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"Lo peor es que el odio sembrado durante tanto tiempo, como un virus maléfico, todavía persiste y nos contamina"

Avatar del Pedro CharroPedro Charro11/07/2022
Imposible no recordar este día el 25 aniversario de la muerte a plazos de Miguel Angel Blanco -para muchos una frontera tras la que vislumbraron la auténtica cara del mal-, que hizo que los Sanfermines devinieran imposibles, como si fuera indigno, y lo era, seguir de fiesta en esas circunstancias. Aquella muerte cruel tuvo su preámbulo el día en que liberaron a Ortega Lara, un saco de huesos que apenas se sostenía en pie, algo que irritó sobremanera a la banda que lo tenía secuestrado y que parecía casi imbatible. “Ortega vuelve a prisión”, tituló con cinismo el Egin. Para conocer la extrema crueldad de aquel secuestro, nada como la espléndida entrevista de Javier Marrodán, en la que resuenan todavía aquellas palabras de un hombre que rogaba a sus captores la muerte y que había asumido que negociar para salvarle era imposible, pues entonces volvería a repetirse. Nada más salir del zulo, el dirigente batasuno Floren Aoiz amenazó directamente advirtiendo a quienes lo festejaban de que “tras la borrachera vendrá la resaca”, como así fue. Quién lo pagó fue un concejal de Ermua, un muchacho que no encontró piedad pese a las angustiosas peticiones que se hicieron cada vez más claras y más altas. Aquellos días no fueron en vano. Fueron un punto de inflexión, el nacimiento de un nuevo activismo social, y el descrédito de una Eta que acabaría disolviéndose. Todos los autores e historiadores solventes -no así la propaganda al uso- han certificado el carácter retrógrado y antidemocrático de Eta, su perversa influencia en el País Vasco y España, y su voluntad de mantener la violencia por razones ultranacionalistas durante décadas. Lo peor es que el odio sembrado durante tanto tiempo, como un virus maléfico, todavía persiste y nos contamina. El considerar al oponente político como alguien que no tiene derecho a existir y puede ser agredido, como hemos visto estos días en Pamplona, viene de aquellos barros. Si, hay que pasar página de todo aquello, pero hay que escribirla antes tal como fue para no repetirla. 
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