Cuando secuestramos a Marisa Paredes

Actualizado el 10/12/2023 a las 10:35
A Marisa Paredes la secuestramos una tarde en los toros en la última fila de la andanada de sol de Pamplona. Llegamos a la plaza arrastrando una de esas resacas cósmicas como de frío interior en julio en las que no puedes ni con el cubo y subes por el tendido como si te hubiera dejado la mujer. Nadie se percató de su presencia, quieta como estaba, como una sanferminera de yeso, como el perro Lupo de Jesús Nieto Jurado que dice que le escribe las columnas, pero es de Lladró. Se tapaba con un gorro de flores y unas gafas de sol bajo los que uno podía imaginar algún tipo de estatua dormida o a los bebés de Atocha que esculpió Antonio López. Nadie sabía quién era, nadie sabía que estaba. Como pudimos, llegamos a la merienda y me acerqué a ella con un plato de plástico de sangre con tomate que había traído no sé quién, le acerqué la cuchara y le dije: “Anda, come, que te va a sentar bien”. Me dijo que aquello le estaba dando un asco horrible y hubo que amenazarla como a los niños: “O meriendas o le decimos a toda la andanada que eres Marisa Paredes”. Comió, claro, sangre con tomate y bocadillo de ajoarriero, un cangrejo de río, media bota de vino, un pastelito que podría ser un miguelito de crema y algunas cosas más antes de que se le pasara la resaca, que se nos pasó en un momento a todos a la vez, asomados al balcón de las banderillas del quinto toro. A Marisa Paredes la secuestramos como en un ‘Misery’ sanferminero y le íbamos dando de comer y de beber lo que nos parecía para curarle una resaca que nosotros mismos le estábamos reproduciendo en ese momento. El Gumy le contó alguna historia de sus hazañas amatorias de la víspera no sé si con una francesa, y ella decía que sí o que no con ademán automático como en aquella película en la que paseaban a un muerto con bigote. Debió resucitar porque la vimos el otro día por la tele en la capilla de Concha Velasco -se nos murió la Chica Yeyé-, y andaba echando a la presidenta de la Comunidad de Madrid un poco en lo de la loca de los gatos tardofranquista, dijo Peláez. Me gustaba más de resaca.