"Al cierre de esta columna, quedan cien días para San Fermín, para usted, noventa y nueve"

Actualizado el 03/04/2022 a las 11:38
Qué sueño, por la mañana. Se ha habla cada vez más de la inconveniencia arbitraria de retrasar los relojes una hora, de si supone un gasto inútil y una pérdida de energía, pero la cosa es que se empieza diciendo que a las dos serán las tres y termina uno saliendo de la Monumental por el callejón bajo la pancarta de La Jarana con Elena bailando el tipitapa, los Navarrete agarrados por las cinturas, un cubo atado a la faja, media lagartijera y el corazón saltando en mil pedazos. Ya casi estoy volviendo a casa con el galopillo cambiado por el gintonic, los sueños y los miedos del día siguiente por la mañana agarrados a la barriga y el ‘Diario’ bajo el brazo. Cada minuto que no anochece es una victoria a las oscuridades, a las soledades y a toda esta distancia de mascarillas, de ausencia y del eco de las bombas. Cada día que se alarga es ganado a a la noche y su imperio de la muerte, la luna triste y las estrellas cayendo sobre el Leroy Merlín de Kiev. Vamos a un mundo de crema de sol, pato de goma y de jersey sobre los hombros, ese universo al que llamamos verano. A partir de ahora, todas las horas, por oscuras que sean, parecen un poco el seis de julio a las doce del mediodía, que es exactamente lo contrario de las cinco en sombra de la tarde de Federico. Vamos girando en el sentido de las agujas del reloj y todos los relojes son el de la plaza del Ayuntamiento que avanza inexorable en sueños de cielos azules, de rojo y de blanco hacia un mundo de fiesta que, por momentos, parece imposible. Habrán crecido las tomateras y el maíz y el trigo, Paloma pedirá un globo de Peppa Pig y quedarán menos de 20 horas para salir al encuentro del miedo y del toro. Llegamos cansados a la cita con la vida -qué paradoja-. Existir consiste en que falte menos, porque siempre falta menos, y en que no se te queden los abonos de los toros guardados en el cajón de la habitación de Ernst la mañana en que subió las escaleras del rancho con la escopeta en la mano. Solo hay que esperar. Al cierre de esta columna, quedan cien días para San Fermín -para usted, noventa y nueve-.