su autonomía estratégica, compatible con el consenso transversal.

Aquel partido, otrora socialdemócrata, fue asimilando poco a poco el aparato doctrinal y retórico de sus socios: el populismo plebiscitario, el accidentalismo jurídico (la política por encima de la ley), la instrumentalización partidista de las instituciones y la centrifugación territorial del Estado (suprimido el concepto de Nación), siguiendo los apetitos y necesidades de sus socios confederalistas y separatistas, que hicieron del secretario general y presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, el político más movible y voltario de Europa.

Como he dicho mil veces, no hay Gobierno en el mundo sostenido interesadamente por aquellos mismos que, por su naturaleza ideológica y política, quieren acabar con él y con la Nación que juntos provisionalmente co-gobiernan. España es la excepción mundial.

Desde que ese co-gobierno existe, el uso alternativo del derecho ha sustituido al principio de legalidad, y se ha hecho mangas y capirotes con la Constitución, odiada por todos los socios. Un diluvio de decretos-ley ha inundado las Cortes Generales, postergando el procedimiento legislativo ordinario. Para colmo, algunas de las pocas leyes, redactadas y aprobadas con reconcomio dogmático y hasta fanático, han causado efectos nocivos, como aquella que liberó centenares de violadores. ¿Para qué hablar del Código Penal, hecho un títere, movido por la ira o por la gula de cada uno de los socios desconstituyentes?

Ya es conseja común que numerosos políticos mienten cuanto hablan y que la mentira política es ya moneda corriente en circulación. Las mentiras se llaman, cuando conviene, nuevas opiniones. Un despotismo poco ilustrado crea, fenómeno habitual en la historia, similar nepotismo familiar y partidista (sobrinismo, hermanismo, sororismo), que intenta “okupar” altas instituciones del Estado, organismos reguladores, empresas públicas, embajadas… Hasta que un día parece que el Estado (la Administración del mismo) y el Gobierno se confunden.

Ocultada por arte de birlibirloque la rencorosa extrema izquierda, y no digamos la ultra-izquierda, todo es hablar de la derecha y de la ultra derecha, de modo que toda la política oficial consiste en impedir que las dos o una de las dos llegue al poder. Los ejemplos actuales de Italia, Francia, Holanda, Finlandia y Suecia son esta vez disuasorios para el sanchismo español.

No es, pues, de sorprender que por un puñado de votos, necesarios para sostener al Gobierno, cada día más acorralado, se supriman los delitos de sedición; se concedan a golpistas confesos, ni atritos ni contritos sino contumaces, indultos y amnistías, conciertos económicos privilegiados, selecciones catalanas, más dinero para “embajadas” y para excluir al castellano de la enseñanza…; o se ponga en la picota de continuo a jueces y periodistas.

Hasta el punto de que un prófugo de la Justicia, que sale y entra de/en España, como si fuera un espíritu, es la persona que desde su cómoda residencia en Bélgica, donde negocia con correveidiles del presidente del Gobierno, es la persona que determina en este momento la política española, la aprobación de los presupuestos del Estado y hasta la misma continuidad del Gobierno. Otra excepción mundial.

*

Si al lector le parece lo que aquí digo sincero, realista y cabal, agradézcalo sobre todo al sabio y valiente politólogo Ignacio Varela, que viene escribiendo, durante estos últimos meses, sobre todo esto y mucho más. Y mucho mejor. Me atrevo a recomendar al lector, por su propio provecho, que no le deje de la mano en estos tiempos de confusión, de engaños y de cinismo; cinismo, que es el mismo engaño orgulloso de serlo y de mostrarse tal cual es.

Víctor Manuel Arbeloa. Escritor

Continuar

Gracias por elegir Diario de Navarra

Parece que en el navegador.

Con el fin de fomentar un periodismo de calidad e independiente, para poder seguir disfrutando del mejor contenido y asegurar que la página funciona correctamente.

Si quieres ver reducido el impacto de la publicidad puedes suscribirte a la edición digital con acceso a todas las ventajas exclusivas de los suscriptores.

Suscríbete ahora