"A veces una vida se acelera y luego reina la calma, aunque sea una calma fúnebre"

Publicado el 14/02/2022 a las 06:00
Llegué pronto a Usún, antes que el sol tocara las piedras de la vieja Iglesia de San Pedro, la más antigua de Navarra, junto al río Salazar, y me quedé parado sobre la hierba escarchada mirando aquel simple cuadrilátero de piedra con un crismón sobre la puerta que el obispo de Pamplona, Opilano, nada menos que en el años 829, consagró como iglesia. Tras la puerta cerrada estaba la imagen de san Pedro que, según dicen, se sacaba en procesión hasta el río, amenazando con tirarlo al agua si no hacía llover, lo que tal vez habría que volver a considerar. De estas tierras del Romanzado, hoy parte de la Navarra vacía pero llena de lugares y sobre todo de monasterios, ermitas y santuarios muy antiguos, la mayoría derruidos o abandonados, habla un escritor olvidado de los años 60 que han vuelto a editar, Julio Ruiz, alguien que fue al exilio tras la guerra, luchó en Francia contra los nazis, tuvo un amor desgraciado y volvió a Pamplona en los 50 sin oficio posible, más bien se hizo de oficio paseante y poeta provinciano. A veces una vida se acelera y luego reina la calma, aunque sea una calma fúnebre. Eso le pasó a JR, y de paso al país entero. Desde su vuelta es un hombre sin horizonte, que se limita a ir pasando; le tiran las tierras de Aibar, de los Urraules, de Val de Ayechu, pero sobre todo del Romanzado: “yo no sé si hay en Navarra otro punto que esté marcado de mayor antigüedad como estos pueblos”, escribe y se pregunta por esta bella palabra, Romanzado, que nadie sabe de dónde viene, con vides y trigos y también con roquedos y grandes foces, un lugar cercano y a la vez remoto, lleno de piedras, de historia y de nostalgia. Con esto se podía hacer una novela que hablara de una larga época que en realidad no se conoce: los años 50, 60 y 70, donde parece que no pasa nada, un tiempo triste y feliz a la vez, y de que hay vidas en que todo se consuma y se comprende al final y otras que después de un primer fulgor, como ésta, se van deshaciendo lentamente y sin embargo con los años perduran.