"La Estafeta tiene un aire de cinco de julio sin mariposas en la barriga"

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Chapu Apaolaza

Actualizado el 06/09/2021 a las 10:53

No había visitado Pamplona en verano por miedo a una ausencia, como el que no se atreve a mirarse una herida, como el que no encuentra el momento de llamar a una viuda. Por fin he vuelto a la ciudad a atender a unas personas y así de pronto me veo subiendo la Cuesta de Santo Domingo con el temblor con el que uno se acaricia por primera vez una cicatriz fea, como el desfigurado que se ve en el primer espejo. La ciudad se me antoja limpia y linda, pero ausente de sí misma, desprovista de aquella alegría y en general de aquel tiempo ahora descabalgado. Me cuentan que ha venido mucho turismo en verano y me alegro por los hosteleros. Es cierto que, por momentos, la Estafeta tiene un aire de cinco de julio sin mariposas en la barriga. Algunos viajeros echan fotos a los balcones y las esquinas que hace no tanto rondaban al amanecer el miedo, las ganas de vivir y el bombo de la Pamplonesa. Otros turistas, inconscientes de la ofensa que cometen, se han anudado al cuello un pañuelo obsceno y artificial, un rojo fuera de contexto como el carmín en un entierro. Tengo ganas de quitárselo de malas formas, arrojarlo al suelo y pisotearlo en su presencia. Pamplona sigue pareciendo Pamplona aunque tan cambiada por dentro que se diría que la hubiera disecado un taxidermista. Tan intacta en su forma y a la vez tan vacía, tan embalsamada, parece más muerta que nunca. Todo recuerda a un decorado de un tiempo que uno teme que no vuelva nunca ahora que todo lo ocupan las malditas flechas que marcan el camino, las líneas en el suelo, la distancia interpersonal y el tanto por ciento de aforo en barra. Parece que a todo el mundo se le ha ocurrido tomar un pincho en Espoz y Mina, y en la puerta del bar hay una cola de veinte personas a las tres de la tarde como si El Gaucho fuera el Louvre y el pincho de foie, la Gioconda de comer. Paso allí un rato sometido al orden del nuevo imperio de la prudencia, pero cuando ya solo quedan dos familias delante de mí, renuncio a mi turno, me doy media vuelta y me voy de allí, hambriento y náufrago. Somos, pienso, el museo de lo que fuimos. Es urgente volver a vivir.

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