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"El chupinazo que nos hace mejores"

Avatar del Gabriel AsenjoGabriel Asenjo04/07/2022
La fiesta es vivir, afirma Juan Carlos Unzué, un deportista en silla de ruedas, enfermo de ELA, encargado de lanzar el Chupinazo, uno de esos rituales que hacen que nos sintamos más optimistas en una época en la que el pesimismo llama demasiadas veces a la puerta.
Por eso me quedo con el mensaje que nos envía Unzué desde el balcón del ayuntamiento: un homenaje a las ganas de vivir desde nuestra propia vulnerabilidad. Una apelación al vitalismo terapéutico de las personas limitadas de movilidad, precisamente en unas fiestas que son puro movimiento y baile como el propio deporte que protagonizó Unzué.
Me explico. Si, como aconsejan los expertos, un remedio para aliviar la tristeza es compartirla, lo mismo podríamos decir de la alegría: socializarla. Es lo que trasmite Unzué que, aunque hay motivos para la tristeza cuando la vida se nos tuerce, aunque vengamos de dos años desbordados por la melancolía, mejor conectar con nuestros vecinos desde cierta sonrisa festiva que refugiarse en las tablas de la muerte. Un mensaje de profundo positivismo y vitalismo el de Unzué que nos advierte que se debe intentar ser feliz en las condiciones más adversas. Y a eso, por estos pagos, le suelen llamar bravura.
No voy a decir que San Fermín constituya un impulso directo hacia la felicidad porque coexisten muchas versiones de los Sanfermines y porque tampoco tenemos muy claro qué es la felicidad. Sabemos que la felicidad exige compartir y que en San Fermín suele crecer un ecosistema humano propicio al buen rollo toda vez que la inteligencia social, tan escasa el resto del año, se activa positivamente y nos descubre que los estados festivos y de alegría nos producen bienestar. Somos capaces de generar un nuevo orden social temporal y nos descubrimos diferentes a como somos. Es esa inteligencia festiva la que contribuye a primar la colaboración sobre nuestras crispaciones sociales e identitarias. Convertimos Sanfermines en ese lugar donde el corazón sonríe sin motivo. De esta forma San Fermín nos permite regresar a esas horas y lugares donde fuimos felices porque la fiesta se asocia con viejas emociones de vivir la vida de forma activa, en proximidad, piel con piel con el otro si es preciso.
Sin embargo, en este contexto de bienestar, intentando gozar intensamente de un fiestón de vida, ¿qué sentido concedemos al desafío vital de una carrera con toros? ¿Qué mayor absurdo que en nuestra fiesta mayor invitar a la muerte? Resulta que, con toda naturalidad, nada menos que desde el siglo XIV, eludiendo prohibiciones, nos damos cita en la calle con esa dicha singular que produce vivir peligrosamente corriendo el riesgo voluntario de que un pitón te atraviese la carne. ¿Tal vez porque la muerte resulta lo más intenso de la vida? Es como si en plena fiesta buscásemos nuestras inseguridades precisamente ahora que los seres humanos reclamamos a la ciencia ser inmortales.
Escucho al profesor Luis Arbea, filósofo y psicólogo, que atreverse a morir da vida. Y me pregunto si mirar tan cerca a los ojos de un toro proporciona vida. Algunos consideran que quien vive con intensidad teniendo presente el final de la vida no muere nunca. Observo el positivismo del Unzué pedagogo de la vida y llego a la conclusión de que el talento y el talante de vivir las oportunidades dichosas que te ofrece la vida no resulta nada discordante, resulta inteligente. Así que ojalá San Fermín–22 nos permita nadar en dopaminas, serotoninas, cortisoles y en todas esas sustancias que dicen que activan la felicidad. Pero con inteligencia.
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