"En Puigdemont, por ejemplo, ve un mediocre que se aprovecha de la situación, con el que se puede hacer chistes pero no sirve como personaje complejo"

Publicado el 11/03/2024 a las 05:00
Boadella ha estrenado con Els Joglars -tengo que verla- una función sobre el rey Juan Carlos que lo retrata preparando una paella en un yate en Abu Dabi, envejecido y exiliado, el retrato de una decadencia, un personaje en las últimas que, a juicio de Boadella, que de esto sabe, hubiera entusiasmado a Molière o Shakespeare, no en vano es una peripecia vital dramática, desde su infancia, pasando por la muerte de su hermano, los años a la sombra de Franco, o el hecho de haber tenido todo el poder en su manos y haberlo entregado para seguir en el trono. Es la vida de alguien que navegó con vientos favorables y reinó en un país que nadie hubiese sospechado, y que fue entrando en una zona de sombra, hasta arruinar su prestigio. Boadella ya mostró la figura de Pujol en aquel soberbio Ubú rey, pero no es fácil encontrar a alguien con dotes de convertirse en un gran personaje. En Puigdemont, por ejemplo, ve un mediocre que se aprovecha de la situación, con el que se puede hacer chistes pero no sirve como personaje complejo. A Sánchez, por su parte, lo ve como símbolo de la amoralidad químicamente pura: un cínico que solo piensa en sí mismo, ajeno al freno moral. Esta amnistía que ha entregado, que incluye el terrorismo y libra hasta a los hijos de Pujol para seguir en el poder hiela el alma. Es todo inmoral, sucio, además de confuso -el galimatías jurídico es inextricable- y la gente no reacciona, como si no acabara de creérselo. Pérez Reverte, que confesó estar fascinado por el personaje, también lo definió como amoral, la etiqueta con la que puede terminar pasando a la historia. Es posible, como dice Boadella, que a muchos les guste el personaje, pues cambiar de principios por conveniencia, buscar a todo costa el propio interés y hacer de la mentira un arte es algo que está a la orden del día. Sánchez nunca diría, aunque fuera con la boca pequeña aquel “lo siento, me he equivocado” que pronunció el rey y abdicó, porque eso sería mostrar una debilidad que no se puede permitir y antes prefiere arrastrarnos a todos.