"'La ciudad de los prodigios', el título de una de las grandes novelas de Eduardo Mendoza, le va tal cual a la Pamplona de 1423"

Publicado el 10/09/2023 a las 06:00
"La ciudad de los prodigios”, el título de una de las grandes novelas de Eduardo Mendoza, le va tal cual a la Pamplona de 1423, que todavía no es exactamente Pamplona y emprende un camino ciudadano de años y siglos hasta hoy: 600 años, 6 siglos. La ciudad de los prodigios y sus prodigiosos ciudadanos. Porque la carta magna otorgada por el rey Carlos III fue literalmente un prodigio (legislativo), en el sentido de “cosa especial, rara o primorosa en su línea”. Y los vecinos de la Navarrería, San Cernin y San Nicolás entendieron e hicieron suya, de forma prodigiosa, la ley. Y adiós a las armas. Mano tendida hacia el encuentro, por encima de las murallas que separaban los tres núcleos urbanos. Las páginas firmadas estos días por Pedro del Guayo en nuestro diario han enmarcado la conmemoración del Privilegio de 1943, recordando el antes belicoso y el después pacífico de la unión.
En los libros de historia, en la Catedral, en la Plaza del Castillo, en la Casa Consistorial levantada donde él quería, en la avenida que lleva su nombre, el rey Carlos III es hoy un ciudadano más. Y a pie de calle. Escribe Borges “que todas las cosas le suceden a uno precisamente ahora”, en el presente. Lo que sucedió aquel 8 de septiembre fundacional permanece en el “ahora” de la ciudad unida, abierta y emprendedora. Un acierto político del rey legislador y una respuesta acogedora de los vecindarios.
Porque una cosa es legislar y otra aplicar la legislación. Puesta la ley, los vecinos pusieron un ánimo conciliador que ya habrían hecho llegar al rey. En La Pamplona de los burgos, Juan José Martinena lo deja bien claro: “De acuerdo con las Cortes y con los vecinos amantes de la paz, Carlos III hizo que cada uno de los barrios nombrase procuradores para arreglar las diferencias y unir las tres jurisdicciones en un solo ayuntamiento”. No fue un golpe legislativo personal, sino un empeño ciudadano sostenido en el tiempo lo que fue derribando las murallas interiores y fortaleciendo la solidaridad entre los regidores representantes de cada burgo. Aquellos padres de la patria local se merecen también, y tanto como el rey, un grupo escultórico símbolo de la unión ciudadana.
Tampoco el programa de celebración del 600 aniversario de la ciudad de los prodigios impulsado por la alcaldesa Ibarrola hubiera sido un éxito, además de un acierto (desde la invitación a los Reyes a los drones), sin la acogida feliz de los pamploneses, que se echaron a la calle para acompañar a la Corona y a la representación municipal. Fue uno de esos días de encuentro festivo entre las instituciones y los ciudadanos. Ningún ejemplo mejor que el de la calle Curia llena de gente alegre y en paz al paso de la pacífica y alegre comitiva de dantzaris, gigantes, cabezudos, txistularis, gaiteros, ediles y La Pamplonesa, nuestra banda, que, toque lo que toque, siempre toca lo que queríamos escuchar.
Los Reyes, que sintieron en la plaza la compañía afectiva de la gente, registraron las esperadas ausencias en la recepción oficial. Independentistas y nacionalistas tienen atravesado a Felipe VI, por rey, por jefe del Estado y porque encarna y exalta la unión de la Constitución de 1978, que fue en la España de la Transición, lo que el Privilegio de Pamplona en la ciudad de los prodigios de 1423. La vida misma. Seguro que entonces hubo también vecinos contrarios a “rancar las mugas” y formar una sola jurisdicción.