"El tipo de la mesa de al lado ha pagado nuestra cuenta y se ha ido sin decir nada: de nuevo Occidente haciendo de las suyas"

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Chapu Apaolaza

Publicado el 15/03/2022 a las 06:00

La hora del almuerzo nos cogió a la altura de Burgos. Después de siete mil kilómetros de viaje alrededor de Europa a base comida rápida, unos huevos con morcilla en el Landa nos parecieron una opción más que razonable para nuestros huéspedes refugiados. Llevaban días huyendo y comiendo Dios sabe qué. Desde que los recogimos en Polonia, casi todo había sido comida de gasolinera hasta que llegaron a casa de Rosa donde hicieron noche en el barrio de Iturrama: croquetas, jamón con huevos, consomé, abrazos y pellizcos en las mejillas. Llegamos tarde a cenar y no probaron bocado. “Tienen el estómago cerrado”, les excusamos. Habíamos cruzado el continente en una sucesión de gasolineras a dos euros cuarenta y cuatro céntimos el litro de diesel, que es como encender una hoguera y quemar el dinero a paladas. No importaba: estábamos orgullosos de haber traído a veinticuatro refugiados de Ucrania y decidimos darnos el gusto de enseñarles el concepto de España, que como mejor se entiende es alrededor de una mesa. Allí estaba el Landa en la carretera de Burgos, una civilización en sí misma -olor a leña, calor del fuego y los baños tan limpios-. El Landa es Europa. Oleg se comió todas las patatas. Su madre Natalia se rió al verlo devorar. Llevábamos a Victoria a Madrid a reencontrarse con su madre. El Gobierno de Navarra pedía que la gente no acudiera por su cuenta a la frontera y que se ayudara a los refugiados de manera “formal”, se supone que en contraposición con nuestra informalidad. Se dan una serie de argumentos en una parte de la izquierda española que sorpresivamente coinciden con la propaganda de Moscú. Empiezan avisando de que la gente molesta rescatando refugiados y terminan deslizando que los españoles se traen a madres con hijas refugiadas para meterlas a prostitutas. “Eso sí que son huevos”, nos decimos, tan lejos del Kremlin, y untamos el pan en la yema, y hacemos bromas para que Oleg olvide que su padre se quedó en el frente. Reímos por momentos y fijamos nuestra atención en la parte luminosa de la vida. El tipo de la mesa de al lado ha pagado nuestra cuenta y se ha ido sin decir nada: de nuevo Occidente haciendo de las suyas.

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