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"Las preocupaciones por la ecología entre los ciudadanos de todo el espectro político e identitario aumentarán en el inmediato futuro"

Avatar del Iñaki IriarteIñaki Iriarte28/08/2022
El tórrido estío que nos está tocando sufrir este año está convenciendo a muchos de la realidad del cambio climático. No son sólo las altísimas temperaturas de las interminables olas de calor que se suceden sin apenas darnos tregua; todavía más grave es la sequía que mantiene a los pantanos bajo mínimos y ha amarilleado los pastos de la Navarra verde. Por cierto, de no ser por el denostado pantano de Itoiz, estaríamos con seguridad sufriendo restricciones en el suministro de agua.
Con todo, todavía existen quienes suponen una suerte de deber ideológico para liberales y conservadores mostrar su desdén hacia cuanto huela a ecologismo, quienes creen que “todo esto son chiringuitos para vivir sin dar un palo al agua” y que “reciclar es una tontería por la que les ha dado a los progres”. El escepticismo sistemático respecto a los mantras de moda, ciertamente, es una virtud necesaria. Pero un verdadero escéptico no se queda en la duda -y menos aún en el rechazo de una afirmación por prejuicios o por comodidad-, sino que busca información de calidad, la contrasta y extrae, en la medida de lo posible, sus propias conclusiones, sin descartar a priori que coincidan con la opinión mayoritaria.
De todos modos, la derecha no está reñida con el ecologismo. En realidad, las raíces de la preocupación por el medio ambiente se encuentran en el romanticismo que, en buena medida, reacciona contra el culto al progreso y el materialismo de la Ilustración. Los románticos, en efecto, ven con horror las grandes ciudades, donde se hacinan, entre suciedad y fábricas, masas de hombres a los que se ha privado de cultura y alma. Por el contrario, los románticos ensalzan la armonía con la naturaleza, los pueblos reconditos, el trabajo libre de los pequeños artesanos y de los campesinos, prototipos ambos de una existencia enraizada y austera.
Una parte importante del pensamiento conservador mantuvo el culto por la naturaleza, los bosques y la vida sencilla y la crítica por el materialismo del progreso moderno. Edmund Burke, a quien se considera uno de los padres del conservadurismo, escribe ya en 1790 que “la tierra, madre bondadosa e igual de todos los hombres, no debe ser monopolizada para promover el orgullo y el lujo de nadie”. Para Burke, los vivos tienen una serie de obligaciones hacia el futuro, que incluyen evitar todo cuanto pueda provocarles un riesgo que no querrían para ellos. Admirador y actualizador de Burke, Russell Kirk publica en 1956 un libro clásico, La mentalidad conservadora en Inglaterra y Estados Unidos, que supone un hito en el combate cultural de la derecha tras la Segunda Guerra Mundial. Pues bien, para Russell Kirk una parte esencial de dicha mentalidad conservadora era “el respeto por el equilibrio natural del mundo y por las personas que nos seguirán en el tiempo”. En 1968, este mismo autor escribe un ensayo, El hombre, enemigo de la naturaleza, cuyos párrafos hoy sorprenderían a muchos derechistas e izquierdistas: “En nuestro siglo XX, la humanidad se siente orgullosa de ‘conquistar la naturaleza’, por medios que varían desde el bulldozer a los insecticidas […]. Pero como muchas otras despiadadas conquistas, esta victoria puede terminar en la destrucción del vencedor”. “El lago Michigan está siendo envenenado por los desechos industriales y domésticos del hombre, de modo que dentro de este siglo puede “morir”, con sus peces destruidos por una alteración humana del equilibrio natural. Puede convertirse en una gran cloaca en la que nadie pueda nadar”.
Burke y Russell Kirk no son dos excepciones. Muchos otros conservadores -algunos recuperables para la derecha, otros no- han expresado su creencia en la importancia decisiva del medio ambiente: Roger Scruton, Alexis Carrel, Alain de Benoist, G. K. Chesterton, John Ruskin, etc.
Hoy comprendemos que buena parte del bienestar material y psicológico que hemos dado por sentado -como son una alimentación variada y asequible, el abundante suministro de agua, la calidad del aire o los espacios naturales-, dependen de un medio ambiente que, como estamos comprobando, está mucho más dañado de lo que habíamos querido creer. Por eso, con toda seguridad, las preocupaciones por la ecología entre los ciudadanos de todo el espectro político e identitario aumentarán en el inmediato futuro. ¡Claro que habrá que velar para que el ecologismo no se convierta en una nueva religión, en una liturgia vacía, un postureo o un medio de vida! Pero ignorar la importancia de estas cuestiones -ya no digo ventilarlas con una gracieta o un gesto de desdén- o limitarse a incorporarlas, como una mera sucesión de clichés al uso, representaría un enorme error.
Iñaki Iriarte López. Profesor de la EHU/UPV y parlamentario foral de Navarra Suma
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