"Nadie desea una escalada bélica, pero ahí está, como el proverbial elefante en la habitación"

Publicado el 07/04/2024 a las 05:00
El 29 de marzo de 2024, el primer ministro de la República de Polonia, Donald Tusk, refiriéndose a los retos emergentes en materia de defensa europea afirmó: “No habíamos vivido una situación así desde 1945. Sé que suena devastador, sobre todo para la gente de la generación más joven, pero tenemos que acostumbrarnos mentalmente a una nueva era. Estamos en una época de preguerra. No exagero. Cada día es más evidente”.
¿Es tan evidente? La estadística es clara y es tozuda: Donald Tusk tiene razón. En un artículo publicado en el Journal of Peace Research (“Violencia organizada 1989-2022, y el retorno de los conflictos entre estados” ) se ofrece un listado de 75 conflictos en todo el mundo, con una estimación agregada de muertos de entre 177.000 y 303.000 personas sólo en 2022. Significativamente, y a esto se refiere Donald Tusk, entre 57.000 y 160.000, es decir, entre la tercera parte y la mitad de estas personas han muerto en la guerra de Ucrania, es decir, en Europa. Es necesario precisar, para contextualizar estas cifras, que en este listado figuran conflictos de base estatal con más de 25 muertos en batalla en el año 2022. Si el criterio de corte se coloca en más de 1.000 muertos, la lista se reduce a 8 conflictos. El segundo, después de Ucrania, es la guerra de Tigray, en Etiopía, con 100.000 muertos en 2022 (entre 300.000 y 800.000 en total en dos años de conflicto). Y todo ello sin contar con la guerra de Gaza, posterior a la publicación del estudio mencionado, o con la miriada de guerrillas, terroristas, bandas, maras, mafias, narcoejércitos y demás patulea que salpimientan el mundo de violencia y lo convierten en un lugar inhabitable
No es de extrañar que, como nos recuerda Donad Tusk, 100 millones de personas estén dispuestos a emigrar a Europa, y que “los regímenes autoritarios utilicen instrumentalmente a estas personas como parte de una guerra híbrida”.
Es el flanco sur de Europa el que llegado el caso tendrá que gestionar el primer embate de esta oleada migratoria. Como vemos, la situación puede convertirse -ya lo está haciendo- en una compleja pinza humanitaria, demográfica, socioeconómica, financiera y militar. La preocupación de Tusk es legítima y fundamentada. Es de agradecer que trate de transmitirla a los europeos con esa mezcla de verosimilitud y firmeza en la que debemos ubicar la clave de un auténtico liderazgo, más pendiente de mantener a la ciudadanía despierta, conectada con la realidad, que de resultar simpático, seguir sonriendo y no descomponer la figura. Por supuesto, es triste, es devastador que ese viejo ideal europeo del progreso continuo, del creciente bienestar, haya saltado por los aires. Las catástrofes casi nadie las ve venir, aunque sean consecuencia de un sumatorio de acontecimientos y factores que tenemos delante de nosotros, que muchas veces vemos sin ser capaces de integrarlos o de dar una respuesta temprana o adecuada.
Adormecer a la ciudadanía no llamando a las cosas por su nombre es una apuesta infalible por la desgracia. El primer ministro polaco revela en su entrevista que Pedro Sánchez “pidió que dejáramos de utilizar la palabra guerra, que la gente no quiere sentirse amenazada de esta manera, que en España suena abstracto”.
Algo de cierto hay en lo que dice Sánchez: a nadie le gusta sentirse amenazado. Sin embargo, hay un cierto consenso, por lo menos entre la gente corriente, en el sentido de que las amenazas es mejor conocerlas que ignorarlas. Nadie desea una escalada bélica, pero ahí está, como el proverbial elefante en la habitación. La frivolidad y la irresponsabilidad de Sánchez corren parejas con su soberbia.
Quiero creer que la ciudadanía española hace tiempo que llegó a su mayoría de edad, a una madurez tal que le permite manejarse en un contexto complejo y cambiante, sin que el paternalismo presidencial decida por ella. Con todo, la mayor desfachatez es decir que en España la guerra “suena abstracta”. Una cosa es que la guerra sea todavía una realidad geográficamente lejana, que no sintamos el retumbar de las explosiones, ni pisemos los cascotes, y otra muy distinta es que las atrocidades en Ucrania, o en Gaza, o en Etiopía nos sean moralmente ajenas. No estamos todavía tan secos de corazón.
Hay un magnífico libro, Sonámbulos, del historiador Christopher Clark, que trata sobre los prolegómenos de la Primera Guerra Mundial. Así parece querernos Sánchez en estos tiempos sombríos: dormidos, sonámbulos, sin nadie que nos despierte.
Alfredo Arizmendi Ubanell. Médico