"Los niños de la pandemia nacieron de un silencio espeso"

Actualizado el 08/05/2022 a las 11:28
Ha llegado a casa un palomo al que hemos puesto de nombre James Bond y le hemos hecho un palomar con las maderas de un palé. A Javier le gustan mucho los pájaros, así que le hice por su cumpleaños el regalo de una pareja de buchones valencianos. Me acuerdo cuando nació el niño el primero de mayo de 2020 y ese día salían los viejitos a la calle elegantones y ceremoniales como vestidos de su propio entierro, y ese niño allí con su madre en una silenciosa habitación de un hospital también silencioso en una ciudad hecha de silencio, de miedo y de distancia. Desde la ventana se podía ver el desconsolado paisaje de antenas y de cables que nombraba Sabina en Calle Melancolía -“el barrio donde habito no es ninguna pradera”-. Los niños de la pandemia nacieron de un silencio espeso. Esperábamos algo, no sabíamos muy bien el qué: que se fuera la enfermedad como si pudiera irse, que volviéramos a la vida o que naciera Javier. Nos andábamos preguntando si llegaríamos a San Fermín. La mente humana se adapta a los moldes con las formas más inverosímiles. De alguna manera nos acostumbramos a estar allí, esperando que viniera un bebé entre 80.000 ataúdes sin plantearnos qué sería de nosotros, sin pretender saber qué es lo que vendría después. En todo aquel tiempo, mirábamos los pájaros: el gorrión con su cría, la tórtola que se posaba sobre el árbol, el mirlo que cantaba la madrugada con fiebre enloquecida y las palomas que al llegar volando desde otra parte daban testimonio humilde de que otra parte existía. Paraban las cigüeñas en solitarios campanarios y las mimosas estallaban en amarillos en árboles que nadie veía. Echábamos el rato mirando aquellas torcaces, imaginando de qué trigales tan verdes llegaban, o si venían de dormir en los pinos de qué bosques sin excursionistas. Las hacíamos parando sobre las azoteas y soñábamos si alguien desde el balcón habría visto pasar ese mismo pájaro que ahora venía a nosotros y habría sentido lo mismo que nosotros sentimos: que había alguien en otra parte sencillamente, sin preguntarse, sin enloquecer, alguien esperando un bebé y mirando pájaros. Las palomas de Madrid eran todas la paloma de Noe después del diluvio universal. Éramos náufragos; ya no.