"Entrar en el mar es a la vez, morirse y nacer"

Actualizado el 26/07/2021 a las 08:55
Tarde -como siempre- llego a Resurface, un documental que cuenta en Netflix la historia de unos veteranos de guerra norteamericanos que tratan su estrés postraumático aprendiendo a hacer surf en California. A algunos les falta un brazo, a otros las piernas y a la mayoría, el corazón. A uno de ellos solo le queda una mano, de manera que en el muñón de la otra, le han colocado una prótesis que se da un aire a un remo. El monitor lo carga a hombros como un fardo hasta que lo posa en la orilla sobre la tabla. Uno de ellos no ve, no oye y cuentan que no es capaz de salir de aquel día en que saltó por los aires en Afganistán, o quizás fuera en otro sitio. Los echan al agua así, descacharrados. Al rato, salen como náufragos dobles pues el mar siempre te baja los humos y porque uno nunca deja de ser ese niño aterrado al que acaba de revolcar la primera ola.
Pasan los días zarandeados en esas espumas que te sacan los mocos de la rabieta del día de tu primera comunión, pero conforme avanza el documental, los protagonistas consiguen ponerse de pie de estrambóticas maneras y se hace el eterno milagro de caminar sobre las aguas que es, de todos, el que más me gusta. Al cabo del tiempo, por las noches algunos comienzan a pensar en qué olas les esperarán al día siguiente y el monitor admite que es una buena señal, pues cuando alguien piensa en qué olas habrá al día siguiente, es que en ese momento no está pensando en saltarse la tapa de los sesos.
El que ha nacido junto al mar no es otra cosa que distancia a ese mar, pues viene del mar y al mar va. Para él, entrar en el mar es a la vez, morirse y nacer. Pienso esto a 460 kilómetros de la playa y acaricio la panza de la tabla de surf que en la buhardilla de la casa adquiere el aspecto de un objeto enorme y mágico, como un ligerísimo menhir. Fuera, Madrid agota su día bajo un cielo azul Kalahari y me atrapa la obsesión circular del chirrido de la hormigonera de la obra de enfrente. Desde el Moby Dick de Melville, el mar ha sido un bellísimo sustituto de la pistola en la sien.