Carta de los lectores
Navarra pierde el tren (otra vez)
En el siglo XIX, los intereses de Navarra se supeditaron a los de Vizcaya a la hora de trazar las rutas ferroviarias


Publicado el 14/09/2024 a las 05:00
En los primeros meses de 1862 se discutió sobre la posibilidad de prolongar el ferrocarril Pamplona-Zaragoza hacia Francia. Era un debate casi diario a favor y en contra de la creación de un paso que uniera Navarra a Europa. Buscaban la vía más corta por Zubiri y los Alduides. Cuando el asunto llegó a las Cortes, y pese al apoyo del influyente marqués de Salamanca, prevalecieron criterios estratégicos muy discutibles. Desaconsejaban un nuevo paso fronterizo, por ferrocarril, a través del Pirineo. Debía prevalecer el proyecto de la Compañía del Norte, vinculado a la ya industrializada Vizcaya.
Se desechó la línea de los Alduides -favorable a los intereses de Navarra-, y el Gobierno central dispuso que el ferrocarril navarro continuase por Irurzun y Araquil, enlazando en Alsasua con el de Madrid-Irún. Los navarros se entretenían con la llegada de la máquina a vapor “La Celestina” a Tudela, y la construcción de algunos tramos que llevaban durante años a nadie, a ninguna parte. La línea Alsasua-Zaragoza no uniría el Cantábrico y el Mediterráneo. Logroño y Miranda cumplían con los intereses de la Diputación vizcaína. El trazado navarro sería de segunda, e históricamente deficitario.
Retrasos. Pérdida de influencia de Navarra en Madrid. Los desaguisados de las guerras carlistas. Miedo a las explosiones y atentados. Y huida de las inversiones. Por si fuera poco, también se sumó la oposición de colectivos que veían en el tren un medio para los ricos y privilegiados e innecesario para nuestra economía. Ya había carruajes y diligencias. Eran más sostenibles. Quemaron más de una vez la estación ferroviaria de Caparroso, que finalmente se construyó a dos kilómetros del pueblo. Un logro de las coordinadoras de la época.
En 1887 recordaba el Consejo de Agricultura, Industria y Comercio de Navarra que, por lo menos desde 1854, dos décadas antes, venía intentándose la construcción de “ferrocarriles económicos, de los que se han proyectado muchos sin que se haya construido ninguno”. Demasiados paralelismos.
Han pasado casi dos siglos. No hemos aprendido nada. Seguimos perdiendo el tren.
José Mª Cambra Amigot, periodista.