"Con suerte vivirán lo suficiente para que el tiempo borre las fotos y sepan perdonar el crimen que con ellos estamos cometiendo"

Actualizado el 13/02/2022 a las 11:22
El olvido es algo contra lo que se lucha toda una vida y después siempre se pierde. Recordar es llevar agua entre las manos. Ando pensando en las antiguas fotos de clase en las que cada vez es más evidente el granulado del papel fotográfico y menos el trazo de la cara de mis compañeros. A algunos juraría que no los he visto en mi vida. Son fantasmas de mis recuerdos, en realidad creo que no estaban allí y que solo se hicieron cuerpo después de la fotografía y del revelado, con el tiempo. Quizás ellos tampoco me recuerden a mí. Ando pensando en la foto de clase porque la mayor se acaba de hacer la suya. “Elige la ropa que te vas a poner, porque una foto de clase es importante”, le digo, sin entretenerla con más pesadumbres. Ella elige su peinado, suelto pero recogido así, mira. Me pregunto qué recordará el día de pasado mañana, si el abrazo que le di al dejarla en el colegio o cuando grité antes de entrar en el coche porque llegábamos tarde. Siempre llegábamos tarde. Lo que nunca olvidará es esta maldita distancia. Un año más, la fotografía de clase se ha tomado alumno por alumno y no en grupo porque se supone que los chicos no pueden estar a menos de un metro y medio de distancia ni siquiera treinta segundos para sonreír y decir ‘patata’. Menuda tontería. Después, pondrán digitalmente los alumnos uno al lado del otro, y así vaciarán la foto de clase de su contenido fundamental que consiste en poder certificar que toda esa gente estaba ese día con uno y uno con toda esa gente que estaba allí. Los niños entonces queríamos un Sancheski y ahora dicen las estadísticas que se quieren cortar las venitas, pero no dicen nada porque un niño se coge una rabieta por un globo de Peppa Pig y en cambio es capaz de aguantar sin rechistar una hambruna o dos años con la cara tapada por una mascarilla. Y además, no votan, así que los tenemos embozados en un colegio, asfixiados en grupos burbuja y sin ver la cara de sus compañeros ni profesores -lo descubrirán en la foto- para protegerlos de una enfermedad que no les hace nada. Con suerte vivirán lo suficiente para que el tiempo borre las fotos y sepan perdonar el crimen que con ellos estamos cometiendo.