"El propósito de las maquinarias electorales es ubicar de forma “adecuada” la mente de sus posibles votantes"

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Javier Otazu

Publicado el 25/07/2024 a las 05:00

Una sombra de preocupación y tinieblas se cierne sobre Europa y el mundo: la llegada de la ultraderecha. Al menos los resultados de las elecciones francesas han podido calmar, de momento, la situación. Además, ya se ha decidido la presidenta de la Comisión Europea: repetirá Ursula Von der Leyen. Los partidos tradicionales respiran aliviados: una vez más, el bien ha vencido al mal. Sin embargo, una amenaza se cierne en las elecciones norteamericanas de noviembre: la más que previsible victoria de Donald Trump.

¿Es para tanto? ¿Debemos estar preocupados? ¿Qué está pasando?

Si pensamos en un espectro de opiniones, en un lado estarían los más tradicionales. Para ellos, los partidos extremistas son populistas y se dedican a discursos sencillos y soluciones sencillas que permiten obtener votos fáciles. En el otro lado estarían quienes piensan que los partidos tradicionales son parte del sistema, no importa quién gobierne, y que su única preocupación es colocar a su gente y mantener su influencia. Todo ello sin molestar a quienes realmente mandan: empresas que en el algunos casos cotizan por encima del billón de euros (un millón de millones) y fondos de inversión que manejan cantidades muy por encima del billón de euros. Para que nos hagamos una idea de la magnitud de estas cifras, pensemos que España tiene un Producto Interior Bruto aproximado (PIB) de 1,3 billones de euros.

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Entonces, ¿quién tiene razón? Ya la doctrina aristotélica nos comenta la teoría del “justo medio” según la cual habrá un poco de todo. De todas formas hay cuatro hechos consumados que son fundamentales para comprender la situación actual.

En primer lugar, el objetivo de un partido político no es el bien común. Es gobernar. Punto. Sí, es cierto que el sistema democrático está diseñado para que quien lo haga mal pierda las elecciones y así se pueda producir la alternancia en el poder. Sin embargo, de un tiempo a esta parte se ha puesto de moda la llamada “guerra cognitiva”. No se trata de datos, se trata de percepciones y relatos. Todos los partidos tienen expertos en comportamiento humano. Están basados en priorizar los sentimientos y las emociones de las personas, más que las políticas a realizar. Así, si el elector piensa que algún partido es insolidario, machista o retrógrado, ya no le votará jamás. En consecuencia, el propósito de las maquinarias electorales es ubicar de forma “adecuada” la mente de sus posibles votantes. Fachosfera, sanchosfera.

En segundo lugar, los partidos más tradicionales están centrándose en temas como los derechos de los ciudadanos sin pedirles a cambio ni responsabilidad, ni compromiso, ni obligaciones. ¿Qué motivación vamos a tener para esforzarnos? Es algo que no se puede mantener en el tiempo: no se puede dar a cambio de nada. Quita y no pon, se acaba el montón.

En tercer lugar, y como consecuencia de lo anterior, sólo aparecen promesas y promesas que se financian de la nada. Está muy bien que haya una reducción de la jornada laboral, que aumente el salario mínimo o que haya un bono cultural para los jóvenes. Sin embargo, nada es gratis: los recursos salen a partir de la generación de riqueza. Si aumentan las trabas para crear empresas estamos dejando un futuro complicado para los que vienen detrás. Hasta qué punto estaremos al límite que en algunos casos ya se admite que si bien sería aconsejable una bajada de los impuestos todavía es más prioritario agilizar la burocracia.

En cuarto y último lugar, pasemos a las prioridades, en este caso, de las personas. ¿Qué es lo más importante para muchas de ellas? Para el presente, tener trabajo, sea por cuenta propia o ajena. Para el futuro, una situación mejor para la familia y su comunidad. Después vienen otras cosas, y que cada cual elija el orden, sea cambio climático, inmigración, igualdad o sostenibilidad medioambiental.

La derecha e izquierda tradicional siguen enfrascadas en el “y tú más”, buscando que al ubicar al adversario como “facha”, “comunista” o “nacionalista” provoquen un rechazo que les lleve a obtener más votos. Ofrecen y no piden nada a cambio, como si los recursos viniesen del aire. Mantienen una burocracia que asfixia a los empresarios y a los ciudadanos cuando éstos deben realizar gestiones personales. Prometen un mundo de luz y color mediante rimbombantes “planes de choque”, “ambiciosas leyes” y “derechos para todos”. Sin embargo, aunque existen indicadores económicos que mejoran, sea el PIB o el desempleo, la deuda no deja de aumentar (de hecho, el pago de intereses de la misma ya es mayor que el gasto en desempleo) y no se percibe optimismo y tranquilidad sobre nuestro futuro. Muchos votantes perciben en las altas esferas políticas un interés desmesurado por mantener en su puesto, sea como sea, y creen que los partidos tradicionales no están preocupados por el bienestar general.

Es un caldo de cultivo ideal para aumentar los ultras.

Javier Otazu Ojer. Economía de la Conducta. UNED de Tudela.

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